“Muchos siguen teniendo la idea de la literatura como esfera ajena a lo real cuando a mi juicio la ficción debería poner en crisis lo real. Es imposible aquello del carácter autónomo”, dice Mariano Saba, autor y director de “Tibio”, protagonizada por Horacio Roca, que se estrena mañana en Moscú Teatro. La obra transcurre en 1979 y gira en torno a un profesor de literatura española en un colegio secundario, quien a partir de la lectura de textos de Unamuno comienza a cuestionarse su papel como docente y el control de las autoridades escolares. Dialogamos con Saba, también coautor junto a Mauricio Dayub y Patricio Abadi de “El equilibrista”.
Periodista: ¿Qué le atrajo de abordar la obra desde los textos de Unamuno?
Mariano Saba: A partir de una discusión con un alumno, surge en el profesor una suerte de censura alrededor de la clase y deriva en una encrucijada: debe decidir si asumir un compromiso con lo real o se queda en la literatura como resguardo. Con Unamuno tengo una relación estrecha por haber trabajado para el CONICET con sus textos en lo ligado a la metaficción, en relación al carácter político controversial en su época. En lo intelectual de Unamuno y de muchos otros exponentes de la literatura española, se plantea la disyuntiva entre ese compromiso o la tibieza, que en el protagonista desencadena aspectos trágicos.
P.: ¿Cómo trabajó el monó-logo?
M.S.: En pandemia pudimos pensar y repensar al cuerpo en la actuación, irradiando relato por sí solo sin demasiado apoyo más que la palabra. El espacio está suspendido en la oscuridad y puede ser un aula o la intimidad de su casa. Hay algo de la actuación que es formidable, con esa disposición a narrar lo que la obra necesita y que siempre excede a lo que uno imagina. Uno hipotetiza ejes, temas y después viene la actuación y en general mejora todo. Hay en el protagonista un enorme manejo para poder contar una historia que requiere de muchos matices, como cualquier arco trágico, valiéndose de cierta sutileza para ir llevando el material hacia adelante.
P.: La pandemia potenció obras con pocos actores.
M.S.: Pero íbamos a estrenar en 2020 en otra sala y cuando se interrumpió todo seguimos trabajándolo. La virtualidad fue un resguardo creativo en el medio de un momento muy duro. Tuvimos la posibilidad de mantenernos unidos creando en distancia, fue un rescate. Con el tiempo se aclaró y llegó el espacio y la fecha de estreno. Fue un aprendizaje el poder detener el proceso y seguir. Además el material requirió de mucho trabajo, leímos sobre la época, vimos documentales, sobre secundarios en la dictadura. Así que llegamos a la sala con un camino muy recorrido.
P.: ¿Qué rasgo de la docencia se pone en cuestión?
M.S.: La disyuntiva entre adherir al silencio o denunciar fue algo que muchas personas deben haber dirimido en la intimidad. Era un aspecto poco tocado por el teatro independiente de mi generación y nos encontramos con una contradicción trágica, el miedo y la desesperación, la responsabilidad es intervenir en lo real. El compromiso y las relaciones siempre tensas entre la ficción y lo real, que coloca a los intelectuales en una zona compleja.
P.: ¿A qué se refiere?
M.S.: Hay una polaridad, la literatura como una esfera autónoma de lo real a la que no se le puede exigir compromiso, y otra de literatura que no puede estar disociada, que es parte de lo real. A esta última suscribo. Pero en ese contexto de opresión y terror el protagonista puede entender que la literatura es el plan de evasión y resguardo preservado por la violencia de lo real. Cuando uno piensa que la actualidad ha traído cierta claridad sobre algunos temas, lamentablemente se encuentra con una reactualización de discursos peligrosos. Cosas que se consideran del pasado se reactualizan, no hay resistencia activa y uno vuelve a escucharlas. Es Unamuno enfrentándose al franquismo luego de pensar que había ahí una clave de organización.
P.: ¿Cómo es volver después de la pandemia?
M.S.: Hay una necesidad muy grande por volver a plantar un discurso poético. Es necesario para los creadores, hay enorme cantidad de propuestas y la gente está ávida por ir a ese encuentro. Celebro volver a lo teatral y ojalá se sostenga, dependerá de que sigamos respetando la situación y la latencia de la enfermedad. Lo que hace la actuación es inolvidable. Atrás están las ideas, el texto, las decisiones de puesta, el espacio, pero el espectador va y se encuentra con ese cuerpo irradiando poesía en acción y palabra. Eso es lo poderoso e inolvidable en teatro. Algo de eso es mágico y colabora con la restitución del tejido social y cultural lastimado.