ver más

Ya superaste el límite de notas leídas.

Registrate gratis para seguir leyendo

2 de abril 2007 - 00:00

Nueva Bienal integra arte a la fisonomía de Ushuaia

ver más
Fabiana Barreda reconstruye la casa de cristal de la arquitecta italiana Lina Bobordi, y le inserta una pequeña pantalla donde a través de la animación digital diseña una figura femenina.
Ushuaia (Enviada especial) - El último viernes se inauguró en Ushuaia la Bienal del Fin del Mundo, con obras de artistas argentinos e internacionales que en casi todos los casos hablan sobre temas ecológicos. Sería fácil detallar las fallas organizativas de la edición fundacional de una megamuestra que estará abierta hasta fines de abril en la población más extrema del sur. Pero el fin del mundo es un territorio difícil, donde se aprende a valorar lo que hay, y lo que hay no es poca cosa. Se trata de la primera Bienal que la Argentina puede mostrar con orgullo y que sella una alianza estratégica con Brasil.

El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.

Para comenzar, se logró abrir con un presupuesto que en el proyecto inicial ascendía a 4 millones de pesos y drásticamente se redujo a la mitad. La lista de patrocinantes es extensa, pero lo cierto es que la Fundación Patagonia Arte y Desafío aportó la idea, la Municipalidad de Ushuaia 650.000 pesos, el Banco de Tierra del Fuego 500.000, la Fundación Memorial de San Pablo 450.000 más el equipo de montaje y la curadora, el publicista Guillermo Ferreyro 300.000, y otros empresarios privados completaron la suma que permitió llenar de arte toda la ciudad.

Así, desbordando los espacios de exhibición, las obras se han integrado al paisaje de Ushuaia, a esta rara fusión entre un entorno imponente y una arquitectura que tiene la fragilidad de una maqueta. Así, como si un gigante hubiera estado jugando por la noche, en el borde de la Bahía aparecieron unos containers graciosamente dispuestos y pintados de colores radiantes, miles de banderas multicolores, unas caracolas gigantescas e irisadas sobre la playa y una fantasiosa parada de colectivo forrada con mullido pelouche de radiante color rosa.

Luego, surgió una casita de madera que replica la precariedad de la vida real realizada por el grupo santacruceño Delborde, los robots de Gerardo Romano balbuceando en una glorieta, y un colectivo con un contingente de esqueletos en su interior comenzó a circular por la ciudad conducido por el brasileño Gabriel Guarasi, mientras sonaba en la oscuridad absoluta la música de Jorge Haro. En apenas tres días el arte contemporáneo está finalmente en el candelero, y con la visibilidad que nunca tuvo atrae las miradas de un público ávido.

La Casa Bebán, perteneciente a uno de los primeros pobladores de la ciudad, está intervenida por el cubano Kcho, artista que ganó fama con sus balsas realizadas con neumáticos y que aprovechó la ocasión para tomarse un respiro y cambiar el recurrente leitmotiv de su obra. Ahora, ante la eventual inundación que podría provocar el calentamiento del Polo, el cubano levantó los muebles de la casa y los colocó sobre largos remos. Con la pulcritud de un decorador, emplazó a tres metros del piso la cama, las mesas de luz, los sillones, el televisor, sus dibujos y hasta dos maceteros cargados de flores, que acentúan el extrañamiento que provoca esa alucinada disposición en las alturas.

En los grandes lugares que ocupa la Bienal, el Polideportivo y el ex Presidio, con el afán de conjugar el arte con la ciencia y la ecología, las curadoras Leonor Amarante de Brasil, Corinne Abadi y Florencia Battiti de la Argentina, privilegiaron las nuevas tecnologías. La pintura está ausente, salvo dos cuadros de Luis Felipe Noé: uno de ellos es un significativo mapamundi realizado con el gesto nervioso y la energía que caracteriza el temperamento del artista. Pero abundan los videos, las fotografías, performances e instalaciones. El motivo de inspiración, en casi todos los casos, es la degradación de la naturaleza. Tema de las inmensas fotos del brasileño Caio Resenwitz, que con la superlativa evidencia de los carteles publicitarios muestra las torres de la ciudad de San Pablo emergiendo de un bosque que la abraza y, en otra imagen, una nítida y abstracta línea del horizonte formada por una fina franja forestada que divide el agua y el cielo.

La obra más compleja en este sentido es «Después del final», la bellísima y a la vez dramática video instalación que Charly Nijenshon realizó en el Polo Norte. En una de las tres pantallas centrales se divisa la imagen imponente de un témpano gigantesco, pero ese paisaje se va tornando abismal: sobre unos hielos que se desplazan raudos al ritmo de las mareas, se yerguen unas figuras solitarias que aparecen como una metáfora de la humanidad.

Cuestiones sutiles, como la pequeña dimensión de algunos témpanos o la persistencia del sonido ambiental, generan un clima angustiante. En las dos pantallas laterales, como un signo vital, fluye incesante el agua, encerrando al espectador dentro de una obra que muestra la fatalidad de un modo poético.

Por el contrario, el fin del mundo de la venezolana Magdalena Fernández, ingeniosa heredera del arte cinético, se asemeja más bien al Paraíso. La artista ha creado una caja mágica con casi 1000 cables transparentes de fibra óptica que penden del techo y levitan como bucles (que enruló con un ganchito durante la noche), para que el espectador atraviese ese espacio de ensueño envuelto en los pequeños puntos luminosos que danzan a su alrededor.

A su lado, la brasileña Patricia Gerber realiza una performance con montañas de harina, demostrativa de la sensualidad del arte de su país. De un jardín cercano al Paraíso también proviene la inspiración de la argentina Fabiana Barreda, que reconstruye la casa de cristal de la arquitecta italiana Lina Bobordi, y en el centro le inserta una pequeña pantalla donde a través de la animación digital diseña una figura femenina.

Desde el corazón de esa mujer brotan ramas que florecen. Esas líneas temblorosas crecen, recorren el cuerpo y manteniendo el gesto sensible del dibujo llegan hasta el vientre para conforman una casa dentro de la casa. El componente sonoro es importante en la obra, cada nota coincide con el crecimiento progresivo de la línea. Con un presupuesto de 300 dólares que le facilitó la Bienal para producir su obra, más algún dinero de su propio bolsillo, Barreda compró tecnología: unos pequeños proyectores de DVD que lejos de anular la calidad sensitiva del trabajo, logran mantener y, sobre todo, subrayar el pulso del artesano a través de una sofisticada animación.

La otra cara de la tecnología, es la del ingeniero Joaquín Fargas, que al igual que el inventor de la película «Volver al futuro» e inclusive, padeciendo los mismos apremios para finalizar su trabajo, ha logrado presentar un aerodinámico girasol estilo techno con pétalos sensibles a la luz que tienen un fin utilitario: reportar cambios meteorológicos a una central.

En el ex Presidio, las obras deben competir con la poderosa fuerza de ese lugar, impregnado todavía por el aliento de su historia feroz. La obra que mejor se aviene al rigor de la cárcel es la del brasileño José Rufino, que construyó camas «imposibles», ya que debido a su gran formato no caben en las celdas utilizadas como salas de exposición. Con este recurso, Rufino refuerza el sentimiento de opresión que provoca el presidio.

Algo similar sucede con las obras gráficas de León Ferrari, que hoy mantienen vivo el espíritu de los viejos anarquistas que poblaron esas celdas. Las obras de Luis Fernando Benedit, Mónica Girón, Flavia Da Rin, Patrik Hamiltong, Jorge y Luci Orta, Alicia Herrero, Martín Sastre y Antoni Abad, entre muchos otros artistas llegados de China, Dinamarca o Francia, completan el envío. Hasta el martes continúan los debates, seminarios, encuentros y performances.

Últimas noticias

Dejá tu comentario

Te puede interesar

Otras noticias