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12 de abril 2007 - 00:00

Picchio y Fanego salvan una puesta muy estridente

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Ana María Picchio y Daniel Fanego en la nueva versión teatral de «Un día muy particular», sobre el film de Ettore Scola.
«Un día muy particular» de E. Scola, R. Maccari y M. Costanzo. Dir.: M. González Gil. Int.: A. M. Picchio, D. Fanego. Esc.: A. Negrín. Ilum.: R. Traferri. Mús.: M. Bianchedi. (Teatro «Lorange».)

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Tal como ocurría en la película de Ettore Scola («Una giornata particolare», 1977) el fugaz encuentro entre una sufrida ama de casa y un locutor de radio, perseguido por el régimen fascista debido a su condición de homosexual, genera un espacio de intimidad allí donde parecía imposible. El mérito es, sin duda, de sus intérpretes (Ana María Picchio y Daniel Fanego) que se han atrevido a recrear los mismos papeles que Sofia Loren y Marcello Mastroiani. Los argentinos actúan con naturalidad, convicción y buena química (más intensa que la de Charo López y José Sacristán en la puesta de los '80 que dirigió Carlos Gandolfo).

En 1938, todo el pueblo de Roma acude a saludar a Benito Mussolini y a su nuevo aliado, Adolf Hitler, en medio de un gran despliegue militar. Antonia -una mujer de escasa educación destinada a limpiar el hogar, cuidar de su prole y servir a un marido infiel-decide quedarse en casa, y mientras su familia disfruta del ostentoso desfile, un incidente doméstico la pone en contacto con Gabriel, el único vecino del edificio que «ese día» prefirió no salir a la calle.

Aislados del resto del mundo van confesando sus carencias y humillaciones. Primero se identifican como marginados (ella por ser una mujer sin instrucción, él por homosexual) para luego reconocerse como almas gemelas.Que terminen en la cama es una cuestión de ternura y reivindicación más que de auténtico deseo sexual.

Picchio y Fanego dan vida a dos seres indefensos que, al menos por unas horas, logran instalar un pequeño paraíso en tiempos de guerra. Pero, la puesta en escena no siempre acompaña el clima intimista que requiere este material. Los intérpretes deben lidiar contra una machacona banda de sonido que insiste en reproducir una y otra vez el efervescente clima bélico que se vive en la calle.

Tampoco resulta funcional la escenografía de Alberto Negrín. Esta obliga a los actores a caminar más de la cuenta e, incluso, a detener su acción cada vez que hay que correr paneles, como por ejemplo en la escena de la terraza.

El director Manuel González Gil suele pulsar las cuerdas más sensibles de sus intérpretes, sólo que aquí no atinó a traducir el código realista del cine al del lenguaje escénico que siempre resulta más sugerente cuantos menos elementos pone a la vista. Aun así, cuando los protagonistas se ponen a jugar como lo harían dos niños abandonados que se reconocen en medio de una fiesta, la puesta consigue despegar un poco.

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