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25 de enero 2007 - 00:00

Reinauguran hoy el mítico cine Arte

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Alberto Kipnis, junto al empresario Marcelo Morales, reinauguran el Arte, que se divide en tres salas: Lorraine, Losuar y Loire, en homenaje a quien las creara y ahora programará el nuevo complejo.
Reabre hoy el cine Arte, ahora convertido en Arteplex Centro y dividido en tres salas con los nombres de Lorraine, Loire y Losuar, como las míticas salas creadas por Alberto Kipnis, quien ahora programa las actuales. Dialogamos con él.

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Comienzos. Entré a trabajar al Lorraine, y al día siguiente se suspendió la función, por aquel percance del bombardeo que hubo en Plaza de Mayo, que fue terrible. En cuanto al cine, me daba vergüenza por las películas que pasaba (Kid Gavilán, resúmenes de boxeo, etc.), y por el público que iba, y que además iba muy poco. Entonces hablé con el empresario para cambiar la programación, a ver si atraíamos otra gente. Primero le pedí unas películas rusas y checas a Isaac Vainikof, hombre que me brindó una gran amistad. En el medio se lo conocía como Argentino Lamas. Después hice ciclos cronológicos y temáticos de grandes autores, con programas de mano coleccionables, escritos por grandes críticos, hasta terminar sacando una serie de libros de cine, las Ediciones Losange, dirigidas por Mabel Itzcovich.

Repercusión. Hasta entonces, las películas de arte sólo se daban en cineclubes, una vez por semana. Ellemberg y Gaffet traían las de Ingmar Bergman, pero las daban sin pena ni gloria, perdidas en la programación general de la sala que les tocara en suerte. Pronto se vio que hacían más espectadores un fin de semana en el Lorraine, que toda la semana en una sala común. Esto pasa también hoy, cuando las salas del Arteplex Belgrano o las del Cineduplex Caballito, que también programo, hacen más que las multisalas vecinas. Es algo que la gente olfatea.

Miguel Paulino Tato. Cuando era crítico, cada vez que estrenábamos algo (supongamos, una de Bresson), Tato salía a mitad de la proyección a decirme «Mirá, che, qué otra porquería estás dando. Voy a mandar a mi hijo, que la vea entera y me la cuente, yo me voy». Y resultaba imposible enojarse con él, porque era muy simpático. En cambio, antipático era el censor Ramiro de la Fuente, que por una pavada tuve que ir a verlo a su oficina, y lo encontré rodeado de santos y arreglando por teléfono un paseo en yate con unas señoritas. Lo primero que me dijo antes de saludarme fue «Yo no hago concesiones».

El público de antes. Era fervoroso. Discutía en el hall y en las confiterías vecinas, faltaba a la facultad para venir. Dábamos las películas llenas de pegaduras, y nadie se quejaba. Llovía más adentro que afuera, e igual se llenaba. Cada tanto algún chico de la secundaria, ansioso de ver una de Bergman, se quedaba afuera, porque entonces era muy estricto el «prohibido menores de 18 años», y unos meses después reaparecía, muy orgulloso. Nos gustaría que la gente joven viniera. Estamos trabajando con generaciones un poco mayores.

Cansancio. ¿Por qué cerramos el Lorraine? Porque a comienzos de los '70 recibía amenazas permanentes. Hasta me pusieron una bomba un día que quise dar «Roma, ciudad abierta». Y cada vez que dábamos una rusa aparecía alguien que decía que venía a protegerme y me pedía los nombres de todos, incluso los espectadores, también para protegerlos. Aún así estuvo Grigori Kozintzev en la sala, presentando sus versiones de «Hamlet» y «Don Quijote».

Algunos bodrios. El Loire fue una sala muy noble, ahí estrenábamos películas bellísimas, y metíamos 1400 espectadores por día, en una sala de 290 butacas. Para el mercado eran bodrios. Cuando me avisaban «ese es un bodrio», yo lo quería ver. «Vivir al revés», «El romance del Aniceto y la Francisca», «Edipo Rey», «Cuerno de cabra», eran todas joyitas. Vi «Las alas del deseo» en una privada de 40 exhibidores. Terminé yo solo. «La tomo», dije. Y la tuve seis meses a sala llena en el Loire.

Sala Arte. La hizo Alvarez Lamas. Después la viuda la fue dando en alquiler, la tuvieron varios años unos exhibidores de cine porno, que le pintaron los granitos de rojo (hay que entender el uso que se le daba) e hicieron otras cosas, hasta que un buen día la viuda se cansó y nos conocimos. Fíjese qué paradoja. Al Losuar lo hicimos donde era el Cinelandia, un sitio especializado en películas películas eróticas. Ahora pasa algo similar. Las tres salas tienen 35 mm. y además, dos de ellas, cañones digitales que no se venden en el país, los trajo Marcelo Morales, el dueño de la empresa, personalmente de EE.UU., todo con sonido dolby estéreo. Y se hicieron tratamientos acústicos especiales, porque el público ahora exige mejor servicio.

El público actual. Lo malo de ahora es la gente que protesta sin razón, como el que hizo un escándalo porque no alcanzó a leer unos subtítulos, y decía que estábamos acelerandola proyección para terminar antes. O la señora que a la salida de «Una pareja perfecta» pidió el libro de quejas porque no estaba de acuerdo con el final, donde el matrimonio se separa. Eso es récord. Pero uno tiene eso, y tiene todas las demás gratificaciones. ¿Dónde se vio, por ejemplo, que los espectadores les regalen bombones o whisky a los boleteros, o los inviten a un casamiento? Con nosotros la gente se siente un poco dueña de la sala. No es un número más.

Presente y futuro. Volver a la calle Corrientes, vieja aspiración, es volver a vivir. Se cierra un poquito el círculo, porque por acá es donde comenzamos. Además, tenemos la expectativa de hacer un circuito de cine-arte. ¿Será algo similar a lo anterior? No, pero igual, todo lo que podamos innovar, lo que parezca anticomercial, vamos a hacerlo. Eso no es cine-pochoclo. Tiene otro sabor. Además, con películas como «La noche del señor Lazarescu», ¿quién puede estar comiendo?

Entrevista de P.S.

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