La autora parece abismarse en su propio pasado invocando recuerdos de familia, viajes, amores perdidos y hasta personajes sin nombre que marcaron su cuerpo y espíritu con insospechada vehemencia («con la fuerza de los miedos mal resueltos», como ella misma confiesa).
Las escenas que evoca ejercen una fascinación oscura y perturbadora, alimentada por secretos revelados a medias y por anécdotas que, pese a su peculiaridad, son capaces de condensar las fantasías más universales en relación a la identidad sexual y los vínculos familiares o como parte de esos enigmas y mensajes cifrados que los niños reciben del mundo adulto. Pero
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