16 de febrero 2006 - 00:00

Proclama antibélica, artificial y aburrida

Entre lugares comunes y escenas artificiosas transcurre el mensaje antibélico de SamMendes («Belleza americana») en el film «Soldado anónimo».
Entre lugares comunes y escenas artificiosas transcurre el mensaje antibélico de Sam Mendes («Belleza americana») en el film «Soldado anónimo».
«Soldado anónimo» («Jarhead», 2005, habl. en inglés) Dir.: S. Mendes. Int.: J. Gyllenhaal, P. Sarsgaard, B. Geraghty, J. Foxx, Ch. Cooper, D. Haysbert.

"Toda guerra es distinta. Toda guerra es igual". Este slogan, supuestamente inteligente pero totalmente hueco, sirve de base a una película bélica artificial y aburrida. La Guerra del Golfo no fue una guerra igual a las demás. El punto de vista de unos soldados adoctrinados física y mentalmente al mejor estilo marine (en slang, «jarhead») es el más fácil de mostrar si se quiere hacer un film antibélico actual.

Filmada en desiertos estadounidenses y mexicanos, «Soldado anónimo» no logra convencer casi nunca de estar transcurriendo en un desierto árabe (y eso que costó 70 millones de dólares). Filmada en España, «Lawrence de Arabia» era creíble. Sin David Lean, cualquier parque temático es menos artificial que los desiertos de Mendes.

El film trata de hacerle creer al público que la Armada norteamericana programa películas como «Apocalypse Now» para adoctrinar a sus marines. La escena de éstos alentando a los helicópteros de Robert Duvall es falsa como pocas: el público de reclutas canta las Valkirias de Wagner como si conociera de memoria la escena, pero Mendes no muestra nunca los momentos oscuros, deprimentes y auténticamente antibélicos del film de Coppola. De paso, la película subestima a los pobres peones de ese complicado juego de ajedrez que es una guerra: fascistas tontos hasta la caricatura, onanistas, negligentes, homosexuales reprimidos, impotentes, etc. Mendes copia sin ruborizarse la primera mitad de «Nacido para matar» de Stanley Kubrick, pero parece no tener idea de que algunos años antes, en Francia, prohibieron durante décadas «La patrulla infernal» del mismo director, no precisamente por enfocar el punto de vista de los soldados rasos que sobrevivían como podían en las trincheras, sino por su intento de describir la frialdad de los que los masacraban en vano.

El film es aburrido, además, porque salvo algunas buenas escenas esporádicas que no llegan a redimirla, pero se aprecian seriamente, esto atrapa todavía menos que las bombas verdes con las que la CNN ilustró esta guerra. En cambio, en «La caída del Halcón Negro», Ridley Scott logró una descripción terriblemente intensa y auténtica de una guerra moderna. Igual, se puede apostar a que ningún posible recluta va a ver esta película en el cine de su barrio.

Sin escenas de combates, mucha gente hizo grandes films antibélicos, empezando por «Infierno en el Pacífico» de Boorman, «Trampa 22» de Mike Nichols o «Matadero 5» de George Roy Hill. Y para no olvidarnos de las arenas del desierto, «La patrulla perdida» de John Ford mostraba la locura de la guerra sin que nadie entre en auténtico combate.

Esta película en cambio causaría aún más sopor si no fuera por una gran escena con
Jaime Foxx, el oficial showman compuesto por Chris Cooper, la fotografía de Roger Deakins, y la secuencia clave de impotencia homicida que pretende justificar todo el film (no lo hace, pero está bien resuelta).

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