22 de abril 2008 - 00:00

Morir en directo: el arte y el morbo

Gregor Schneider, «enfant terrible» del arte alemán de hoy.
Gregor Schneider, «enfant terrible» del arte alemán de hoy.
Berlín (DPA, AFP y Especial) - Los límites entre morbo y arte son cada vez menos claros. Recientemente, la exposición itinerante «Bodies», que mostraba cadáveres reales, fue todo un éxito (en Buenos Aires, se debió diferir la fecha de su clausura por la repercusión que obtuvo). Treinta años atrás, la película «La muerte en directo», de Bertrand Tavernier imaginaba, casi como un relato de ciencia ficción, la transmisión en directo por TV de los últimos días de una mujer que padecía un cáncer terminal: un camarógrafo (Harvey Keitel) llevaba una microcámara insertada en sus ojos, con la cual captaba las imágenes de la vida cotidiana de la moribunda (Romy Schneider). Hoy, artista que azarosamente lleva el mismo apellido de la desaparecida actriz, quiere llevar eso a la práctica, aunque con el consentimiento del enfermo. Y con «fines artísticos» desde ya.

Gregor Schneider, uno de los escultores alemanes más en boga en este momento, causó ayer un revuelo mediático en Alemania cuando dijo que se proponía exponer en un museo a un moribundo y terminar así con uno de los últimos tabúes sociales. «La muerte y el camino hacia la muerte son un sufrimiento», dijo el artista de 39 años en una entrevista al diario Die Welt. Schneider saltó a la fama en 2001 cuando obtuvo el León de Oro de la Bienal de Arte de Venecia. Ayer defendiósu idea de «exponer a una persona a punto de morir de forma natural o que acabe de fallecer».

«La realidad de la agonía en las clínicas, las salas de cuidados intensivos y los quirófanos alemanes es terrible. Este es el escándalo. La muerte y el camino hacia ella es hoy un sufrimiento. El enfrentamiento con la muerte, como yo lo proyecto, puede quitarnos el miedo a la muerte», afirmó.

A su juicio, «un artista puede construir lugares humanos para la muerte, donde la gente pueda morir tranquilamente ya que el espacio aporta la dignidad y la protección».

El enfermo agónico será además quien tome las decisiones a la hora de llevar el proyecto a la práctica, en el que será «el centro de atención. Todo se hará de acuerdo con él y sus familiares. Se trataría de crear una atmósfera privada con un orden de visitas para los amantes del arte, explicó Schneider, quien dijo que ya tiene localizada a una persona que desea morir en público, un coleccionista de arte, cuyo nombre no quiso revelar pero con el que «me imagino que voy a poder trabajar».

Su intención es exponer al moribundo en el museo Haus Lange de Krefeld, un edificio construido en la primera mitad del siglo XX. Pero el proyecto suscitó en seguida la polémica. «La muerte es, efectivamente, un tabú en nuestra sociedad», subrayó Hans-Heinrich Grosse-Brockhoff, secretario de Cultura de la región de Renania del Norte Westfalia, donde se encuentra el museo. Pero «¿es por este motivo que uno puede exponer la muerte real?», se preguntó. «El arte, ¿no debería contribuir a erigir nuevos tabúes después de todos los que se han derrumbado?», agregó el secretario.

Políticos de Los Verdes y del Partido Liberal (FDP) describieron respectivamente el proyecto como «un intento de provocación» y un gesto de «mal gusto». El artista explicó que si ningún museo acepta la propuesta, podría usar su propia obra-casa de Mönchengladbach para el acto fúnebre, titulado para este caso «Das Tote Haus ur» («La ancestral casa muerta»). Schneider viene trabajando en esa casa e hizo de ella un laberinto de trampas, cuevas y espacios insonorizados. Parte del edificio se expuso hace siete años en la Bienal de Arte de Venecia, lo que le valió al artista el León de Oro. La muerte y la decadencia son temas habituales para Schneider, que por ahora sólo ha conseguido exponer muertos artificiales. Schneider está considerado como el más provocador de los artistas alemanes contemporáneos. El año pasado, en Hamburgo, instaló ante el Pabellón de Arte local un cubo que recordaba a la kaaba, la piedra sagrada negra de la Meca. El cubo negro, de 14 metros de alto y 13 metros de largo y ancho, dio pie a un fuerte debate político y su instalación había sido rechazada anteriormente por Venecia y Berlín, ciudades que lo consideraban demasiado provocador políticamente.

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