La Paz - Bolivia conmemora este 6 de agosto 183 años de su independencia, pero los ánimos no están para celebrar. Por el contrario, hechos de violencia se han registrado en distintas zonas del país y el presidente Evo Morales no pudo dar su informe anual en una sesión de honor del Congreso por el agitado ambiente social.
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Este es el preámbulo con que Bolivia vive el referendo revocatorio en el que el pueblo votará el domingo la permanencia de Morales y su vicepresidente en el poder, así como la continuidad del mandato de ocho de los nueve prefectos o gobernadores del país.
Nada nuevo bajo el sol, dicen quienes siguieron de cerca por décadas la convulsionada historia política boliviana, que levantó y derribó gobiernos con una velocidad abismal, manteniendo a la república altiplánica en un estado de crisis casi permanente y estancada en la pobreza.
Sin embargo, hay quienes piensan que esta vez la situación es peor que las anteriores. Entre otras razones, porque Morales, el primer presidente indígena boliviano, llegó al poder en enero de 2006 con un pocas veces visto respaldo de 53,7%, que abrió en algunos la esperanza de un gobierno fuerte y de unidad nacional, que dejara en el pasado las profundas divisiones que marcaron al país.
Pero la realidad demostró lo contrario. Desde el inicio de su mandato, Morales, quien persigue instaurar un sistema «indigenistasocialista», con medidas que van desde la nacionalización de la economía a la eliminación de latifundios, entre otras, enfrentó la férrea oposición de las provincias más ricas del oriente, que luchan por su autonomía.
De hecho, hace algunos meses varias de esas zonas realizaron sus propios referendos autonómicos, lideradospor la oposición pero descalificados por el gobierno central, y comenzaron a levantar banderas de independencia.
Como corolario de todos estos movimientos, dicen analistas, el país está más dividido que nunca y las diferencias y resentimientos étnicos históricos se han exacerbado.
Junto con ello, el gobierno y la oposición, que no fue capaz de forjar un frente común que la convierta en real alternativa de poder, parecen no dar pie con bola.
Porque cuando hace algunos meses se pensó que Morales estaba contra las cuerdas tras el triunfo de los autonomistas en los comicios provinciales, ellos mismos se pisaron la cola y aprobaron el proyecto de referendo revocatorio, que dormía desde principios de año en el Senado.
Hoy nadie tiene muy claro el porqué de esa jugada, salvo una voluntariosa percepción de que el respaldo al presidente estaba por el suelo, cosa que nunca ocurrió en la zona altiplánica, que es su base de sustento.
Si la oposición pensó en asestar un golpe mortal a Morales con el referendo, parece que se equivocó. Un sondeo independiente publicado este fin de semana mostró que Morales contaría con 59% de respaldo, lo que lo afirmaría con holgura en el poder.
En el caso de los prefectos, varios de ellos opositores, la situación no es tan clara, ya que sólo tres de los representantes de las cuatro regiones que declararon autonomía tendrían asegurada su permanencia.
Sectores del oficialismo boliviano estiman que un triunfo contundente de Morales le permitiría llevar adelante sin contrapeso los cambios políticos y económicos hasta ahora tan resistidos. Pero hay quienes temen un desenlace caótico, donde la oposición podría endurecer su postura ante una derrota y la violencia social seguir escalando, para desventura de todos los bolivianos.
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