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Algunos espectadores, en cambio, quisieran matarlo al comienzo, junto a los dibujantes y libretistas, porque estos tipos, más que indios en medio de la naturaleza todavía virgen e inmensa del pasado parecen tres raperitos acelerados y aturdidos del Bronx. Pero eso es sólo el comienzo. Después las cosas mejoran, no mucho pero mejoran, y sólo hay que lamentar las seis inútiles y estrepitosas canciones que, una tras otra, irrumpen a lo largo de la historia, ofreciéndonos a grito pelado su entusiasta celebración new age de la vida, la amistad, y la aceptación del otro. Pero, ya se sabe, junto a los muñequitos, el merchandising de este tipo de películas incluye forzosamente un disco, de modo que hay que aceptar que haya canciones, por así llamarlas.
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