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16 de junio 2008 - 00:00

La vida de los otros

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Durante el fin de semana se conoció la actuación judicial (sede: San Isidro, el mismo juzgado de la quinta de Olivos) sobre varias personas -allanamiento con incautación de computadoras y teléfonos- por una presunta red de aficionados a la conspiración que reenviaban mails de otros hackers. Pagos o no. Algunos de esos hackers, desde hace tiempo ya instalados en el exterior, se dedicaban a interferir en correspondencia de ministros, secretarios de Estado y ciudadanos comunes en vasta mayoría y con predilección por periodistas. La particularidad: lo hacían desde oficinas públicas y al servicio de determinadas autoridades oficiales (también, gente emprendedora, ofrecían esos servicios a ser remunerados -como uno de los ejemplos- por programas de TV especializados en la vida privada de artistas o famosos).

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Habrá que investigar, seguramente, si algunos privados (como a los que se les hace pesquisa) disponen de la capacidad técnica, al margen de la voluntad, para introducirse vía email en secretos de Estado. Tarea loable de la Justicia, aunque evasiva frente a otra realidad: los hackers, empleados públicos, disponían su esfuerzo para una autoridad del Estado. Para una terminal. Es decir, fisgoneaban en hábitos y contactos de los ciudadanos para descubrirles secretos y posibles intenciones con el fin obvio de extorsionarlos, por lo menos. También, ya en una paranoia persecutoria, revolvían las computadoras de otros empleados públicos como ellos, sin duda más relevantes, para el servicio indigesto de una autoridad superior: el ojo vigilante de George Orwell. Impensable este sistema en un régimen democrático.

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