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28 de agosto 2006 - 00:00

Katrina, presente en la desdicha del IX Distrito

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Nueva Orleans - El huracán arrasó hace un año el Noveno Distrito. Las calles son patéticas sucesiones de casas en ruinas, tejados hundidos, árboles arrancados, montañas de escombros. Huele a putrefacción y a muerte en cada esquina.

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Decenas de soldados patrullan día y noche la devastación absoluta, arropados por las ratas, los mosquitos y los espectros. El Noveno Distrito arrastró siempre la fama de «ciénaga pestilente» y ahí sigue, un año después de Katrina, hundido en el olvido y en la miseria, símbolo lacerante del mismo Nueva Orleans que sucumbió en el crematorio del Superdome.

Para reparar el Superdome llueve el dinero: 186 millones de dólares que pretenden convertirlo en «emblema del renacimiento» de la ciudad. Para devolver un mínimo de dignidad a los vecinos del Noveno Distrito no hay siquiera voluntad. El Lower Ninth Ward es el lado siniestro de Nueva Orleans que nadie quiere mostrar, una tierra quemada que se extiende entre los bancales del Misisipí y las aguas del lago Pontchartrain, atrapada entre los diques y la indolencia.

«Quieren barrernos a los negros del mapa. Quieren que nunca volvamos a Nuevas Orleans. Ha pasado un año y ya ves: no han hechonada de nada. Mira cómo están las calles, parece que estamos en guerra. ¿Qué les costaría llevarse toda esta mierda?».

Se llama Clark Kent, tiene 48 años y vive en el número 1428 de la Flood Street (la calle de la inundación). El agua anegó su pequeña casa de madera el día del huracán; se salvó gracias al vecino, que tenía segundo piso. Pasó cuatro días en el techo, sin comida ni agua, hasta que lo sacaron en helicóptero.

Kent es mecánico y en el Noveno Distrito no funcionan ni los semáforos. La luz no llega a muchas calles, no se puede beber el agua. Como en los días del huracán, los soldados de la Guardia Nacional se ponen en los cruces para dirigir el tránsito. Pero su cometido principal es poner fin a la ola rampante de criminalidad, como si estuviéramos en Bagdad.

Dejamos atrás decenas de casas machacadas y marcadas con el estigma: la famosa equis, de cuando entraban a ver si había muertos. Pero no perdemos la fe, seguimos encontrando señales de vida. Unos escriben carteles en las entradas fantasmales de las casas -«Estamos de vuelta»-, otros cuelgan la bandera norteamericana, como Bryant Lee, 50 años, acampado con toda su prole de hijos y nietos en tres «roulottes», en el jardín de su casa sin paredes. Lee calcula que le harán falta 100.000 dólares para poder arreglarla, «pero no tengo ayuda, y tampoco trabajo: el Ayuntamiento me despidió después del Katrina».

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