22 de noviembre 2007 - 00:00

"La dalia negra"

Josh Hartnett y Scarlett Johansson la pasan bien en «Ladalia negra», pero el espectador no tanto.
Josh Hartnett y Scarlett Johansson la pasan bien en «La dalia negra», pero el espectador no tanto.
«La dalia negra» («The Black Dahlia», EE.UU., 2006; habl. en inglés). Dir.: B. De Palma. Int.: J. Hartnett, S. Johansson, A. Eckhart, H. Swank y otros.

Pasolini dijo una vez: «A veces es mejor soñar las películas que realizarlas». Se refería, en particular, a aquellas que se postergan durante muchos años y por distintas razones. Tal vez, Brian De Palma debió haber respetado ese principio cuando, al cabo de casi dos décadas, tuvo la oportunidad de rodar una de las novelas más codiciadas de James Ellroy (también autor del libro de «Los Angeles al desnudo») desde su aparición en 1987, «La dalia negra», y por la que disputaron durante años productores y directores.

Presentada en agosto del año pasado en el Festival de Venecia en medio de la absoluta frialdad, parecía que este opus depalmiano jamás se iba a estrenar en la Argentina hasta que aparece, sorpresivamente, en este noviembre de malas recaudaciones en las salas. Otro mal augurio.

La base de la novela de Ellroy es el misterioso y siniestro asesinato de una joven aspirante actriz, ocurrido en Los Angeles casi para la misma época del film antes citado (la «dalia negra» del título), y que no tiene con éste más similitudes que la cronología y geografía.

Claro, es un De Palma presionado por muchos fantasmas que sobrevolaron sobre él al momento de la realización: en primer lugar, el deber moral de diferenciarse en espíritu del extraordinario film de Curtis Hanson (es decir, «Los Angeles al desnudo»); luego, la imposición de su propio estilo, a veces grotesco, burlón y barroco, que relumbró en los años 70 y 80 («Carrie», «Vestida para matar», «Los intocables»), y que más tarde empezó a desbarrancarse en autoparodias al borde del ridículo (como «Mujer fatal», por ejemplo, más allá de sus impecables pero casi onanistas regodeos con los planos secuencia). Y, lo que no es poco, luchar con un elenco un tanto reñido con la expresividad, como el pétreo Josh Hartnett o la destemplada Scarlett Johansson.

Se advierte tanto la intención de apartarse de lo que podría convertirse en un film noir tradicional, con todos los elementos para serlo (rubias fatales, negocio clandestino de pornografía, triángulo amoroso entre los dos ex boxeadores convertidos en policías y la rubia en cuestión, etc.), que la película, en un momento dado y luego de un arranque prometedor y «líricamente negro», parece no saber cómo hacer para que encajen no sólo sus piezas sino tampoco sus humores y climas. Por eso mismo, cuando llega el frustrante desenlance, el espectador no sabe si reirse por decisión explícita del director o contra sus propios deseos.

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