28 de febrero 2006 - 00:00
Rembrandt-Caravaggio, juntos por primera vez
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Amsterdam
reúne en una
exposición sin
precedentes
40 obras de
los dos
maestros
barrocos
Rembrandt y
Caravaggio,
para
confrontar la
manera con
que
entendían el
arte y
trataban los
mismos
temas.
Rembrandt tenía cuatro años cuando murió Caravaggio y sólo conoció las innovaciones del italiano por medio de los caravaggistas de Utrecht y de su maestro Peter Lasman. Así que, frente a las diversas teorías, el mejor ejercicio que puede hacer el espectador es dejarse llevar por la mirada limpia de academicismos, cuadro a cuadro. Caravaggio frecuentaba los bajos fondos y la elite neoplatónica, pintaba para la Iglesia y la aristocracia -cuyas aficiones serían consideradas hoy delictivas-, mientras que Rembrandt era protestante y pintaba para mercaderes de todas las religiones.
Caravaggio acentúa al máximo el contraste de luz y sombra para potenciar la intensidad emotiva o psicológica de los personajes, mientras Rembrandt es más historicista y equilibra los colores y los puntos de atención, y su luz profundiza en el cuadro para dar mayor sensación de relieve a la escena, cuando Caravaggio esculpe en la superficie.
Violencia y traición femenina. Primera confrontación: en «La ceguera de Sansón», de Rembrandt, más que el cuchillo del soldado filisteo es un potente rayo de luz el que parece cegar al héroe bíblico, mientras otro soldado parece el negativo de la luminosa escena y Dalila huye satisfecha blandiendo la melena cortada y las tijeras aún abiertas. Es más cruel y sugerente el «Judith y Holofernes» de Caravaggio, una violencia seca, con el cuerpo de Judith bañado en una luz carnal, sensual, en el que la belleza dolorida de Judith contrasta con el rostro agónico de Holofernes y el apergaminado de la vieja criada.
La Familia. Rembrandt pinta una «Sagrada Familia» en un entorno apacible, el taller de carpintería, con el Niño durmiendo satisfecho, la madre feliz y el padre protector. En el cuadro de Caravaggio, en cambio, la madre mira asustada, como previendo el martirio de su hijo, que la abraza con los ojos cerrados, conforme o ignorante de su destino. Caravaggio es aquí más moderno.
Muchachas. Es más próxima al espectador también la «María Magdalena penitente» de Caravaggio -una prostituta callejera- que la imagen de Flora, diosa de la fertilidad, a la que Rembrandt puso el rostro de Saskia, su mujer. Dos retratos bellísimos, ante los que la vista se demora en el detalle de los vestidos, aspecto en que Rembrandt es difícilmente superable, al igual que en la presentación de estados psicológicos.
Más traiciones. Las traiciones son la de « Pedro negando a Cristo» (Rembrant) y la de « Judas» (Caravaggio). Rembrandt sigue siendo más narrador de un pasaje evangélico, con la luz difuminada dando fe de un sentimiento de culpa, mientras la luz de Caravaggio es un foco que hiere el rostro fruncido de Jesús en el momento en que parece estar diciendo: «Me has vendido con un beso», ante el tenso abrazo de Judas y el espanto de un discípulo: casi una instantánea.
El sacrificio de Isaac. Ambos dibujan el sacrificio de Abraham: intenso en el movimiento y en su teatralidad vertical el de Rembrandt, con el ángel deteniendo la mano que va a matara su hijo Isaac, y de nuevo cruel el de Caravaggio, con la cara de Isaac gimiendo ante el debate casi indiferente de su padre con el ángel, en una escena horizontal; es decir, terrenal. No vienen del cielo la prueba ni el perdón.
Amor. Una de las cumbres de la muestra es «La novia judía», expresión de la ternura y la felicidad del amor, un cuadro que fascinó a Van Gogh, que vio aquí la explosión del genio de Rembrandt cuando tenía plena libertad y que emite una sensación de gozo que contamina la riqueza y exuberancia cromática de los ropajes. A su lado, «La conversión de María Magdalena» de Caravaggio intenta conciliar lascivia y pureza.


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