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Memoria activa 2001 (Parte 8)

Opiniones

La crisis es una oportunidad para imponerles sufrimientos a los ciudadanos, por parte de los que hicieron que esto suceda. Son los que están de ambos lados del mostrador. En un momento ocupan cargos de Gobierno, mas tarde trabajan en el sector financiero, fondos de inversión, etcétera.

La hermandad que reza el rosario de la austeridad luce desubicada en medio de una tormenta recesiva como la de 2001. La crisis es una oportunidad para imponerles sufrimientos a los ciudadanos, por parte de los que hicieron que esto suceda. Son los que están de ambos lados del mostrador. En un momento ocupan cargos de Gobierno, mas tarde trabajan en el sector financiero, fondos de inversión, etcétera.

La austeridad sostiene y agrava la crisis, pero se intenta imponer invocando la restauración de la confianza, que paradójicamente requieren los mismos actores externos e internos que produjeron la crisis. La austeridad provocó un efecto recesivo más significativo del que se suponía y, como lo demostró el caso argentino, las políticas expansivas (2003-2015) son mucho más poderosas de lo que se supone para salir de la recesión y recuperar el crecimiento. Olivier Blanchard, economista jefe del FMI en 2013 indicó que la entidad había cometido un error en sus cálculos sobre el impacto de la disminución del gasto público en el crecimiento económico. Concretamente decía: “la consolidación fiscal en las economías desarrolladas produjo un impacto más importante en la caída de la tasa de crecimiento. Lo cual indica que los multiplicadores fiscales eran significativamente más elevados de lo que las previsiones estimaban implícitamente”. La manifestación produjo un motín en el ambiente de los macroeconomistas que venden informes y sueñan con el club de golf del FMI, como recompensa por su servicio domestico.

Pertenecer siempre tuvo beneficios

Hoy vemos claramente que “la casta de macroeconomistas ricos y/o famosos” deviene abiertamente en la “casta política que denunciaba” precedentemente, como responsable de todos los males de la Argentina. (Plotkin y Neuburg) explican como los economistas serían también gestores de la inserción del Estado en el plano económico internacional y se verían impulsados aún más por “el reclutamiento de sus miembros” … después de la Revolución Libertadora y, unos años más tarde, como una forma de confrontar los problemas que aquejaban a América Latina; el Estado tomaba la conducción del desarrollo y la modernización, para lo que necesitaría una ampliación de las disciplinas, pero también saberes “específicos y especializados” -es decir, la economía- importantes en el orden y la construcción planificada de las políticas. Por lo tanto, la profunda transformación del campo de los saberes fue un testimonio de la confluencia entre los procesos de transformación en el Estado, las ciencias sociales y las empresas. La creación de nuevas instituciones por parte del Estado y privados, “destinadas a la planificación económica”, que no sólo formaban sino que investigaban y se relacionaban con otras instituciones y “agencias internacionales”, nuevos espacios de debate y “producción de conocimientos” y una diversidad de publicaciones, “reforzaban las relaciones entre la modernidad y la presencia pública de las ciencias sociales”, particularmente la “de la economía” (ibid.).

En particular, el interés de los estudios latinoamericanos en esta época está en “la relación recíproca entre la experticia y el rol desempeñado por nuevos actores en la configuración de los regímenes sociopolíticos en la relación entre Estado y sociedad”, para poder descifrar la morfología de las decisiones en el campo de la economía política latinoamericana. El fenómeno intelectual, y su carácter elitista, los alcances, niveles y designaciones de las investigaciones, aunque plurales, al final retienen la esencia del debate como “comunidades epistémicas” (Estrada Álvarez & Puello-Socarrás, 2005, pág. 104). Y asisten a una renovación constante de las herramientas teóricas frente a la novedad de las transformaciones en el ejercicio del poder, sus formas de regulación, y sus modalidades de legitimación. En el caso argentino, los ya mencionados Plotkin y Neuburg (2014, op. cit.) evocan la noción de élites intelectuales para explicar el desarrollo histórico desde 1910 de la economía argentina como disciplina, así como sus trayectorias institucionales que han influido en la modernización estatal y restituyeron además una intrincada “conformación de un campo político y de poder desde la economía profesional”. Estas relaciones entre élites intelectuales-estatales, la burocracia y las transformaciones en las políticas públicas eran significativas, y podemos trazar una continuidad con lo ocurrido en los años 90, con el surgimiento de los nuevos tecnócratas y la figura pública de los “políticos-gerentes” profesional, los technopols y los equipos de diseño de reformas que se alejan de las formas tradicionales de hacer política. Los nuevos tecnócratas serán una suerte de mediadores entre las demandas y mandatos de los votantes y las disposiciones de la estructura de poder social dominante, circunscriptos en una presunta “separación entre política y administración”: las interpretaciones diferenciadas, han sido posibilitadas por “aproximaciones desde la administración pública y sus estilos teórico-conceptuales” (Estrada Álvarez & Puello-Socarrás, 2005, pág. 108). En cuanto al caso paradigmático chileno, que ha cobrado notoriedad en el debate político y académico sobre la tecnocracia por la notoriedad que adquirieron los llamados “Chicago Boys” durante la dictadura de Pinochet (vg. Huneeus, 2016, pág. 73), Dávila Avendaño ha abordado las continuidades de esa etapa de la política económica chilena en cuatro gabinetes de la Concertación entre 1990 y 2010, analizando niveles de influencia del conocimiento experto en la política y su relación con la democracia. En su trabajo plantea, asimismo, un debate interesante sobre el uso de la categoría de “tecnócrata”, partiendo del problema de que una importante porción de la literatura sobre el particular carece de una conceptualización precisa, consecuencia de la polisemia del término: para este autor, no siempre hay distinciones claras entre los decision makers y los políticos tradicionales(Dávila Avendaño, 2010, pág. 201).

Las dificultades para establecer categorizaciones y cuantificar la influencia tecnocrática ha guiado a determinados estudios a “caracterizar a estos actores (…) o ejemplificar el perfil e influencia de los mismos a través de la caracterización” de algunos en especial (Dávila Avendaño, 2010, pág. 202), como se ha hecho en Argentina con el caso paradigmático de Domingo Cavallo. Dados estos limitantes, para aproximarse a la naturaleza del fenómeno tecnocrático en la democracia chilena post-Pinochet, el autor analiza gabinetes a partir de los perfiles de ministros y subsecretarios, definiendo al rol del tecnócrata comodecisión makers en niveles superiores de la administración de un gobierno con un alto nivel de educación formal (doctorado en economía) y sin experiencia política (sin militancia) previa”. A su vez propone una tipología que utiliza la revisión de los actores que se consideran importantes, y propone una escala de niveles que establecen y definen sus perfiles tecnocráticos, y por otro sus perfiles políticos (Dávila Avendaño, 2010, pág. 209). Algunas de las premisas y definiciones de este autor pueden aplicar al caso de la Argentina entre 1999 y 2001. Continuará mañana.

(*) Profesor de Posgrado UBA y Maestrías en universidades privadas. Máster en Política Económica Internacional, Doctor en Ciencia Política, autor de 6 libros. @PabloTigani

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