El catalán
Albert Vidal
abandonó la
escena en los
’80 y se refugió
en la India y
sus
enseñanzas: el
fruto es su
espectáculo
«Soy la
solución», que
estrena en
Buenos Aires.
Fue un artista de culto en la España de los años '80, trabajó junto a Darío Fo, Jacques Lecoq y Giorgio Strehler y hasta formó parte de la movida parisiense inaugurando varios teatros; pero un día entró en crisis y, sin pensarlo dos veces, abandonó el escenario en plena función y se marchó a la India.
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Albert Vidal (Barcelona, 1946) no tiene pinta de gurú, sino de simpático bon vivant. Aunque dedicó muchos años de su vida a viajar por Oriente aprendiendo diferentes danzas y técnicas de canto nunca abandonó sus hábitos y costumbres. Ni siquiera cuando en 1999 se radicó en Mongolia. Es más, de allí volvió a Barcelona casado y con un hijo (Noé) de dos años y medio, al que extraña con desesperación.
Vidal se expresa con franqueza, ni se le ocurre posar de iluminado porque es el primero en ridiculizarse. Por ejemplo, cuando evoca aquel viaje a la India que tomó por iniciático y que casi le resultó un fiasco: «Fue leer el Siddharta de Hermann Hesse y creerme que, al llegar a la India iba a acceder a esa misma realidad. Y nada, me encontré con los autobuses, los trenes y una miseria tremenda. Recién más tarde pude descubrir su gran riqueza espiritual.»
Peripecias de este tipo son las que dieron vida a su último espectáculo «Soy la solución» -estrenado en España, en 2004, con el título de «El príncipe»- y con el que ahora se presenta en Buenos Aires por primera vez.
Las funciones en el Teatro Del Nudo (Av. Corrientes 1551), se extenderán hasta junio inclusive, los viernes a las 20:30, los sábados a las 22:15 hs y los domingos a las 19. Periodista: Usted ha presentado en los festivales más importantes de Europa, Centroamérica, Estados Unidos, Canadá y Japón. ¿Qué lo decidió venir a Buenos Aires ahora?
Albert Vidal: Vine hace 8 meses a ver teatro. Fue una maratón de quince días relevando todos los géneros. Fui a ver «Tanguera», «Los productores», «Comico», el espectáculo de stand up, «Un hombre que se ahoga» de Veronese. y ahí me di cuenta del tremendo nivel que tiene el teatro de aquí y de la velocidad y efervescencia del público. Para mí el foco de la creatividad pasa ahora por Buenos Aires. Quizás me quede a escribir algo o a estudiar a fondo los grandes mitos de la literatura argentina, como por ejemplo, Borges y Cortázar.
P.: ¿Quién es el príncipe Kugu?
A.V.: Es un personaje mítico que yo he perseguido existencial y creativamente desde hace doce años. Nace de la fusión de una serpiente que se enamora de una flor de loto y se presenta al público, en «Soy la solución», como un gran líder espiritual dispuesto a polemizar sobre distintos temas: el teatro, la verdad en el arte e incluso sobre el orden del universo. Kugu dice, entre otras cosas: «Yo sólo puedo creer en un dios que sea capaz de amar a su contrario».
P.: ¿Este espectáculo es producto de todas sus investigaciones antropológicas?
A.V.: Así es, y aquí no hay inalámbricos ni músicas pregrabadas, sólo el arte del actor puro y duro. Yo estudié danza butoh en Japón con Kazuo Ohno, técnicas de posesión en Níger, danzas balinesas en Indonesia, cantos tántricos en el Tibet, trabajé con los chamanes de Kazajstán. Todo ese bagaje aparece en este espectáculo. Pero, atención, yo me ocupo de que los setenta minutos del espectáculo parezcan cinco. Soy un convencido de que el teatro tiene que divertir, hacer ver la vida con energía positiva y llevar luz y conocimiento a la gente.
P.: ¿Cómo llega un actor español a contactarse con una tribu nigeriana y lograr que le enseñen técnicas de posesión? Suena demasiado exótico e inaccesible.
A.V.: No lo es. Cuando uno está convencido de lo que busca hasta le resulta fácil. Me enteré del asunto a través del libro de Laurent Vidal «Rituels de possession dans le Sahel» y una vez en Níger fui averiguando como llegar a esa tribu, que está a unos 15 ó 20 kms de la capital.
P.: ¿Y en qué lengua se comunicaban?
A.V.: En francés o bien recurría a un traductor cuando era necesario.
P.: ¿Y con los monjes del Tibet en qué idioma hablaba?
A.V.: En inglés. Fue un gran intercambio, me invitaron a dar clases de canto telúrico en un monasterio. Es un canto gutural que yo creé y que tiene algo de cante jondo. Doy un pequeño ejemplo en el espectáculo.
P.: ¿Su esposa de qué nacionalidad es?
A.V.: Es mongola. Al principio nos comunicábamos en un escaso mongol, últimamente ella ha aprendido muy bien el castellano y espero traerla los últimos días de mi presentación para visitar Argentina juntos. Ahora, ella y mi hijo están en Barcelona. Yo, que he viajado toda la vida, sólo he vuelto a Barcelona por esta situación familiar y para mí es algo completamente nuevo. ¡Más vale tarde que nunca!
P.: De modo que nada de vida ascética y dedicada a la meditación.
A.V.: ¡Qué va! Yo creo en el poder de la mente y puedo hacer mis ejercicios de posesión en donde sea, incluso viajando en el subte.
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