19 de marzo 2008 - 00:00

"Siempre trato de escribir el libro que me gustaría leer"

María Fasce: «Así como algunos se ponen a investigar sobre la Edad Media o Manuelita Rosas, a mí me interesa más investigar lo que tengo a mano (...), los celos, el amor, la falta de amor».
María Fasce: «Así como algunos se ponen a investigar sobre la Edad Media o Manuelita Rosas, a mí me interesa más investigar lo que tengo a mano (...), los celos, el amor, la falta de amor».
"Sobre el amor no se ha avanzar nada. Se han hecho muchos descubrimientos en ciencia, en técnica, pero sobre el amor se sigue sin saber nada, lo único que se puede hacer es seguir planteando preguntas, contando historias de amor". Esa convicción de María Fasce la llevó a publicar dos libros de relatos y dos novelas, la más reciente «La naturaleza del amor» se acaba de distribuir en librerías.

María Fasce es licenciada en Letras, periodista, traductora y editora. Sus textos han sido publicados en francés, inglés, portugués, ruso, holandés y alemán. La beca que le otorgó la Maison des Ecrivains de Francia le permitió trabajar durante tres meses a pleno en «La naturaleza del amor».

Periodista: Ha consagrado su literatura a las historias de amor.

María Fasce: Porque es lo que más me interesa ver, leer, escuchar. Soy la típica chica que va al cine a ver un policial y está esperando que aparezca la chica, que venga lo que importa. En cualquier película la parte que me interesa es ésa. Por eso Truffaut es un director que me atrae mucho. Soy una especie de radar de ese tema.

P.: ¿Y por eso se centra en ese tipo de historias?

M.F.: Sí, porque, y esto está en mis libros, a pesar de las catástrofes económicas, de todo lo que puede pasar alrededor, lo que realmente sigue desestabilizando profundamente a la gente son las relaciones personales. A veces suena un poco cínico decirlo pero la pérdida de un amor, que alguien te abandone, te puede ocasionar un trastorno tan grande que puede hasta llevar al suicidio. Es casi como el hambre, porque el hambre de amor es semejante al hambre físico, concreto, real. Escribo sobre eso por pereza o no sé por qué, pero así como otros se ponen a investigar sobre la Edad Media o Manuelita Rosas, a mí me interesa más investigar lo que tengo a mano.

P.: Y luego contarlo desde alguien idéntico a usted...

M.F.: Una editora, una mujer que viaja a España escapando de la crisis del 2001 [ríe]. Cuando comencé a escribir tenía el prejuicio contrario, me decía: no voy a escribir nada que tenga que ver conmigo. Cuando daba talleres de literatura, eso lo ponía como requisito, porque cuando uno habla de algo que es muy cercano siempre corre más riesgos. Después me di cuenta de que era un prejuicio tonto, y que lo que yo tenía que encontrar era una buena historia que podía estar alimentada de lo que fuera. «La naturaleza del amor» es una novela que tiene cosas de mí y cosas que nada que ver (espero ser mejor que esa mujer), pero eso no importa. Lo que interesa es que la historia funcione.

P.: ¿Usted es la protagonista pero no es usted?

M.F.: Construí una especie de criatura de Frankenstein, con retazos de diversas personas. Lo importante es que al final el conjunto cobre vida. Cuando uno lee a los grandes escritores, a Camus, a Sartre, eso es lo que hacen. Dejé de lado aquel prejuicio narrativo, y uso todo lo que llega a mí: lo que oigo, lo que vivo, lo que invento, lo que miro, lo que veo. Las lecturas son vivencialmente tan importantes como algo que te pasa. Uno en Proust, por dar un caso, encuentra los celos, el amor, la falta de amor, que son cosas que a uno le pasan, que son los temas que me interesan a mí.

P.: Rodeó las historias sentimentales de su protagonista de la crisis económica de 2001, su huida a España, su aprendizaje de la alquimia.

M.F.: La alquimia me ayudó a pensar la historia, me mostró cómo de la podredumbre puede surgir la piedra filosofal, y cómo en la piedra filosofal está el germen de la podredumbre. Todo es cíclico. Y ésa es un poco la idea de mi novela. Encontrar la iluminación, dar a luz, en eso la historia se parece a mi vida.

P.: ¿Cuándo surge su interés por la alquimia?

M.F.: Yo recibí la beca de la Maison des Ecrivains Etrangers, que antes habían recibido Saer y Piglia, entre otros. Así me fui a Saint-Nazaire, en un casa que da frente al Loire, a no hacer otra cosa que escribir durante tres meses. Y allí nació «La naturaleza del amor». En esa casa para escritores y traductores había una biblioteca cuya especialidad era la alquimia. Había, por ejemplo, primeras ediciones de Flamer. Yo ya venía pensando que el personaje masculino iba ser alguien dedicado a algo abstracto, lejano, un astrónomo, un alquimista. Quería contrastar a la mujer que por estar embarazada está atada a la tierra y el hombre que literalmente está en la luna. Empecé a estudiar alquimia y conocí un alquimista. Hay gente tan loca como para buscar la piedra filosofal hoy. Así apareció uno de los personajes de mi novela.

P.: Y le sirve para señalar las mutaciones alquímicas de los sentimientos, la química de las relaciones humanas.

M.F.: La idea de la química de los vínculos está presente en toda mi obra, desde los relatos de «La felicidad de las mujeres» y «A nadie le gusta la soledad» pasando por mi novela «La verdad según Virginia», hasta «La naturaleza del amor». Busco investigar porque algo se une, se mezcla, se fusiona, se deteriora. En qué medida incide el contexto. Por qué las personas al ir cambiando alteran todo el compuesto químico de sus relaciones.

P.: Por momentos usted parece retomar la tesis de Helen Fisher de que las relaciones amorosas duran muy poco, de seis meses a seis años, no más de eso.

M.F.: Es así, la naturaleza del amor es ser cambiante y efímero. En la novela todo es transitorio, todo está en continuo movimiento. En la protagonista lo único que se mantiene fijo es la maternidad. No pude dejar de ser madre de su hijo. Como nadie puede dejar de ser hijo de sus padres.

P.: ¿Cómo actúa su profesión de editora literaria de libros cuando está escribiendo? ¿La censura? ¿La corrige?

M.F.: Yo trato de escribir el libro que me gustaría leer. Cuando empiezo a pensar un libro, a ver cómo una idea puede funcionar, voy juntando retazos, armandolos personajes, construyendola historia, y cuando me pongo a escribir, trato de hacerlo de la mejor manera posible. Quiza esto suene demasiado ambicioso, pero trato de escribir de una manera que sea hipnótica para el lector, que el lector no pueda dejar de leer. Que se meta en el libro y no sienta nunca que está leyendo un libro; esa sensación que uno tiene cuando va al cine. Yo quisiera conseguir que alguien se sienta y se meta adentro de lo que se le cuenta. No sé si lo logro, pero a eso aspiro.

P.: Y lo logra a través del ritmo de capítulos brevísimos.

M.F.: Es algo totalmente buscado. Lo trabajo mucho. En «La naturaleza del amor» se me ocurrió organizar la historia en las cuatro partes de la obra alquímica, esos colores que dan significado al mundo, el negro, el blanco, el amarillo y el rojo. Luego trabajo para que cada capítulo enganche con el siguiente, pienso mucho los comienzos y finales para alcanzar un ritmo que creo que es el que se corresponde con el relato.

P.: Por lo visto es dueña y señora de lo que cuenta.

M.F.: No; es cierta la trillada idea de que los personajes se escapan y hacen de las suyas. En «La naturaleza del amor» me pasó con el personaje de la modelo argentina en España. Hizo que me diera cuenta de que era otra relación personal importante; es para Ana, la protagonista, el descubrimiento de la amistad. Y es como si de pronto esa relación secreta, íntima, que no es carnal, fuera una infidelidad de la protagonista a su marido.Y finalmente hay un entramado entre los personajes -Ana, el actor, el alquimista, la modeloque parece dictado por el azar o por el destino.

Entrevista de Máximo Soto

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