F.C.: Esa me pareció una incógnita a revelar que podía ser interesante para todos. Sobre las figuras de la represión y la dictadura hay muchos slogans y lemas que no siempre se ajustan a la realidad -esto por supuesto no significa defenderlo a Astiz ni por asomo-. Sepamos qué pasó de verdad: ¿fue así que el gran represor, que secuestró, marcó y se infiltró entre las Madres de Plaza de Mayo, que participó de los grupos operativos de la ESMA, se acobardó cuando tuvo la posibilidad de pelear y mostrar su valor? Después están los chatarreros, que fueron a buscar un mejor porvenir en un lugar inhóspito y se encontraron en medio de una guerra que no esperaban. Habían muchos ingredientes que hacían una historia increíble. También está Davidoff. Otra incógnita a revelar era cómo un chatarrero de Avellaneda, judío, inmigrante, había logrado que los ingleses le vendieran algo cuando estábamos en plena disputa. Eso me parecía asombroso. ¿Cómo puede ser que nada menos que la Corona británica accediera a hacer negocios con un atorrante de Avellaneda que se buscaba la vida?
P.: ¿Cómo fue el proceso de investigación?
F.C.: Lo primero que hice fue intentar reunir a los protagonistas que viajaron a las islas. Eso fue relativamente sencillo, porque fueron incorporados por la Marina como veteranos de guerra. Ahí tuve todo el universo de trabajadores que habían ido. Me faltaba el sector militar, pero suponía que también iba a ser sencillo. En términos narrativos me interesaba contar la experiencia de los trabajadores, que la cámara estuviera puesta ahí. Era, en definitiva, lo que articulaba todo. Empecé a contactar por todos los medios disponibles a los que estaban vivos para juntarme a charlar con el objetivo de hacer el libro.
P.: ¿Qué recepción tuviste de su parte?
F.C.: Muy buena. Ellos, a 40 años, se sienten un poco olvidados por la historia. Si bien en general se habla de las Malvinas, bastante menos de las Georgias, que es como un hermanito menor al que no se le presta atención. Se sentían un poco traicionados. Todos tienen traumas o cuestiones derivadas de esa experiencia. Para ellos significó una estafa: fueron a trabajar, perdieron sus pertenencias, no les pagaron el dinero acordado y, una vez acá, sufrieron aprietes muy fuertes de los servicios de inteligencia. Salvo porque la Armada los reconoció como veteranos de Guerra, dándoles la posibilidad de que tengan desde hace unos años una retribución bastante razonable, perdieron en todas las líneas. Tuve cuatro diarios, de tres trabajadores -entre ellos el del director de la obra-, y de un conscripto. Eso fue una crónica de los hechos registrada en tiempo real, un material valiosísimo. Es un testimonio que no está mediado por la memoria. Son diarios de puño y letra, que fue costoso descifrarlos.
Desembarco en las Georgias.jpg
P.: Situémonos en las Georgias. Estaban los trabajadores y los militares, Astiz entre ellos. En el libro contás que cantaba canciones de Spinetta y de Sui Generis como uno más. ¿Cómo fue esa convivencia?
F.C.: Hay una cosa muy paradojal. El nombre Astiz no les decía nada a estos muchachos; no tenían referencias de él. Salvo para los militantes políticos y de DDHH, no era alguien conocido. Después de este episodio, con su foto rindiéndose, Astiz se hizo conocido y los organismos de DDHH dijeron "este es Gustavo Niño, el que se infiltró entre las Madres". Ahí saltó a la palestra pública. En todo momento fue muy amable, encantador y considerado. Era todo lo contrario a lo que hasta entonces los muchachos conocían como milico clásico: hablaba varios idiomas, cantaba rock nacional, comía con ellos. Era un encantador de serpientes. Supongo que fueron los mismos encantos que desplegó para infiltrarse en el grupo fundador de las Madres. Sobre el final del episodio, cuando los ingleses estrecharon el cerco, ahí se puso más áspero y los chatarreros se sintieron maltratados. Pero la convivencia era buena. Él había ido con la conciencia de que lo mandaban al muere, porque se consideraba un hombre de barco, formado para las grandes batallas navales. Ahí lo mandaban como un infante de Marina, sin muchos pertrechos, hombres, ni armamento. En un momento deslizó que lo querían convertir en un mártir.
P.: Incluso con la guerra en el horizonte el clima interno siguió siendo bueno.
F.C.: No la pasaban del todo mal: los muchachos seguían trabajando, Astiz planteaba su defensa y se movía libremente. También estaban los tres franceses, que por cosas del destino fueron arrastrados a las Georgias por una tormenta. Ellos se contactaron con los ingleses, que les dijeron que se vayan de inmediato y que no se acercaran a los argentinos porque eran muy peligrosos. Ahí fueron a ver a los argentinos, que los recibieron muy bien. Todo este grupete esperó la reacción británica tratando de hacer lo que cada uno fue a hacer y también pasándola bien: mucha guitarra, mucha peña, mucho alcohol. Hicieron una especie de catarsis armando fiestas y congas todas las noches, más allá de que no fue una experiencia agradable ni un paseo.
P.: ¿En qué momento se rompió el contrato que Davidoff había hecho para desmantelar las instalaciones?
F.C.: Davidoff había reservado ese material, que era de los escoceses, y lo fue a buscar. En la guerra no se rompió nunca el compromiso. De hecho, cuando terminó el conflicto, los escoceses le dijeron “mire, Davidoff: usted es libre de llevarse el material que pagó”. La única condición que le ponían era que no fuera con trabajadores argentinos; que usara chatarreros de otras nacionalidades. Es increíble que le hayan dado el negocio y que el lucro prevaleciera sobre el conflicto. Es algo en la tradición anglosajona. También que haya sobrevivido a la guerra y le dijera “es de usted, lléveselo cuando quiera”.
P.: ¿Cuál fue el hecho puntual que el Reino Unido usó como excusa para iniciar las acciones militares?
F.C.: El Reino Unido sobreactuó la reacción. Calificó la llegada de los obreros como una invasión militar apenas ocurrió, el 19 de marzo. Los Alfa recién llegaron el 24 de marzo. Ahí ya estaba consolidada la posición del Reino Unido: para ellos era una invasión de manual. Un buque militar que descargaba hombres y material, que izaba una bandera y que modificaba el entorno. Tenían elementos para ir a los foros internacionales, para quejarse diplomáticamente y para empezar a mover su maquinaria bélica. Lo que hicieron inmediatamente fue mandar a 22 marines para desalojar a los trabajadores, en una escalada que los argentinos no preveían. La respuesta argentina fue que el Reino Unido sabía de la misión, la había aprobado y Davidoff había informado la fecha del viaje a la embajada. La presunta sorpresa no debió existir. Lo que pasó fue que al Reino Unido le vino de perillas para sobrerreacionar, porque ya tenía informes de inteligencia de una operación argentina a gran escala para recuperar las Malvinas. Les sirvió para montar un escenario más favorable.
P.: Entonces la guerra se iba a dar igual, el episodio de las Georgias solo la precipitó.
F.C.: Creo que encendió la mecha. Ahí se confirmó la voluntad guerrera del Reino Unido, que ordenó a los 22 marines repeler y rechazar cualquier invasión de Argentina con fuego, y así fue. Mandaron dos oleadas de soldados y en la segunda hubo tiros desde posiciones previas que habían especificado muy bien. Hubo una voluntad y una decisión política del Reino Unido de iniciar las acciones armadas. Eso fue en las Georgias.
P.: A lo largo de la narración contás cómo se espiaban y se controlaban permanentemente argentinos y británicos sin abrir fuego. ¿Había una idea de no llegar a un conflicto frontal?
F.C.: Lo que yo veo es que hubo mayor voluntad guerrera en el Reino Unido. La corbeta Guerrico y el submarino Santa Fe tenían orden estricta de no abrir fuego. La idea de la Junta Militar era retomar las Malvinas y negociar una suerte de administración compartida. Esto nos habla de la irrealidad política en la que vivía la Junta, suponiendo que el Reino Unido, después de una invasión de lo que consideraba su territorio, iba a acceder a esa salida. No: iba a haber consecuencias, claramente. Cuando los argentinos fueron a reconquistar las Georgias, las directivas fueron las mismas. El oficial a cargo les dijo a sus colegas “la única resistencia que nos vamos a encontrar es algún científico con un arma de caza”, cuando sabía efectivamente que había 22 marines -un cuerpo especial de las fuerzas británicas-, que los estaban esperando armados y con directivas de rechazarlos. Esa fue una irresponsabilidad criminal por parte de la conducción de la Armada. Mandar a esos hombres, esos conscriptos y oficiales de la Armada, a sabiendas de que iban a descender sin el armamento adecuado, de que había 22 marines y de que no habían respondido el ultimátum que los británicos radiaron por el canal abierto para que no bajaran, porque iban a responder con violencia y tenían órdenes de rechazar el ataque. Sin embargo, los mandaron con absoluta inconsciencia. Yo veo más una voluntad de no derramar sangre de parte de los argentinos, por esta relación de fuerzas. Los militares vivían en una burbuja absoluta, pero sabían que estaban ante uno de los ejércitos más poderosos del mundo y que no iban a dudar en usarlo. Por eso pretendían tener algún tipo de negociación o gestión diplomática, pero después de haber realizado la invasión. Ese me parece que fue el error crucial de esa epopeya. Era una pretensión válida, nos asistía el derecho internacional: Argentina habitaba las islas del Atlántico Sur. Yo, como muchos, creo que si no mediaba la acción militar tampoco íbamos a recuperar el control. Ahora, lo que sí tengo derecho a cuestionar como argentino es que esa iniciativa militar se hizo del peor modo y con un saldo que ya conocemos.
P.: Para Argentina fue un conflicto de hazañas. En el libro, por ejemplo, relatás todos los problemas que atravesó el submarino Santa Fe durante el viaje.
F.C.: Exacto. Son patriadas maravillosas, pero geoestratégicamente no sirven. Tampoco en términos militares. Lo que yo vi en la investigación fue una lucha muy desigual, por la capacidad de recursos y de despliegue que tenían los británicos y no nosotros. Mandamos un submarino a punto de jubilarse, una corbeta que a la que tenían que hacerle el service, conscriptos que nunca habían subido a un helicóptero y marinos que no habían navegado. Fue un desastre. No tenían cartas de navegación, una cuestión básica. La forma en que fueron fue muy triste. Hay que rescatar la entrega y el coraje de un montón de hombres que hicieron su trabajo de una forma muy profesional y con mucho compromiso. Después, en los hechos, éramos unas Fuerzas Armadas con mucha pobreza de recursos materiales y humanos, en contraste con los británicos, que eran un ejército muy profesional, con una flota muy aceitada. Por ejemplo, lo que hizo el Reino Unido en Malvinas con los caídos. Contrataron una empresa de sepelios en Londres para que los asesorara sobre cuál era la mejor manera de tener la disposición final de los cuerpos de los argentinos que quedaron en las Islas. Hicieron una inversión ingente cuando podrían haberles tirado un poco de tierra y listo. Se nota mucho la diferencia.
P.: Esa tradición guerrera se vio con claridad en el trato de que los británicos les dispensaron a los chatarreros que tomaron como prisioneros.
F.C.: Tradición guerrera y escala. La Armada británica tenía un escala muy superior a la Argentina. También se ve en cómo hacen las operaciones argentinos y británicos. Cuando los argentinos tuvieron que retomar las Georgias, lo hicieron de una manera muy improvisada, sin darle la información a sus hombres, con poco material y mal armados. ¿Qué pasó? Murieron tres argentinos. Cuando el 25 de abril los británicos tuvieron que retomar las Georgias, hicieron una saturación de la plaza, mandaron 250 tropas especiales, tres buques y una cantidad enorme de helicópteros. Ahí intimaron a la rendición sin ningún apuro pero con mucha firmeza: una, dos, tres veces, hasta que lo lograron porque la relación de fuerzas no permitía otra cosa. Eso tendríamos que haber hecho nosotros. ¿Por qué no lo hicimos? Todavía está pendiente esa explicación.
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Alfredo Astiz firma la rendición argentina en las Islas Georgias.
P.: De hecho Astiz postergó su rendición varias veces y los británicos se lo permitían.
F.C.: Claro. Le daban esos márgenes y Astiz ganaba tiempo. Pero tampoco le iban a dar mucho más. A la tercera o cuarta advertencia iban a afinar el tiro naval y cada vez iban a pegar más fuerte, iban a arrasar el pueblo y a bajar a con sus tropas especiales. No tiraron un solo tiro los británicos y lograron la expulsión de todos los argentinos. Nosotros, al revés: perdimos un helicóptero, nos hicieron pedazos una corbeta, murieron tres hombres, hirieron a ocho de gravedad. Tuvo un costo altísimo. Para los ingleses tuvo el costo de trasladar todo ese equipo inmenso hacia las Georgias, pero no tuvo costo humano.
P.: En uno de los pasajes de la investigación relatás el fusilamiento del marino argentino Félix Artuso, ¿qué ocurrió?
F.C.: Artuso no quería entregar el submarino ARA Santa Fe a los británicos y tuvo la mala suerte de encontrarse con alguien border, que no tuvo mejor idea que dominar la presunta sublevación descargándole una pistola por la espalda. Eso fue un error gravísimo. En toda la bibliografía británica dejan constancia de que eso empañó toda la operación, que hasta ahí venía impecable y sin nada de lo que arrepentirse, pero eso fue un desastre. No tenían cómo explicarlo. De todos modos, es el derecho del vencedor porque no pasó nada con eso. Lo tuvieron detenido en el Endurance e hicieron una pantomima de proceso, pero el señor este no asumió ningún costo por fusilar a Artuso. Félix Artuso arreglaba motores diesel en Mar del Plata y era un tipo buenísimo, al que todos adoraban. Dejó tres hijos huérfanos y una situación complicada. Como está enterrado en las Georgias, para la familia es muy difícil ir a verlo. Esa fue una tragedia que tiene responsables.
P.: Cuarenta años después de los hechos en las Georgias y del Conflicto del Atlántico Sur, ¿cuál es la sensación general entre los chatarreros sobre lo que vivieron?
F.C.: Hay un gran corte entre técnicos y trabajadores, estaban esos dos grupos. Común a todos es la sensación de cierta estafa, de que algo no les contaron. Sobre todo le apuntan a Davidoff, como que él sabía que había una intención de hacer una toma simbólica de las Georgias y que no se los blanqueó. Sienten que fueron usados por la Armada y la Junta Militar para montar el Conflicto del Atlántico Sur. Por otro lado, también se sienten parte de esa epopeya y tienen un orgullo manifiesto: participan en los centros de excombatientes, dan charlas cuando los invitan. Son malvineros. Todos ellos reivindican eso. Sí les queda un sabor muy amargo porque fueron a juntos a ganar unos pesos, a mejorar su economía, y se vieron atrapados por una situación que los excedía por completo. Tuvieron un regreso muy largo, que los traumatizó mucho porque viajaron con mucha incertidumbre. Después de la rendición se calmaron un poco y entendieron que eran prisioneros de guerra, pero hubo largas jornadas donde no tuvieron la menor idea de qué iba a ser ellos. Tenían miedo de que los mataran, de que hubiera un ataque argentino, de que entrara en el conflicto el buque donde estaban. Lo que más les dolió a todos fue que cuando volvieron acá los servicios de inteligencia militar los apretaron violentamente para decirles que no dijeran nada porque si no iban a pasarse toda la vida presos. Eso lo tuvieron sobre sus hombros todo el tiempo.
P.: ¿Por qué creés que ahora se mostraron tan abiertos a contar su historia?
F.C.: Durante los primeros años muchos de ellos se negaban a recordar, no lo charlaban demasiado con la familia. Algunos ni fueron a la empresa que los había contratado para intentar cobrar. Se olvidaron de todo y la idea era que todo eso quedara enterrado en el tiempo. Pero el tiempo es sanador y las cosas se fueron procesando de otra manera. Me reconforto mucho que, a partir de que empecé con el proyecto del libro, volvieron a contactarse entre ellos y armaron un grupo de WhatsApp. Cuando el libro salió, uno de ellos subió la tapa y puso: “Señores, oficialmente entramos en la historia”. Lo que sintieron todos estos años fue que fueron como unos parias, que nadie quería acordarse de ellos. En estos 40 años y con mi libro en la calle, sienten que, de alguna manera, recuperan ese lugar que tuvieron en el inicio.
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