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«Yo rompí la puerta de aquella casa. Fue la primera de todas y fue terrible. La madre y los chicos salieron caminando pero hubo que arrastrar al padre hasta el colectivo que lo esperaba», recordó.
Armado únicamente con un chaleco azul y una botella de agua, Dan esperaba ayer su turno de intervenir en el interior de una escuela religiosa de Homesh, donde se habían atrincherado algunas decenas de jóvenes.
Será su última misión de esta operación militar bautizada
Desde el interior, los jóvenes lanzaban a los soldados aceitunas, huevos, zanahorias y otros alimentos mezclados en una especie de pasta repugnante.
«Hubo cosas peores», minimizó. «La primera noche que entramos en Neve Dekalim, los jóvenes nos comparaban con los peores enemigos del pueblo judío. Fue horrible oír de nuestros propios conciudadanos insultos como 'nazi', 'criminales' o 'traidor'», recordó.
Prepararse para esta misión especial costó a Dan y a otros miles de soldados varias semanas de entrenamiento, largas discusiones con sus superiores y varios simulacros de evacuación.
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