«Mujer de lujo» («Hors de prix», Francia; 2006, habl. en francés). Dir.: P. Salvadori. Int.: A. Tatou, G. Elmaleh, V. Dobtcheff, J. Spiesser y otros.
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
Esta livianísima comedia de Pierre Salvadori («El restaurant») provocará seguramente algunas risas, quizá unas pocas carcajadas, y se olvidará tan pronto como se salga del cine. A su favor tiene lo fluido de la narración, la gracia de Audrey Tatou (aunque a algunos les parezca una chica parca), y la cara de pánfilo de Gad Elmaleh, casi la misma que lucía en «Mi otro yo», con el eventual riesgo de profesionalizarla. Los enredos, en cambio, son de catálogo, y su humor de tipo industrial.
La ex Amélie es ahora Irène, una muñequita cara, la típica mantenida que busca sus sugardaddies entre los viejos millonarios que todo le consienten. Hoteles de lujo, joyas, ropa de marca y perfumes. Elmaleh es Jean, barman de uno de esos hoteles cinco estrellas, dedicado a pasear caniches de millonarias que ni siquiera reparan en su presencia cuando éste se los devuelve.
Como en un cuento de hadas crápula, una noche se cruzan, e Irène, pese a toda su experiencia en la materia, confunde a Jean con uno de esos millonarios. A partir de allí, no se hace demasiado difícil ir adivinando cada uno de los pasos que transitará la historia.
Elmaleh, que ya tuvo que mantener a otra mujer de esta clase en «Mi otro yo», fingirá al principio ser ese millonario hasta que su exigua tarjeta de crédito tome velozmente el color rojo. Entonces, para sostener la trama, aparecerá la contraparte: una vieja dama indigna, deseosa de la juventud y la energía de Jean, quien a partir de ese momento se convierte en par de la confundida Irène.
«Mujer de lujo», que se propone desde los mismos créditos (diseñados con una animación típica de muchas comedias de los '50 y los '60) rendirle una especie de homenaje a ese cine que ya no es, no alcanza más que a calcar sus aspectos más exteriores. No sólo carece de los diálogos ingeniosos que eran el sostén fundamental de aquel cine, sino que tampoco logra trascender la macchieta de los personajes.
Los unidimensionales Irène y Jean no van más allá del mero cumplimiento con su función dentro de la trama, en tanto que los secundarios (tan ricos e interesantes en las antiguas comedias) están inclusive por debajo, allí puestos para que las situaciones se produzcan y se produzca el efecto. No se pretende mucho más.
Dejá tu comentario