Cada 29 de abril se celebra en Argentina el Día del Animal, una fecha que invita no solo a homenajear a perros, gatos y otras especies que forman parte de la vida diaria, sino también a repensar cómo nos vinculamos con ellos.
Perros y gatos ganan espacio en la vida cotidiana y especialistas advierten que el cariño sin límites también puede afectar su bienestar.
El vínculo de las personas con sus mascotas es cada vez más fuerte
Cada 29 de abril se celebra en Argentina el Día del Animal, una fecha que invita no solo a homenajear a perros, gatos y otras especies que forman parte de la vida diaria, sino también a repensar cómo nos vinculamos con ellos.
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En los últimos años, la relación con las mascotas cambió fuerte. Ya no se trata solo del perro que duerme en el patio o del gato que ronda la casa, hoy muchos tienen cumpleaños temáticos, ropa para cada estación, cochecitos para pasear e incluso perfiles propios en redes sociales.
Aunque para muchos esto parece una simple muestra de amor, desde la Facultad de Ciencias Veterinarias de la Universidad de Buenos Aires advierten que la llamada humanización de los animales puede traer consecuencias cuando se pierde de vista que siguen siendo animales con necesidades propias, distintas a las de una persona.
La fecha recuerda a Ignacio Lucas Albarracín, abogado y pionero en la defensa de los derechos de los animales en Argentina. Fue presidente de la Sociedad Protectora de Animales y uno de los principales impulsores de la Ley Nacional de Protección Animal. Albarracín murió el 29 de abril de 1926, y desde entonces esa jornada quedó instalada como una oportunidad para reflexionar sobre el trato hacia los animales y la llamada tenencia responsable.
En ese marco, el debate actual gira cada vez más alrededor de cómo convivimos con perros y gatos dentro del hogar. Según el informe “Tenencia responsable y sanidad de perros y gatos. Encuesta Anual de Hogares 2022”, aumentó 9,3 puntos porcentuales la cantidad de hogares con mascotas entre 2003 y 2022.
Solo en la Ciudad de Buenos Aires se registraron ese año 861.852 mascotas, divididas en 493.676 perros y 368.176 gatos. Los números muestran algo que ya se ve en la calle: las mascotas dejaron de ocupar un lugar secundario y pasaron a ser parte central de muchas familias.
La docente Laura Rial, de la Cátedra de Bienestar Animal y Etología de la UBA, explica que este fenómeno forma parte de la llamada antropomorfización, es decir, la tendencia a atribuir emociones, pensamientos o comportamientos humanos a seres no humanos.
Eso aparece cuando alguien dice que su perro “se vengó” por quedarse solo o que su gato “está ofendido” porque no le dieron atención. A simple vista parece tierno, pero puede llevar a malas interpretaciones sobre lo que realmente necesita el animal. El problema no está en el afecto, sino en el exceso o en la confusión. Quererlos mucho está perfecto; tratarlos como bebés eternos, no siempre. Un perro necesita oler, explorar, correr, interactuar con otros perros y tener rutinas claras. Un gato, en cambio, necesita altura, escondites, control sobre su espacio y momentos de independencia.
Cuando estas conductas naturales se limitan porque el humano decide todo por ellos o interpreta mal sus señales, pueden aparecer cuadros de estrés crónico, frustración, aburrimiento o ansiedad. También surgen situaciones comunes como cuando los perros que no toleran quedarse solos, gatos con cambios bruscos de conducta o animales que desarrollan una fuerte dependencia emocional. Muchas veces, detrás de eso hay una sobreprotección disfrazada de cariño.
Los especialistas remarcan que convivir bien no significa consentir todo. Significa ofrecerles un entorno seguro, alimentación adecuada, límites claros y educación coherente. Si hoy se le permite subir al sillón y mañana se lo reta por lo mismo, el animal no entiende la regla: solo recibe mensajes contradictorios.
El desafío cultural pasa por encontrar equilibrio. Ni frialdad ni exceso de mimos. Porque querer a una mascota también implica aceptar que no es una persona con cuatro patas, sino un ser con su propia forma de sentir, comunicarse y habitar el mundo.
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