Comandante del voto serrano, pobre, aluvional y ecléctico
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Ollanta Humala concurrió a votar a un colegio de Lima acompañado por su bella e influyente
esposa, Nadine Heredia. Allí sufrió algunas agresiones, pero pasó el momento entre bromas con
su mujer.
Al revés, en los 90 combatió activamente a Sendero Luminoso en la base de Madre Mía, en la selva del nordeste peruano, con el nombre de guerra de «capitán Carlos». De esa actuación provienen las acusaciones de torturas y desapariciones que pesan en su contra.
Humala ha hecho uso en la campaña de una deliberada ambigüedad. Propuso nacionalizar los sectores estratégicos de la economía, pero negó que vaya a haber estatizaciones. Afirmó que revisará las concesiones de servicios públicos, pero se enojó con quienes le endilgaron una voluntad expropiatoria. Rechazó el acuerdo de libre comercio con EE.UU., pero sugirió que, con cambios, podría apoyarlo. Dejó que su entorno familiar y político amenazara con todo tipo de violencias, pero afirmó que su nacionalismo «respeta la libertad y los derechos humanos».
Fuentes diplomáticas que siguen con atención el «fenómeno Humala» lo consideran más un pragmático de discurso ambiguo que un extremista. Aunque nadie se anima a asegurar nada tajantemente.
Su hermano Antauro, preso por una asonada de 2005, publicó hasta el año pasado un pasquín mensual llamado «Ollanta», que divulgaba un nacionalismo fascista. Sugestivamente, de la noche a la mañana, la publicación pasó a llamarse «Antauro».
Este hermano suyo, candidato a congresista por otro partido desde su lugar de reclusión, pidió fusilamientos a granel. «Los fusilamientos cumplirán el mismo rol que la guillotina en la Revolución Francesa. En este proceso, las cabezas de (el presidente Alejandro) Toledo, (la primera dama Eliane) Karp y otros deberán tener similar destino que las de Luis XVI y María Antonieta, previo proceso», es una de las delicadezas que aparecieron el «house organ» familiar.
Mientras, su madre, Elena Tasso, dijo que había que hacer lo propio con los homosexuales y los violadores y admitió que la familia forzó a sus hijos a seguir la carrera militar para que llegaran al poder a través de un golpe de Estado.
Su padre, Isaac, dijo que en un gobierno familiar habría que indultar a los líderes terroristas presos, Abimael Guzmán (Sendero Luminoso) y Víctor Polay ( Movimiento Revolucionario Túpac Amaru). La lista de exabruptos podría extenderse varios párrafos más.
Es justo reconocer que Ollanta se apartó de cada uno de estos desvaríos, pero también que evitó enfrentarse con su familia. ¿Los «dejó hacer»? ¿Para qué?
La respuesta radica en su lógica de acumulación política, de tipo «aluvional»: él busca votos «civilizados» mostrándose moderado y víctima de una campaña sucia de «los ricos», la prensa y «los políticos macerados»; pero a la vez, sabe que aquel discurso fusilador cae bien entre las capas populares.
Oficialmente se dice que la pobreza en Perú alcanza a 48% de la población, pero el índice en la sierras supera 70%. Esas estadísticas son, al fin, relativas y descansan en supuestos de cálculo que varían de país en país.
¿Algo más elocuente? Directores de marketing de grandes empresas locales dijeron a este enviado que sus matrices de venta toman en cuenta una base social con poder de consumo de sólo 25%/26%.
Estos sectores, y muchos ubicados por encima de ellos en la pirámide social, reivindican todavía el cierre del Congreso por parte de Alberto Fujimori en 1992. En este sentido, un estudio del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) alertó recientemente que «73,2% de los peruanos aboga por el autoritarismo y 90% está convencido de que la democracia funciona mal por culpa de los políticos». Además, 67,2% cree que «los ricos son casi siempre gente explotadora».
Además, está el componente racial, el deseo reivindicatorio de los indígenas siempre postergados. Según el historiador Farid Kahat, «hay una fractura social que no ha sido subsanada. La sierra sur vuelve a votar contra Lima. Ha prevalecido (con Humala) un sentimiento de identificación, no racional, a nivel étnico y cultural».
El problema es que esa forma de acumulación política «aluvional» -expresada, por lo demás, en una brecha en ciernes en su entorno- tiene límites claros: los más moderados y los más ultras en un momento dado ya no pueden confluir y comienzan a escuchar la campana que no les gusta de las dos que tañe el candidato.
«Por algo las encuestas hasta ahora nunca le han dado bien para una segunda vuelta. Humala tiene un techo», dijo a este diario Jorge Chávez Alvarez, director de la consultora Maximixe.
¿Y si Humala realmente experimentó una evolución ideológica? En ese caso, ¿cuándo fue que murió el «Ollanta ultra» y cuándo nació el «moderado»?
Por lo pronto, hasta 2000, su camino y el de Antauro, que no reniega de sus ideas de siempre, fue el mismo, al punto que juntos protagonizaron un golpe incruento contra Fujimori. Fracasaron y fueron presos, pero terminaron siendo amnistiados y liberados como héroes de la oposición al régimen caído. Ahora se dice que la asonada no fue más que una cortina de humo para facilitar la huida del todopoderoso monje negro del «Chino», Vladimiro Montesinos.
Es posible, tanto como la acusación de que muchos de los militares cercanos a Ollanta tuvieron negocios turbios con aquél. Pero hay que ser justo; del mismo modo se podría señalar a buena parte de la dirigencia política y empresarial que hoy lo acusa.




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