El mercado global de renta fija atraviesa uno de sus momentos más exigentes de los últimos años. La combinación entre mayores necesidades de financiamiento de los gobiernos, déficits fiscales persistentes y un nuevo shock energético derivado del conflicto en Medio Oriente está llevando a los inversores a exigir mayores rendimientos para mantener deuda soberana de largo plazo.
Desde la asunción del segundo mandato de Donald Trump nos hemos encontrado con decisiones drásticas que afectaron al comercio internacional- los aranceles- y al suministro de energía a nivel global, desde el mes de Febrero, con el conflicto con Irán. Como consecuencia, los países tanto desarrollados como emergentes vieron encarecidas sus importaciones; y el aumento de los precios de los combustibles repercutió de manera directa en la inflación de los Estados Unidos, llevando a la FED a una postura más hawkish, elevando la tasa de interés al rango del 3,75-4,00 en su última reunión de política monetaria. Esta decisión presionó al crédito, tanto a la ciudadanía en general- tarjetas de crédito e hipotecas- como empresas- mayor costo de endeudamiento para sus proyectos.
Esta situación genera muchísima incertidumbre sobre el ritmo de crecimiento económico de los países que integran el G-20, que han aumentado en los últimos 12 meses de manera considerable su deuda en relación al PBI. Y esta inquietud se transmite a los inversores que cada vez piden mayor rendimiento a la hora de invertir en bonos soberanos. ¿En que situación se encuentran los países desarrollados ante este escenario tan complejo?
En Estados Unidos, que es el caso más visible, al cierre de esta semana, el Treasury a 10 años rendía 5,17%, mientras que el bono a 30 años alcanzaba 5,49%, niveles que no se observaban desde 2007 y 2004, respectivamente. El movimiento resulta particularmente significativo si se considera que el rendimiento a 10 años aumentó alrededor de 125 puntos básicos desde comienzos de marzo.
Detrás de esta dinámica conviven factores monetarios y fiscales. El conflicto con Irán y las disrupciones en torno al estrecho de Ormuz volvieron a colocar al petróleo como una fuente de presión inflacionaria global. Antes del conflicto, por esa vía marítima circulaba aproximadamente una quinta parte del petróleo y del gas natural licuado mundial. Durante septiembre, el Brent llegó a superar los u$s100 por barril y alcanzó niveles superiores a u$s106 en algunos momentos.
El problema para los bancos centrales es que un shock de oferta energético puede trasladarse hacia combustibles, transporte, alimentos y finalmente al resto de los precios. La Reserva Federal volvió a subir su tasa en septiembre, mientras que el Banco Central Europeo también endureció su política monetaria. En Reino Unido, el Banco de Inglaterra mantuvo su tasa en 3,75%, pero reconoció que los riesgos inflacionarios se inclinaron al alza y que la inflación podría superar nuevamente el 4% a comienzos de 2027 si persiste el shock energético.
El shock energético sigue presionando a los mercados
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Esta presión también aparece en Europa. El gilt británico a 10 años cerró el 25 de septiembre alrededor de 5,36%, después de haber tocado máximos no vistos desde antes de la crisis financiera de 2008. El bono británico a 30 años llegó durante septiembre a rendir cerca de 5,95%. En Alemania, tradicionalmente considerada la referencia de menor riesgo de la eurozona, el Bund a 10 años alcanzó aproximadamente 3,61%, máximos de 17 años.
La situación fiscal ayuda a explicar por qué los inversores demandan una prima mayor para financiar a los Estados. Las estimaciones del FMI para 2026 muestran una deuda pública bruta cercana al 126% del PBI en Estados Unidos- superando los u$s40 billones-, acompañada por un déficit del gobierno general del 7,5%. Reino Unido se encuentra en torno al 102% de deuda sobre PBI y mantiene un déficit cercano al 4%. Alemania parte de una posición considerablemente más sólida, aunque su deuda se aproxima al 64% del PBI y el déficit se ubica alrededor del 3,4%, en un contexto de mayores necesidades de gasto e inversión.
Por otro lado, Japón representa probablemente el cambio estructural más importante. Después de décadas de tasas extremadamente bajas, el rendimiento del bono japonés a 10 años superó el 3,1%, máximos desde 1996, mientras los bonos a 30 años vienen operando cerca del 4%. El país todavía carga con una deuda pública superior al 200% del PBI, aunque el FMI proyecta una reducción hacia aproximadamente 207% en 2026 y un déficit cercano al 1% del producto. Marca el fin de la era del financiamiento “barato”.
A su vez, Australia tampoco permanece ajena. Su bono soberano a 10 años cerró cerca de 5,39%, mientras el Banco de la Reserva de Australia enfrenta una inflación subyacente todavía por encima de su objetivo. Su posición fiscal es comparativamente más favorable: la deuda pública ronda el 51% del PBI y el déficit se encuentra alrededor del 3%.
El denominador común es claro: la renta fija global está incorporando nuevamente una prima significativa por inflación, política monetaria y riesgo fiscal. Mientras el conflicto en Medio Oriente mantenga elevados los precios energéticos y los principales gobiernos continúen financiando déficits relevantes, los bancos centrales tendrán menos espacio para relajar sus políticas y los rendimientos de largo plazo podrían permanecer estructuralmente más altos que durante la década posterior a la crisis de la subprime en 2008.
Por Ezequiel Vega, analista financiero.