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En Estados Unidos, la mortalidad por todas las causas luego de los 25 años de edad disminuye a medida que aumenta el número de años de instrucción escolar recibidos. Igual se ha observado en Holanda, Noruega, Inglaterra y Finlandia. Luego de los 25 años de edad, la mortalidad anual total de las personas con menos de 5 años de escolaridad es 60% mayor que en quienes pasaron más de 5 años en la escuela. Aquellos con menos de 7 años de instrucción tienen el doble de riesgo de morir por cualquier causa entre los 45 y los 64 que los que estudiaron 12 o más años. Entre las personas que sufren un infarto de miocardio, mueren dos personas con menos instrucción por cada una que pasó algún período en la universidad. Los países con mayor mortalidad materna casi siempre ostentan a su vez mayor analfabetismo femenino. Si las niñas van a la escuela, en esa comunidad es esperable que disminuyan las mortalidades materna e infantil, y que los hijos de esas futuras madres nazcan con cráneo más grande y alcancen mayor estatura.
No terminar los estudios secundarios se ha asociado a un aumento considerable de las probabilidades de padecer artritis, ataque cardíaco, diabetes, epilepsia, ataque cerebral y otras enfermedades crónicas antes de los 65 años de edad; esto sin contar las repercusiones sobre el salario y la ocupación.
Es verdad que la escolaridad mejora la economía doméstica y otros factores que influyen en la salud; pero aun así parece haber una capacidad de la educación para reducir la enfermedad que no depende de otros efectos derivados. Es decir que mandar a la escuela tiene un impacto más profundo sobre la salud de las personas que hacerlas controlar por un médico o distribuirles alimentos, medicamentos y demás.
Los datos hablan por sí solos. La educación es la gran fuerza capaz de incluir a las personas en la cultura, y como consecuencia lógica les mejora sus vidas. Los parámetros modernos de salud (baja mortalidad infantil, baja mortalidad mater-na, alta expectativa de vida y otros) no son sólo un logro medicinal.
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