ver más

Ya superaste el límite de notas leídas.

Registrate gratis para seguir leyendo

24 de marzo 2008 - 00:00

Un fantasma en el placard de Cristina

ver más
Cristina de Kirchner y una semana telúrica: sobresalieron el poncho de fina vicuña (lástima que lo usó como bufanda) y un conjunto de pantalones y chaleco matelassé de gamuza (pero se equivocó al elegir faja de seda).
Una aparición ingrata recorre el vestuario de Cristina de Kirchner, la de Elsa Serrano, modista oficial de los años 90, cuyas fatigosas y exclusivas labores para Zulema Yoma, Zulemita Menem y, más tarde, Inés Pertiné, la convirtieron en la tejedora del reino, para gozar de ese fugaz esplendor casi sin tiempo para dedicarse a clientas privadas. Y, para su mayor desdicha, la entonces famosa diseñadora fue demandada por la hija de Carlos Menem: la acusó de «vestirla inadecuadamente» (por no hablar de créditos, incobrables y otras derivaciones de la exclusiva actividad con las damas de la Rosada).

El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.

Pero lo peor, y la razón del fantasma de ahora, es que Elsa Serrano nunca les cobró a las primeras damas por su trabajo. Todo fue canje, como en la televisión. Y si bien la historia argentina siempre sufrió de «memoria corta», la de Susana Ortiz -modista K por excelencia-es mucho más vasta. Así, la sombra de Serrano pesa sobre la nueva estrella de la aguja, y todos aseguran (tema casi recurrente en los desfiles de invierno por estos días) que «algo le cobra» a la Presidente. Ese óbolo es una módica precaución, tal vez hasta cabalística, porque a Susana O. también le podría ocurrir lo mismo que a Serrano: la demanda de Cristina es tanta que tampoco le queda tiempo para la «clientela externa». Y de qué sirve la fama si luego no se puede cobrar en ventanilla: estigma para una modista que no quiere dar el mal paso, deseando no ver en el espejo otro rostro que no sea el suyo.

Mientras, en la semana que pasó, la Presidente se atrevió por fin a darle un toque autóctono a su vestuario (tal vez influida -vanidad de periodista-por la sugerencia de esta columna en la edición del viernes 14).

No pasó inadvertido el detalle. Un chal en finísima vicuña, con largos flecos rematados en nido de abeja -una de las tantas especialidades salteñas-, con el que recibió al ex canciller Dominique de Villepin (tan amante, como sus coterráneos, de esas curiosidades infrecuentes en su tierra) y a una comitiva de empresarios franceses en El Calafate para la inauguración de una muestra de arte.

Los visitantes no dejaron de festejar ese aire vernáculo y de terruño que le daba el ponchito a la figura presidencial. Aunque, por supuesto (no todo se aprendeen un día), la Presidente debería llevarlo de manera más suelta y grácil sobre los hombros. Y, si tiene frío, no valerse de él como si se tratara de una bufanda, tal como terminó haciendo. Inclemencias de Santa Cruz a las que ya debería estar más habituada, con abrigos más razonables a mano. ¿O acaso va a hacer como Carlos Menem, quien se moría de frío pero jamás se calzaba un sobretodo porque le disminuía su ya retacona figura?

El miércoles 19, para la inauguración de la santacruceña Mina Martha, Cristina llevó pantalones marrones y chaleco matelassé de gamuza color habano. Debajo, una blusa blanca, sobria, cortada a la cintura por un detalle no menos telúrico: una faja de guarda pampa, ancha y de tres vueltas. La combinación fue feliz, pero no así el material de la faja, que ella eligió de seda. Si hubiese optado por la autóctona, la mapuche de la estepa patagónica de democrática lana, otro habría sido el resultado.

Esa tendencia de la Presidentea accesorios de materiales no siempre oportunos preocupa al diseñador de alta costura Fabián Kronenberg, quien dijo: «La ropa adecuada, con los géneros adecuados, ayuda a destacar la elegancia de Cristina de Kirchner, una mujer bonita. Eso sí, yo abogaría por achicarle el tamaño de sus accesorios, tanto en las carteras como en esos cinturones anchos que le acortan el talle».

Kronenberg sugirió también que Cristina abandone los zapatos «stiletto»: «La puntera finita contrasta demasiado con sus tobillos gruesos», aseguró, reclamando por una línea más redondeada que disimula otros detalles. «Me gusta que no le importe el qué dirán y que imponga su propio estilo», dijo Kronenberg. «Nunca se vistió mejor, para su función y su edad, como en este verano, bien sencilla, con una falda y una blusa de gasa con mangas largas.» Para él, el cambio recién empieza. Y como todos los modistos que opinan sobre la moda presidencial, se muestra discreto en opiniones, recatado. A ver si le responden desde el atril.

Últimas noticias

Dejá tu comentario

Te puede interesar

Otras noticias