Trotta: arte de ida y vuelta entre Italia y la Argentina

Espectáculos

Se encuentra en Buenos Aires Antonio Trotta, un artista que nació en Italia y regresó a ella luego de vivir más de veinte años en la Argentina. No es casual que sus obras remitan al tema de la identidad y el origen en esta doble inscripción de un ida y vuelta.

Nació en 1937 en un pequeño poblado de Stio, en Salerno. «En lo referente a mis orígenes nací en las cercanías de Paestum y Velia, la Elea griega», explicaba. Esa fue la cuna de Parménides y Zenón (500 a.C). En su poema filosófico Parménides planteó «No hay ni habrá nunca ninguna cosa fuera del ser, pues el destino lo ha encadenado a ser todo entero e inmóvil». Zenón se había preguntado «Si el espacio es algo real ¿dónde estará?». Sus conocidas «aporías» (como el problema sin solución de Aquiles y la tortuga), señalaban la imposibilidad de concebir el espacio como un ente real. Pasados más de veinticinco siglos, estos conceptos parecen estar presentes en las vivencias de la identidad y el arraigodesarraigo de este doble inmigrante.

Trotta
llegó a la Argentina con sus padres hacia fines de la Segunda Guerra Mundial y se instaló en la ciudad de La Plata en cuya universidad estudió arquitectura. Creció con una infancia «repleta de alarmas aéreas y huidas al monte, largas noches en vela con mi padre, que era herrero, y me llevaba con él cuando viajaba a la montaña», según recordó. Pero también entre sus memorias se le aparecen los extramuros de La Plata, «donde alcancé a conocer los últimos rastros de la patota y conseguí mi primer trabajo».

También valora que su vida de entonces estuvo llena de momentos mágicos, como el encuentro providencial con un mecenas que comenzó a ayudar a mi familia «desde que un día me vio cuidando a mis hermanas que andaban en la calesita». En su primera muestra individual en la galería Lirolay expuso objetos que parecían maquetas de arquitectura.

Desde sus comienzos como estudiante, en 1957, comenzó sus planteos conceptuales sobre la arquitectura y el arte y cuestionó la Academia de
Wright y Le Corbusier. En ese entonces realizó proyectos casi escultóricos a la manera de Antonio Gaudí. Luego descubrió la pintura, se vinculó con las clases de Visión del profesor Héctor Cartier y pasó a integrar el Grupo SI, junto a Alejandro Puente y César Paternosto, entre otros.

Para
Trotta fue «una unión totalmente experimental que quería romper el falso dilema abstracto-figurativo. Considerando que en el '68 el hecho artístico se había transformado en una retórica académica, intenté reconstruir lo que la vanguardia arrastraba de negativo. De hecho, me estoy refiriendo específicamente a los franceses: por ejemplo,los bigotes de la Giocondahasta todas las rupturas que tenían como meta la construcción de lo falso. Entonces, me surgió la necesidad de entrar al lenguaje específico del arte y no a sus adyacencias, como la sociología del arte».

En los años '60 estuvo ligado al ámbito del Instituto Di Tella. Pero en 1969 regresó a su país de origen y se radicó en Pietrasanta, pueblo cercano a Carrara, el conocido centro internacional del mármol. Como visión personal, independiente de la técnica quiso recrear el lugar del arte y descubrió que hacían falta materiales y recursos nobles como el mármol, el bronce, para evitar lo falso que, según Trotta, el Pop Art había impuesto en la sociedad de consumo. Sobre la poética de sus obras considera que la señalaron particularmente dos, «La Canaleta» expuesta en el Di Tella en 1967 y «El Partenón» en el Premio Braque de 1966.

En Italia, le nacieron evocaciones poéticas argentinohispánicas:
«La Cruz del Sur», «Las ventanas», «Las rejas», «Los balcones», «Los faroles», «El patio». Su última muestra en el Palazzo di Giustizia de Vallo della Lucana, «Aleteia», remite a la Verdad como desocultamiento, significado que retomó el filósofo Martín Heidegger del término griego. Para Trotta también «el arte es devenir y acaecer de la verdad».

En obras como «Paestum», «Los artífices» o «La batalla de las amazonas» es evidente su búsqueda de la identidad. Hay referencias a De Chierico, Magritte o Fontana pero en particular a los textos de Borges. Trotta trabaja materiales y procesos tradicionales de la escultura, por ello su obra habitualmente está realizada en mármol, fundición de bronce y mosaico romano. Cuando después de más de dos décadas de ausencia presentó en el Instituto de Cooperación Iberoamericana (ICI) la muestra «Aire de Buenos Aires» puso de manifiesto su nostalgia de inmigrante -aquí y allá-, y su profundo conocimiento del ir y venir entre memorias y culturas. Las obras rescribían el conocido relato de Edmundo D'Amicis «Corazón (De los Apeninos a los Andes».

Trotta
entrecruzaba sus propias vivencias cuando llegó a La Plata y sus descubrimientos del país y su cultura. Con los carteles que identificaban las calles de su infancia y juventud trazaba un recorrido a la manera de un «laberinto de la memoria». Eran marcas toponímicas recreadas con la antigua técnica de mosaicos bizantinos con los que lograba crear un relato visual en el que personajes y lugares se entretejían entre los nombres de calles y barrios. El artista entremezclaba la narración con fragmentos de su historia personal; «Cortada San Ignacio» y «De las Artes», remitían a su infancia, y «Suburbio» o «Paseo Colón», a sus experiencias íntimas. Su sentimiento de nostalgia se destacaba en «Otoño Corintio» en el que recreaba el patio porteño.

La trayectoria de
Trotta ha sido reconocida en Europa a través de sus participaciones como escultor invitado a cuatro Bienales de Venecia.

Dejá tu comentario