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La respuesta de la administración Carter -un embargo sobre el petróleo iraní, rompimiento de las relaciones diplomáticas, aunado a un fallido intento por rescatarlos al siguiente abril-fue endeble e inepta. Fue también el inicio de un patrón que se repetiría una y otra vez en los años y administraciones que le siguieron. Cuando ciudadanos de Estados Unidos que vivían en Líbano fueron secuestrados -y algunos de ellos torturados y asesinados-por terroristas iraníes y sirios entre 1982 y 1991, Estados Unidos reaccionó no con una terrible y rápida espada sino con un patético plan de armas por rehenes como pago de rescate. Cuando la masiva explosión de un coche bomba en la embajada estadounidense en Beirut mató a 63 personas en abril de 1983, y otro atentado en octubre dio muerte a 214 infantes de Marina en sus barracas, la entonces administración Reagan prometió venganza, pero al final meramente retiró las tropas estadounidenses de Líbano.
Atrocidad tras atrocidad, pero la furia de Estados Unidos nunca se despertó. Los terroristas nos atacaron una y otra vez, pero Washington tomó represalias apenas con gestos desganados y retórica vacía.
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