"Un cementerio suele revelar muchas cosas sobre los vivos"

Espectáculos

San Sebastián (Enviado especial) - ¿Puede envolvernos en una sensación placentera una película casi enteramente rodada en un cementerio? Eso es lo que logra, y también risas, ternura, admiración, y hasta emoción, el documental holandés «Forever», que resultó la mayor y mejor del recientemente finalizado festival de San Sebastián.

Rodado en Père-Lachaise, donde descansan Musset, Apollinaire, Ingres, Yves Montand, la Callas, Edith Piaf y otras glorias, junto a otras hoy olvidadas, y muchas otras que fueron siempre anónimas, Heddy Honigmann ha hecho una obra espléndida.

Dialogamos con ella:

Periodista: ¿Cómo tuvo la idea de hacer esta obra?

Heddy Honigmann: Me surgió en un cementerio de Andalucía. Una mujer cantaba junto a una tumba. Y me dijo «siempre le canto esta canción a mi marido». También fumaba. «Siempre fumo cuando estoy con mi esposo». Mucha gente mantiene esa clase de vínculos tan especiales con sus seres queridos. Mucha. Yo registro alguna, que además, en algunos casos, se vincula con seres que todos queremos, por la obra que nos dejaron. Les llevan flores, limpian alrededor, evitan el olvido.

P.:
Como el guía que habla de una poeta del siglo XIX que hoy nadie recuerda.

H.H.: Se llamaba Elisa Mercoeur, murió en 1835, a los 25 años, dejando tres tomos de poesías. Fue muy popular en su tiempo. Hoy solo él recuerda los versos que había en su lápida. El nos introdujo además a otras personas, por ejemplo la viejita que limpia la tumba de Modigliani, al que cada tanto alguien le deja pinceles. La gente hace esas cosas. En la tumba de Nadar, uno de los padres de la fotografía, encontramos un rollo con un papelito que decía «gracias». En la de Georges Méliès, alguien hizo un dibujito infantil y escribió «Hasta pronto en la luna». En la de Eduardo Arolas también aparece cada tanto algún papelito, que supongo será de algún bandoneonista argentino de gira por Francia.

P.: Cuénteme de qué forma usted se acercaba a la gente.

H.H.: A muchos los filmamos primero de lejos, y luego les pedimos autorización para incorporarlos al documental. Sólo recibimos una negativa, porque todos entendieron el respeto que teníamos. Al que se negó, lo borramos inmediatamente, aunque era una lástima.

P.: También la autorizaron los administradores del lugar.

H.H.: Me dieron un permiso de 15 días para toda la película. Pero creo que en esas dos semanas alcancé a registrar cuánta ternura, belleza, tristeza, calma y consuelo puede encontrarse en un cementerio. Y cuánto humor, como esas tres viudas que charlan en un banco, y dicen «somos del barrio del Morrison».

P.: A propósito, ¿por qué no filmó también la tumba de Jim Morrison?

H.H.: Porque está vigilada por personal de seguridad y cámara de video. Si se acerca con una cámara profesional lo echan directamente, aunque tenga permiso. Pero, sobre todo, porque yo elegí a los vivos, no a los muertos. Esto no es un documental turístico, sino un testimonio de personas vivas, como la japonesa que deja claveles en la tumba de Chopin, porque era el músico amado de su padre, que murió de agotamiento para que ella fuera concertista.

P.: ¿Y ese coreano que deja magdalenas sobre la tumbra de Marcel Proust?

H.H.: Magdalenas, qué lindo gesto. El no quería decir nada frente a cámara. Pensé que era porque tenía mala pronunciación, entonces le pedí que hable en coreano. Que diga en su idioma lo que él sentía por ese escritor.

P.: ¿Y los cieguitos admiradores de Simone Signoret?

H.H.: Una vez me dije « sería maravilloso encontrar ciegos que amen el cine», y de repente me encontré con esos dos. Yo los grabé en el departamento de uno de ellos, un día que estaban escuchando «Las diabólicas», todos regocijados, intrigados con los silencios, «se oye gotear algo, debe estar poniendo veneno», decían.

P.: ¿Y ese viejo que les da de comer a los cuervos?

H.H.: Como otros les dan de comer a las palomas, exactamente. Había muchísimos cuervos, se oían los graznidos todo el tiempo que filmamos, pero después los borré.

P.: Sería muy tétrico, es cierto.

H.H.: Si quiere le cuento algo tétrico. En 1992 yo vivía en Perú (he nacido allí). Era una época muy fea, el país estaba en crisis total, recién habían apresado al líder de Sendero Luminoso y todavía seguía habiendo asesinatos entre ambas partes, todos los días. Una taxista me dijo entonces si quería ver una fosa común, y me llevó a las afueras de Lima. Era un pozo enorme, lleno de brazos, piernas y cabezas amontonándose de cualquier modo, al aire libre, para festín de las aves de rapiña. Me aturdió que el país estuviera así, y que el mismo gobierno no pudiese enterrar decentemente a sus propios muertos. Estaban todos amontonados, confundidos, sin ningún respeto.

P.: Hay que tener estómago.

H.H.: Quizá lo tenga, o me venga de familia. Mis padres son judíos. Mi madre huyó a tiempo de Polonia. Mi padre estuvo en un campo de concentración. Ellos me contaban las cosas. He vivido desde chiquita mi relación con la muerte.

P.: El último plano es un graffitti que dice «The End». ¿Lo mandó hacer, o lo encontró?

H.H.: Fue un hallazgo, una de esas cosas que se encuentran cuando uno mira. Los ojos encuentran muchas cosas cuando uno realmente mira. Y nos vino bien, además, para cerrar la película con un pequeño homenaje a Morrison.

Entrevista de Paraná Sendrós

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