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En Londres, y pese a que no fue decretado feriado, los comercios permanecieron cerrados, las escuelas desiertas y se suspendieron las actividades en la City, mientras en la abadía de Westminster se desarrollaba el funeral de la «última emperatriz».
A lo largo de los 38 kilómetros de la ruta hasta el castillo de Windsor, que la reina Isabel II considera como su verdadera casa, la multitud aplaudió y arrojó flores al el féretro, convirtién-dose en testigo y protagonista de otra página de la mile-naria historia de la realeza británica.
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