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30 de junio 2026 - 00:00

El triunfo del fracaso

Las ideas rara vez mueren. Lo que suele morir es la confianza en quienes debían convertirlas en realidad.

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Los ingleses creen que el Brexit no logró su objetivo, pero premiaron en las urnas a su impulsor.

Foto: NA

En el Reino Unido comenzó a circular una nueva palabra: Bregret. La combinación de Brexit y regret expresa el creciente desencanto de muchos británicos con los resultados de la salida de la Unión Europea.

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Todo hacía prever que ese desgaste terminaría erosionando políticamente a sus principales impulsores. Las elecciones locales demostraron exactamente lo contrario. Nigel Farage y su partido, Reform UK, obtuvieron el mejor resultado de su historia: conquistaron cientos de bancas en concejos municipales, pasaron a controlar varios gobiernos locales y se consolidaron como una de las principales fuerzas políticas del país.

¿Cómo puede el dirigente que más hizo por sacar al Reino Unido de la Unión Europea convertirse, precisamente, en uno de los principales beneficiarios del desencanto con el Brexit?

Lo ocurrido en el Reino Unido difícilmente sea una excepción. Más bien parece anticipar un fenómeno que comienza a repetirse en otras democracias. Las ideas sobreviven con mayor facilidad que quienes intentan convertirlas en realidad.

Durante años, el Brexit fue presentado como la gran promesa para recuperar la soberanía británica. Casi una década después del referéndum de 2016, una mayoría de británicos considera que esa promesa no produjo los resultados esperados. Sin embargo, para una parte importante de quienes la respaldaron, el problema no fue la decisión de abandonar la Unión Europea. El problema fue que los gobiernos nunca lograron convertir esa decisión en la realidad que habían prometido.

La diferencia parece sutil. Pero, en política, es enorme.

Si el Brexit fue una mala idea, la consecuencia lógica sería alejarse de quienes lo promovieron. Si, en cambio, fue una promesa incumplida, la reacción puede ser exactamente la inversa: buscar dirigentes que prometan llevarla hasta el final.

Farage entendió esa diferencia antes que nadie. Su regreso político se apoya precisamente en esa interpretación. No presenta el Brexit como un error que deba corregirse. Tampoco como un éxito consumado. Lo presenta como una tarea inconclusa.

Por eso el desencanto con los resultados del Brexit no necesariamente fortalece a quienes siempre se opusieron a él. Puede fortalecer, paradójicamente, a quien promete completarlo.

Lo interesante es que el Reino Unido no parece una excepción. Parece un anticipo.

En distintas democracias comienzan a aparecer fenómenos similares. Cuando los resultados decepcionan, la frustración no siempre se dirige contra la promesa. Con frecuencia se dirige contra quienes prometieron cumplirla.

Quizás allí resida una de las transformaciones más significativas de la política contemporánea. El fracaso ya no siempre liquida un proyecto político. A veces crea las condiciones para su renacimiento.

La verdadera paradoja británica no es que Farage crezca mientras el Brexit pierde apoyo. Es que el desencanto con sus resultados puede estar fortaleciendo precisamente a quienes sostienen que el problema nunca fue el Brexit, sino la forma en que fue ejecutado.

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