24 de febrero 2006 - 00:00
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Emilio García Wehbi: «Jelinek no tiene nada que ver políticamente con otros Nobel como Saramago. Ella no hace sátira desde una idea, sino desde la grieta, de la herida misma».
P.: La dramaturgia de Jelinek suele resultar algo confusa debido a su desprecio por los diálogos y demás convenciones teatrales.
E.G.W.: Esta obra no es confusa, es compleja. Pero, a la vez, es simple y ofrece diferentes posibilidades de lectura. En primer lugar no hay un personaje definido, pero está clarísimo que se trata de una sola voz, y una voz femenina que habla todo el tiempo asumiendo las voces de todos los que hablan. Es lo que piensa una señora que plancha mientras ve la telenovela. Al mismo tiempo, es muy interesante cómo la autora reproduce nuestro sistema de pensamiento, con su cadena asociativa. El original durabados horas y media de non stop. Yo reduje la obra a dos horas ininterrumpidas y el monólogo sigue fluyendo de manera impecable.
P.: ¿Y la actriz lo soporta?
E.G.W.: Le lleva casi una semana de recuperación.
P.: ¿Y el público?
E.G.W.: Bambiland está atravesada por el humor de principio a fin, es un humor absolutamente satírico. Jelinek no deja títere con cabeza. Incluso es muy dura con ella misma. Dice que lo único que tiene son sus vestidos porque nunca fue madre, o que no tiene un hombre en su cama por ser como es. Evidentemente, los personajes que crea son muy dominantes, y tienen una energía arrolladora. Pero no juzgan desde un pedestal porque ella se asume de verdad como parte del sistema. En el espectáculo hay momentos de fascinación y de mucho cansancio, de sacudirse el aburrimiento para luego deslumbrarse. Hay continuos cambios de perspectiva y como dije antes, abunda el humor.
P.: ¿Qué apariencia asume esta voz femenina?
E.G.W.: La actriz está rodeada por dos televisores que muestran diferentes secuencias de la Guerra de Irak e imágenes de Sadam, Blair, Bin Laden, Bush, etcétera. Por momentos, parece una especie de conductora en un set televisivo o una conferencista.
P.: Para terminar ¿Qué pasó con el Periférico?
E.G.W.: En mayo del pasado estrenamos «Manifiesto de niños» en Bruselas y en Munich. Nos fue muy bien y ahora estamos haciendo gestiones y buscando sponsors para estrenarlo en Buenos Aires, porque técnicamente es un espectáculo bastante complejo. Consta de una caja cerrada de cuatro por siete metros y 5 de alto y cuatro o cinco proyectores de video. Además necesitamos un espacio muy amplio para montar esta instalación teatral. Lo ideal sería un museo como el Malba o el de Arte Moderno que está en la Avenida San Juan. Después de «El suicidio» y de «La última noche de la Humanidad» que estrenamos en 2002 no quedamos muy conformes. La falta de tiempo hizo que trabajáramos en paralelo lo que dio finalmente dos productos bastante híbridos. La necesidad de volver a asumir nuestra cualidad periférica nos llevó a crear este «Manifiesto de niños». Antes de pensar en el futuro creativo del grupo, queremos estrenar la obra acá, en Buenos Aires.
Entrevista de Patricia Espinosa


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