20 de febrero 2006 - 00:00
Tardía reparación: exhiben al fin cultura precolombina
-
Sorpresa en Prime Video: una de las mejores adaptaciones de Agatha Christie arrasa en la plataforma
-
De la tele a Miss Universo: quién es Abril Duhalde, la sobrina nieta del expresidente que busca la corona
Máscaras, morteros y vasos con estilizadas formas antropomórficas o zoomórficas forman parte de las colecciones que después de muchos años puede ver el público en Bellas Artes.
Paternosto cuenta la interesante historia de los artistas alemanes Josef y Anni Albers, integrantes de la Bauhaus que escapando de los nazis llegan al Black Mountain Collage de North Carolina, y así descubren el arte de México y Perú que influye en sus obras. «Anni» -señala el argentino- «había concurrido al taller de Arte Textil de la Bauhaus y frecuentado el Museo Etnográfico de Berlín cuando influida por el arte aborigen escribió 'On Weaving', una suma de su experiencia que dedica 'a mis grandes maestras, las tejedoras del antiguo Perú'».
La muestra del Bellas Artes se completa con una colección de metales (herramientas de trabajo, hachas ceremoniales, pectorales, diademas, ornamentos), y el capítulo «El mundo simbólico» del Noroeste argentino. Se trata de objetos relacionados al mundo de las creencias, a una religión basada en los fenómenos celestes, el culto a los antepasados, los viajes chamánicos y la sacralización de las fuerzas de la naturaleza. En este espacio se reitera la imagen del sol, representado como un personaje y vestido con una túnica andina, portando joyas de metal y escoltado por jaguares y serpientes, o empuñando un hacha y con una cabeza cercenada en sus manos.
Las obras de la muestra fueron donadas (en parte) por Guido Di Tella y la Secretaría de Cultura, que en 1988 compró otra parte de su colección para cederla al Museo. En 1989 la Asociación Amigos del Bellas Artes adquirió con el mismo fin la colección de textiles de Liber Fridman, y recientemente trajo de Alemania los artefactos especiales para iluminar la sala con dignidad.
Si bien en nuestro país la revalorización de la cultura indígena, hasta ayer nomás relegada a oscuros depósitos o decrépitos museos arqueológicos, parece ya estar en marcha, no se pueden negar las contramarchas. Antonio Seguí tiene en París un pequeño palacio de principios del siglo XIX, y lo ha convertido en un auténtico museo arte precolombino y africano. Argentino al fin, en la década del ochenta fundó el Centro de Arte Contemporáneo del Chateau Carreras en su Córdoba natal con la idea instalar gran parte de su colección. Pero el proyecto nunca llegó a concretarse por la desidia oficial.
Otro paso atrás lo provocó la inexplicable actitud del ex Secretario de Cultura Torcuato Di Tella, pues cuando para exhibir una colección privada ante el público le pidieron (en carácter de préstamo y con compromiso de restauración) la antigua construcción jesuítica ubicada en Humberto Primo y San Juan (que hoy se encuentra en condiciones deplorables), se negó a cederla. Desde entonces, ningún funcionario expresó el más mínimo interés por estos tesoros.
Por el contrario, en países como México y Uruguay, el cuidado del patrimonio arqueológico se ha convertido en deber patriótico. En la Ciudad Vieja de Montevideo, el Museo de Arte Precolombino e Indígena que desde 2004 ocupa el bello palacio del Ministerio de Defensa, recibe un promedio de 1500 visitantes por mes, cifra altísima si se coteja con la población. Hasta fines de marzo exhibe «Memorias Ancestrales. Arte y Arqueología en el Uruguay», interesante muestra destinada a contar una historia a través de los objetos.


Dejá tu comentario