25 de octubre 2022 - 00:00

¿Fundación mítica o fundación embaucadora de Buenos Aires?

En el libro “¿Quiénes construyeron el Río de la Plata?”, la historiadora Juliana Gandini desnuda “fake news” de la Conquista.

juliana gandini. Las “fake news” de la fundación de Buenos Aires.
juliana gandini. Las “fake news” de la fundación de Buenos Aires.

¿Fuimos bautizados con un engaño (Río de la Plata), con un oxímoron (Mar dulce), con el nombre de un devorado (Río de Solís)? En “¿Quiénes construyeron el Río de la Plata?” (Siglo veintiuno), tesis doctoral de la historiadora Juliana Gandini, que atrapa como una novela y deslumbra por su enjundia, descubre a través de los relatos de conquistadores, exploradores, expedicionarios y sus colaboradores cómo se estableció nuestro territorio y conquistó su atractivo.

“Al tener toda la historia”, señala Gandini, “desde que apareció y se construyó como una entidad, el nombre de ‘Río de la Plata’ se nos aparece como un engaño, pero los exploradores, los conquistadores, estaban convencidísimos de que aquí era posible encontrar una montaña de plata y obraron en consecuencia. Acaso se trataría de un autoengaño porque los primeros que creyeron que se podía acceder a riquezas de oro y plata por el Río de Solís fueron ellos. Si no hubieran creído eso, el proceso de conquista y ocupación del Río de la Plata no se habría puesto en movimiento. Esto nos confirma cómo las expectativas son movilizadoras de la acción. Río de la Plata es un autoengaño poderoso que a la distancia se revela como un engaño colectivo”.

Periodista.: Esa fantasía se desplegó en una red de fake news.

Juliana Gandini: Eso tiene que ver con la necesidad de creer de los seres humanos. Lo interesante es cómo movilizaron las herramientas que tenían para justificar lo que al final terminó siendo un espejismo. Se hacía real lo que se deseaba, y se movieron todos los resortes para hacerlo creer a otros, para sostener esa idea, y tras buscar infructuosamente esas riquezas, tuvieron que rendirse a los hechos.

P.: Impresiona el relato del hombre que llega con un puñadito de oro y plata y que, para conseguir finanzas, le dice a los inversores que eso es una muestra de lo mucho que allí hay.

J.G.: Cuando Enrique Montes les decía: “de esto llenarán las naos de oro y plata”, lloraba. Yo me juego a que Montes estaba convencido de que eso era verdad, porque después va a la conquista con su familia, acompaña los barcos de Caboto, y hasta arma con él una pequeña pyme de suministros para los barcos que llegaban.

P.: ¿Los dos grandes motores, sucesivamente, son la codicia y la evangelización?

J.G.: La codicia no sólo tiene que ver con lo económico sino también con agrandar el linaje. Los españoles siempre están pendientes del prestigio, de la jerarquía. La cuestión económica era importante pero también estaban las que tenían que ver con el honor, el linaje, los servicios a la corona. América es un gran laboratorio para poner en juego eso, junto a la posibilidad de enriquecerse. La evangelización aparece como un motivo fundamental en todos los eclesiásticos que acompañaron a los conquistadores, y finalmente como la justificación formal de la conquista. A lo que se llamó “los justos títulos”, las razones legales por la cuales, supuestamente, los reyes españoles tenían los justos títulos, es decir las razones legales por las cuales tenían derechos a conquistar el territorio americano. Más allá de que los conquistadores tuvieran como norte la idea de evangelizar, lo cierto es que ellos eran creyentes, y la forma de vida que aspiraban a lograr en el nuevo territorio tenía que ver con la que traían del Viejo Mundo.

P.: Su estudio por momentos parece una novela de Pérez-Reverte, solo falta que aparezcan los tercios de Flandes…

J.G.: Y en cualquier momento aparecen. Eso es mérito de mis fuentes que elaboran esos procesos de una forma que va conjugando diversos elementos que hacen a la riqueza de la “trama”. Está la ambición, la codicia, según usted dice, escalar en la jerarquía tan rígida del Viejo Mundo. Está la sorpresa, el temor, la atracción y la repulsa por lo que encuentran en América. Por ejemplo, junto a la repulsa radical al canibalismo también hay una especie de curiosidad morbosa. Todo eso va construyendo una historia de luces contrapuestas, idas y vueltas, de fuerzas y contrafuerzas que llevan al desarrollo de una trama, que algunos han visto como novelesca, pero que en realidad tiene que ver con condiciones sociales que se van llevando adelante en la colonización del Río de la Plata.

P.: ¿En qué nos pudo haber marcado ese comienzo signado por el canibalismo, hambrunas, gestiones impulsadas por la codicia, la corrupción y el engaño?

J.G.: Hay continuidades que parecen sencillas de establecer. Como historiadora tengo el trabajo de decir que son espejismos, no continuidades históricas en sí mismas, pero que sin embargo resuenan en nosotros porque la historia surge siempre de preguntas del presente. Nuestro contexto nos hace mirar el pasado y los seres humanos tendemos a buscar patrones, y los encontramos con facilidad, sean o no tales. A mí me gusta más pensar que hay algunas metáforas que, a través de la historia, la literatura y el arte, siguen siendo significativas para los rioplatenses: el barro, el río, la esperanza, el engaño, temas que están ligados con nuestra presencia en el territorio. Claro, hay cosas que nos siguen resonando. Nicolás Kwiatkowski habla de “estas continuidades que nos suenan tanto pero que en realidad no son tales”: gobernante acusado de todo tipo de crímenes, largas sentencias judiciales, peleas judiciales que van y vienen, el deseo de explotación de unos sobre otros, pero claramente no son nuestros términos.

P.: ¿En qué está ahora?

J.G.: En una derivación de “¿Quiénes construyeron el Río de la Plata?, donde vi cómo se construían ciertos relatos, ciertas representaciones sobre el territorio, ahora estudio qué mecanismos aparecen construyendo verosimilitud o dando información que se cree verdadera referida al mundo ultramarino, los mecanismos para hacer creer en otro mundo.

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