7 de febrero 2006 - 00:00
Trotta: arte de ida y vuelta entre Italia y la Argentina
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El mármol,
uno de los
materiales
favoritos de
Antonio Trotta,
artista italiano
que vivió 20
años en la
Argentina,
luego volvió a
su país, y
ahora volvió
de visita.
Trotta llegó a la Argentina con sus padres hacia fines de la Segunda Guerra Mundial y se instaló en la ciudad de La Plata en cuya universidad estudió arquitectura. Creció con una infancia «repleta de alarmas aéreas y huidas al monte, largas noches en vela con mi padre, que era herrero, y me llevaba con él cuando viajaba a la montaña», según recordó. Pero también entre sus memorias se le aparecen los extramuros de La Plata, «donde alcancé a conocer los últimos rastros de la patota y conseguí mi primer trabajo».
En Italia, le nacieron evocaciones poéticas argentinohispánicas: «La Cruz del Sur», «Las ventanas», «Las rejas», «Los balcones», «Los faroles», «El patio». Su última muestra en el Palazzo di Giustizia de Vallo della Lucana, «Aleteia», remite a la Verdad como desocultamiento, significado que retomó el filósofo Martín Heidegger del término griego. Para Trotta también «el arte es devenir y acaecer de la verdad».
En obras como «Paestum», «Los artífices» o «La batalla de las amazonas» es evidente su búsqueda de la identidad. Hay referencias a De Chierico, Magritte o Fontana pero en particular a los textos de Borges. Trotta trabaja materiales y procesos tradicionales de la escultura, por ello su obra habitualmente está realizada en mármol, fundición de bronce y mosaico romano. Cuando después de más de dos décadas de ausencia presentó en el Instituto de Cooperación Iberoamericana (ICI) la muestra «Aire de Buenos Aires» puso de manifiesto su nostalgia de inmigrante -aquí y allá-, y su profundo conocimiento del ir y venir entre memorias y culturas. Las obras rescribían el conocido relato de Edmundo D'Amicis «Corazón (De los Apeninos a los Andes».
Trotta entrecruzaba sus propias vivencias cuando llegó a La Plata y sus descubrimientos del país y su cultura. Con los carteles que identificaban las calles de su infancia y juventud trazaba un recorrido a la manera de un «laberinto de la memoria». Eran marcas toponímicas recreadas con la antigua técnica de mosaicos bizantinos con los que lograba crear un relato visual en el que personajes y lugares se entretejían entre los nombres de calles y barrios. El artista entremezclaba la narración con fragmentos de su historia personal; «Cortada San Ignacio» y «De las Artes», remitían a su infancia, y «Suburbio» o «Paseo Colón», a sus experiencias íntimas. Su sentimiento de nostalgia se destacaba en «Otoño Corintio» en el que recreaba el patio porteño.
La trayectoria de Trotta ha sido reconocida en Europa a través de sus participaciones como escultor invitado a cuatro Bienales de Venecia.



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