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29 de junio 2026 - 14:04

De consumidores a vendedores: cómo las plataformas transformaron cada recomendación en un negocio

Influencers, youtubers, cuentas de ofertas, estados de WhatsApp, Marketplace y ahora también los programas de afiliados. En una economía donde el ingreso no alcanza, vender dejó de ser una actividad para convertirse en parte de la vida cotidiana.

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Hoy casi ninguna sugerencia es completamente inocente. Hay códigos personalizados, enlaces patrocinados, acuerdos comerciales y programas de afiliados que convierten cualquier recomendación en una posible comisión.

Pexels

Abrís Instagram y alguien recomienda una freidora de aire. Entrás a TikTok y un creador prueba productos que podés comprar sin salir de la aplicación. Mirás YouTube y debajo del video aparecen enlaces para agregar artículos al carrito. Abrís WhatsApp y un conocido vende perfumes, viandas o ropa usada desde sus estados. Entrás a un portal de noticias y una nota termina con un link de compra o un código de descuento.

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Es cada vez más difícil encontrar un espacio donde nadie intente venderte algo.

Hace unos años aparecieron los llamados influencers del ahorro. En plena inflación encontraron un nicho compartiendo promociones, descuentos y oportunidades para llegar a fin de mes gastando menos. Cumplían una función útil para miles de consumidores. Pero las plataformas encontraron algo todavía más rentable: transformar esas recomendaciones en un negocio.

Hoy casi ninguna sugerencia es completamente inocente. Hay códigos personalizados, enlaces patrocinados, acuerdos comerciales y programas de afiliados que convierten cualquier recomendación en una posible comisión.

El lanzamiento del programa de afiliados de Mercado Libre termina de consolidar esa tendencia. La compañía permite que personas que crean contenido en redes sociales, blogs o sitios web generen enlaces para recomendar productos y cobren una comisión por las ventas que se concreten a partir de esos links. Incluso exige que los participantes tengan perfiles públicos activos y produzcan contenido de manera regular.

La lógica del sistema es más amplia de lo que parece. Si un usuario entra al marketplace desde un enlace y compra el producto recomendado, o cualquier otro de la misma categoría, dentro de las siguientes 24 horas, el afiliado recibe una comisión directa. Si finalmente adquiere un artículo de otra categoría, también cobra una retribución, aunque menor. En la mayoría de los rubros las comisiones llegan al 8% para las ventas directas y al 4% para las indirectas; en tecnología bajan al 4% y 2%, mientras que en alimentos y bebidas directamente no existe retribución.

La promesa parece atractiva: ganar plata recomendando productos. Sin embargo, para que ese ingreso tenga un impacto real hace falta generar mucho volumen. Mercado Libre, además, sólo liquida las comisiones cuando el afiliado acumula al menos $30.000 provenientes de tres compras válidas realizadas por tres compradores distintos.

Ahí aparece el verdadero negocio. Las plataformas ya no dependen únicamente de campañas publicitarias. También convierten a periodistas, influencers, creadores de contenido, administradores de grupos de WhatsApp y usuarios comunes en una enorme fuerza de ventas distribuida por internet. Cada enlace compartido multiplica las posibilidades de una compra sin que la empresa tenga que salir a buscar clientes de manera directa.

El afiliado recibe una comisión. La plataforma, en cambio, gana por varios lados: aumenta el tráfico, suma ventas, mantiene a los usuarios dentro de su ecosistema y continúa cobrando las comisiones a los vendedores que operan en el marketplace. El costo de conseguir compradores se distribuye entre miles de personas; el negocio principal sigue concentrado.

Ya no hace falta ser un influencer con millones de seguidores. Cualquier usuario con una comunidad pequeña, un grupo de WhatsApp o una cuenta activa en redes sociales puede convertirse en un promotor permanente de productos. Durante años las plataformas pelearon por captar nuestra atención. Ahora también compiten por monetizarla.

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El monto promedio para créditos al consumo es de u$s50 y en créditos para PyMEs es de u$s1150.

Nada se tira, todo se publica

El cambio también se percibe fuera de las redes sociales. Hace no tanto tiempo era habitual regalar la ropa que ya no se usaba, donar un mueble o dejar un electrodoméstico para que alguien más lo aprovechara. Hoy casi todo parece tener un precio.

Basta recorrer Marketplace de Facebook durante unos minutos. Hay sillones arañados por gatos, colchones con años de uso, muebles golpeados, televisores viejos, bicicletas oxidadas y electrodomésticos que hace tiempo dejaron de ser "como nuevos". Todo se publica. Todo encuentra un comprador potencial.

Los estados de WhatsApp también cambiaron. Donde antes predominaban las fotos familiares o los saludos, ahora aparecen tortas, viandas, camperas, perfumes, celulares usados, clases particulares, arreglos de teléfonos y cualquier changa imaginable.

No hay nada reprochable en intentar generar un ingreso extra. El problema aparece cuando esa necesidad deja de ser individual y pasa a convertirse en una característica de toda la economía. La cultura emprendedora terminó mezclándose con el rebusque. La recomendación genuina se confundió con la publicidad. Y el consumidor empezó, muchas veces sin darse cuenta, a convertirse también en vendedor.

Las empresas aprovecharon ese escenario. En lugar de limitarse a ofrecer productos, diseñaron sistemas para que otros los comercialicen por ellas. Antes contrataban vendedores, hoy consiguen que sean los propios usuarios quienes acerquen clientes a cambio de una comisión. El algoritmo ya no sólo decide qué vemos, sino también qué compramos y quién gana dinero cada vez que hacemos clic.

Quizás esa sea una de las imágenes más precisas de este momento económico. En un contexto donde el sueldo alcanza cada vez menos, vender dejó de ser una actividad reservada para comerciantes o emprendedores. Hoy cualquiera vende algo: un producto nuevo, un mueble usado, un enlace de afiliado, una recomendación o simplemente su capacidad para captar atención. Durante años internet convirtió a los usuarios en productores de contenido. Ahora también quiere convertirlos en vendedores. Y esa puede ser una de las transformaciones más silenciosas de esta época.

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