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9 de junio 2008 - 00:00

Casero no se sumó a crítica fácil

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El invitado era Alfredo Casero, cuyo humor no responde a los lineamientos del monopolio «Clarín». Fue quien se encargó, entonces, de descolocar el sábado por la noche a los alineados «cómicos» de TVR, Sebastián Wainrach y Gabriel Schultz, que acababan de poner en el aire un compilado sobre Bernardo Neustadt; desde ya, lejos de un homenaje, fue una explotación de sus contradicciones. Dicho sea de paso, ese mismo compilado había sido colocado por la página Web de «Clarín.com» junto a la información sobre la muerte del periodista.

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Cuando, entre risas, le preguntaron la opinión a Casero, éste demostró que no sólo es lúcido como comediante. «¿Cómo? ¿Lo critican por sus contradicciones en un país donde todos, semana a semana, cambian de opinión? ¿No se pusieron a analizar el contexto en el que dijo esas cosas?». Casero nombró a varios periodistas que trabajaron en TV en la época del Proceso militar, entre ellos a Magdalena Ruiz Guiñazú.

Por la edición que habían hecho del material a los conductores pareció molestarles más el acercamiento de Neustadt a Menem que a Galtieri. Wainrach y Schultz le quisieron hacer ver que estaba mal que el periodista fallecido apoye al Proceso militar. «¿Qué es el bien y el mal? ¿Acaso en esa época podíamos hablar como lo hacíamos ahora? ¿Por qué no pensamos que Neustadt dejó este mundo, solo con sus contradicciones, y que ayudó a pensar?»

A Casero, en todo caso, le faltó recordarles a los conductores de TVR que, en muchos menos años de carrera y al ritmo de las ambivalentes relaciones entre el monopolio y el gobierno, ellos tuvieron más contradicciones que Neustadt. ¿O no recuerdan el clip que hicieron sobre Néstor Kirchner con la canción «Aurora» de fondo y una bandera argentina flameando para resaltar la gestión de un hombre autoritario? Eso sí que es humillante: renunciar al humor propio y someterlo a los mandatos del monopolio «Clarín». Si el grupo está bien hay que elogiar a los «K», si están mal hay que criticarlos. Eso no molesta a Wainrach y Schultz. No se exigen la conducta que les exigen a los demás y disfrazan sus desvíos éticos con humor, como si con eso alcanzara para olvidar sus limitaciones en cuanto a coherencia intelectual.

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