26 de octubre 2005 - 00:00
"No escribo para que se aprenda historia"
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El término
«novela
histórica» ha
tenido en la
Argentina uso
y abuso siendo
un género que
en
Latinoamérica
ha dado obras
literarias
magníficas
como «El siglo
de las luces»,
sostiene María
Rosa Lojo.
Periodista: En su novela cuenta de Manuel Baigorria, aquel coronel unitario de las tropas del Gral. José María Paz, que pidió asilo a los indios ranqueles y combatió para ellos.
María Rosa Lojo: Vengo trabajando desde 1988 en el tema de los ranqueles. Empecé a interesarme mientras investigaba la obra de Lucio V. Mansilla, un escritor que me fascina, al que le dediqué «La pasión de los nómades». En esa novela Manuel Baigorria aparecía de soslayo, así que pensé en hacerlo protagonista de otra historia.
P.: ¿Qué le interesó de Baigorria?
M.R.L.: La condición de un hombre que vive en dos mundos y que, de ahí en más, no podrá eludir su doble pertenencia. Volverá a su mundo originario, pero llevando toda la carga del otro que ha conocido.
P.: ¿Por qué, tambien en esta novela, Baigorria fue quedando como un momento del relato?
M.R.L.: Mi interés se fue desplazando hacia dos personajes totalmente imaginarios: Rosalind Kildare que en cartas, que envía desde Galicia a Inglaterra, le revela a Elizabeth los secretos de su origen, esa verdadera historia que ocurrió en la Argentina y que le ha ocultado su padre.Y, a la vez, cuenta su propia historia en las pampas. Esos dos personajes poco a poco se apoderaron de la escena.
P.: ¿Con la historia de Rosalind quiso contar de una cautiva?
M.R.L: Relatos de cautivas hay muchos, pero éste tiene una vuelta de tuerca que no es trillada. No existe la previsible relación erótica con un indio, a la fuerza o por gusto. Ella ama a un inglés, el padre de Elizabeth, la joven que recibe sus cartas. Rosalind cae en las tolderías como rehen de un chamán que, como solía ocurrir con los hechiceros en la cultura mapuche y ranquel, era homosexual. Entre ello no hubo, por tanto, ninguna relación erótica; pero él se convierte en su maestro de la sabiduría que él conoce ancestralmente. Más allá de las pasiones de la carne, ese hombre le ha dado a Rosalind el afecto más profundo y duradero que ha tenido en su vida.
P.: ¿Se siente cómoda escribiendo «novela histórica»?
M.R.L.: «Novela histórica» es un término que en la Argentina ha tenido uso y abuso. Ha sido objeto de degradaciones, siendo un género que ha dado en Latinoamérica obras magníficas como «El siglo de las luces» de Carpentier o «Noticias del imperio» de Del Paso, cuya calidad nadie pondría en duda. Pero, como siempre, cuando algo comienza a ser un éxito de ventas la producción se trivializa, y ese género mayor pasa a ser realizado por malos escritores.
P.: ¿Se refiere a quienes escriben novelas que son como textos de divulgación histórica?
M.R.L.: Los verdaderos escritores no buscan hacer más agradable la historia, se interesan en ella porque es una cantera de grandes mitos, el escenario donde transcurre el drama humano, y ponen los hechos al servicio de su imaginación. Es suficiente recordar el teatro histórico de Shakespeare. Yo con mis novelas, por mas que investigue muy seriamente los hechos que narro, no pretendo que se aprenda historia sino que se disfrute de literatura. En todo caso, busco transformar la historia en poesía, mostrando a los personajes como símbolos de la condición humana.
P.: ¿Qué quiso exponer secretamente con su obra?
M.R.L.: El choque de los opuestos. Y lo borrado, lo oculto. El choque de opuestos yo lo viví con un padre gallego republicano y una madre madrileña franquista. Las discusiones políticas eran atroces. Siempre escuché esas dos voces, pero el doble mensaje no me llevó a la esquizofrenia sino a la literatura, que es quizá una forma atenuada de la esquizofrenia. Uno es uno y muchos al mismo tiempo; el narrador tiene ese privilegio. Por eso no puede mostrar el blanco sin el negro y la gama inmensa que hay entre uno y otro.
P.: ¿A qué se refiere cuando habla de mostrar lo oculto en sus novelas?
M.R.L.: Busco los sujetos históricos borrados, por ejemplo los pueblos aborígenes. Esos pueblos intervinieron en nuestra historia y decidieron la suerte de la Argentina de hoy. Sin las lanzas de Coliqueo la batalla de Pavón hubiera terminado de otro modo. Del mismo modo, no se ha hablado suficientemente del protagonismo oculto de las mujeres en la historia.
P.: ¿Por qué llamó a su novela-Finisterre?
M.R.L.: Finisterre, geográficamente, es el Cabo del Fin del Mundo en Galicia, pero también es el corazón simbólico de mi novela. Es el fin de la Tierra, el fin de Occidente. Señala una experiencia de los límites. Es la aventura de llegar al fin de los que se conoce, es ir al fondo de la experiencia vital de enfrentarse al abismo. Para Rosalind ha sido cruzar a otro mundo, pasar por él, sobrevivir y regresar.
P.: De esa experiencia su protagonista sale transformada, convertida en meiga, en bruja...
M.R.L.: (Ríe) Ha sabido unir la hija del irlandés y la gallega con la mujer que ha vuelto a su tierra luego de haber sido la compañera de un médico brujo mapuche. En las pampas Rosalind se convirtió en mujer sabia, en mujer que sabe curar, como las meigas gallegas que algunos, por eso, llaman brujas.
Entrevista de Máximo Soto


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