En la tercera etapa del aislamiento es fundamental bajar el nivel de exigencia sobre los niños.
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
“No es tan malo el coronavirus”, dice un niño de 5 años, al reconocer que compartía con ambos padres las 24 horas del día y no salían a trabajar, y podían dedicarse mucho tiempo juntos.
Esta vivencia fui encontrándola en muchos adultos también, sobre todo en un comienzo de la cuarentena, combinándola con otras sensaciones diversas. Algunas resultan coincidentes y otras son muy opuestas.
En un comienzo la dinámica familiar se vio alterada. Parecían vacaciones y de a poco se fue tornando en una organización extraña donde la familia debía inventar algo que no era la escuela ni el trabajo de los padres, pero juntos y sin ayuda extra familiar.
Los niños y adolescentes se encontraron con el cierre de escuelas y nuevos dispositivos de estudio que ni los docentes podían entender su uso. Los padres se sintieron juzgados y observados en la utilización y acompañamiento de sus hijos.
Se observó en esta etapa una vivencia paranoide de los adultos, tanto de los padres como de los docentes a las cuales el hijo observaba con cierto estupor y desconocimiento. La pregunta que nos surge: ¿Es necesario mantener ese clima de celeridad que se vivía anteriormente a la cuarentena y que en un primer momento parecía que había desaparecido? ¿Cómo priorizamos los vínculos, entre padres, niños y escuela?
Creo que si existe algo positivo fue el descubrimiento de la familia como grupo afectivo, donde se fueron readjudicando diferentes roles y los niños parecieran haber aceptado este encierro con menor dificultad que los adultos.
En un segundo momento, y al ver que esto continuaba, comienzan a aparecer exigencias escolares y aumento de preocupación de los adultos en torno a su situación familiar, económica y de salud.
Fue muy importante poder sentar a los niños, explicar cuidadosamente la necesidad de su colaboración y poder distribuir ciertas tareas dentro de la casa. La explicación de los nuevos hábitos de higiene fue fundamental, como también lo que estaba ocurriendo en el exterior de sus hogares, que impedía que ninguno concurriera a clases y los padres a sus trabajos.
Los niños más pequeños y con palabras sencillas fueron comprendiendo la necesidad de aceptar estas medidas. La vivencia de estar todos juntos fue importante e imprescindible. Lo mismo el contacto vía virtual con abuelos, tíos aunque fuera por tiempos cortos.
En niños pequeños, la desaparición física pueden entenderla como muerte, de ahí la importancia de breves encuentros del modo que fuera posible con sus afectos del mundo exterior.
Los adultos deben reiniciar sus tareas laborales y los más chiquitos se sienten menos sostenidos por ellos. Comienzan las tareas escolares y los padres deben asistir a sus hijos sin tener en ciertos momentos las herramientas suficientes, generándose en muchas ocasiones muchas complicaciones.
¿Y qué pasó con los adolescentes? Más encerrados que nunca en sus cuartos, en sus redes, con las mismas luchas generacionales. ¿Es muy diferente que anteriormente a esta situación? Probablemente no. Es un momento evolutivo muy complejo, por momentos caótico y difícil, ya en condiciones de convivencia normales. Es un período de grandes rivalidades y enfrentamientos con los padres y con peleas propias frente al duro proceso del crecimiento.
Sin embargo, son los que estarían en mejores condiciones de poder colaborar con los adultos en la organización de la casa y los cuidados de los más chicos. “La adolescencia pone a prueba la capacidad de transformación de los padres”. En este contexto, es fundamental el armado de una grilla que organice horarios para tareas y esparcimiento dentro de la familia.
Es probable que suene un tanto enérgico pero de este modo los niños se sienten más contenidos. Son los que más sufren los cambios, les cuenta entender, observan que sus padres están nerviosos y preocupados y les resultan muy difíciles las explicaciones que les van ofreciendo.
Ya pasaron más de 40 días de cuarentena y aparecen características específicas en este período. Se observan momentos de mayor angustia en los niños. Deseo de que todo vuelva a ser como era antes. Ganas de reencontrarse con sus amigos, abuelos y tíos.
Los procesos psíquicos que transcurren en los adultos no son los mismos en los niños. Están pendientes de los estados de ánimo de sus padres, de quienes dependen física y psíquicamente.
Claramente es un momento muy difícil para que los padres mantengan una armonía constante y tranquila. Los niños perciben las discordancias entre lo verbal y lo no verbal que tratan de transmitirles.
La pulsión de muerte los acecha a todos por igual. Es imprescindible dosificar las noticias por los distintos medios de comunicación. Es confuso intentar calmar a un niño que comienza con trastornos del sueño cuando se tiene el televisor de fondo contando la cantidad de personas infectadas y de muertos en el mundo.
Entiendo que cada caso es particular, cada familia es distinta y cada niño en este período presenta nueva sintomatología. Esta responderá en parte a la situación que se está viviendo pero también se irán resignificando pérdidas anteriores y temores a pérdidas futuras.
Pueden observarse la aparición de nuevos miedos o de algunos que parecían haberse superado. Las pesadillas y los trastornos del sueño como una manera de depositar y tramitar allí la angustia que se vive. También la falta de actividad física, sobre todo en los más pequeños genera mayor fastidio y rabietas.
Si se pudieran dar algunas recomendaciones considero fundamental bajar el nivel de exigencia sobre los niños. No negar la realidad. Tratar de escuchar los enojos y acompañarlos en la medida de lo posible.
Tomar esta experiencia dentro de los límites razonables, como una experiencia de vida que permite que cada uno pueda conocer a su hijo de una forma diferente. Es muy probable no se salga de la cuarentena igual a como se entró. Dependerá de un delgado equilibrio de emociones y posibilidades psíquicas de todos los integrantes de la familia.
Como decía el médico psiquiatra y psicoanalista Octavio Fernández Mouján: “Toda crisis también implica una posibilidad de cambio”. Ojalá podamos aprovecharlo.
(*) Psicoanalista especializada en niños y adolescentes, miembro titular de APA.
Dejá tu comentario