¿Cuán firme es la recuperación de la economía de los EE.UU.? El último informe de cuentas nacionales enhebra una historia muy clara: el nivel de actividad se sumergió en un «bache» en el segundo (2,6%) y tercer trimestre (2%) del año pasado para resurgir, de octubre a diciembre, con imprevisto vigor y un soberbio registro de 3,5%. 2006 concluyó pues con una economía otra vez embarcada en rauda expansión; creciendo por encima de la tendencia (una línea imaginaria que se intuye en torno a 3%) así como de su velocidad promedio a lo largo del año (3,4%) y de 2005 (3,2%). Más importante aún: mientras en 2005, la construcción de viviendas sumaba al proceso de crecimiento 0,5% del PBI; en el cuarto trimestre restó el equivalente anual de 1,2%. Y, llovido sobre mojado, otro tanto sustrajo la reconversión automotriz (cuando el sector había contribuido con 0,2% del PBI al avance de 2005). Pese a ello, como se señaló, el fin de 2006 se las arregló para revelar mayor pujanza.
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A la luz de estos antecedentes -una economía, en apariencia, capaz de absorber dos crisis simultáneas en sectores que oficiaban como pilares y de reinventarse sobre la marcha- ¿cómo juzgar la pronunciada debilidad del pasado reciente, ostensible y preocupante hasta octubre/ noviembre de 2006? ¿Es acaso un capítulo cerrado y, como tal, irrelevante para pensar la dinámica probable de 2007?
Todo lo contrario. Y, como pocas veces ocurre, no hay que procurar la respuesta sino en la misma fuente de información que abona la tesis de la mejoría. Sucede que la economía se encuentra en estado de flujo, desplazándose en plena fase de transición más que anclada en un puerto seguro y, aunque la evidencia sea alentadora, todavía subsiste el riesgo de colisión.
Inquietante
Es así como las cuentas nacionales, que confirman el repunte del PBI a 3,5%, también advierten que el vuelo de la demanda interna continúa perdiendo altura. Tras desacelerarse a 2% en el segundo y tercer trimestres,se replegó a 1,7% en el cuarto. Lo que sugiere no sólo la posibilidad de esbozar la tesis del vaso medio vacío sino la alternativa más inquietante de poner en tela de juicio la dirección final del ciclo. Después de todo, ha sido esa demanda la que ha empujado el carro de la economía norteamericana desde 1992 y, dada la crónica imposibilidad de la oferta local de seguirle el ritmo, la brecha se ha cubierto -los últimos quince años- con un déficit creciente de las cuentas externas.
¿Será una demanda doméstica estancada el imán hacia el que gravite, en última instancia, el desempeño del PBI? Si la economía pudo crecer en el cuarto trimestre 3,5% -con una tenue demanda interna- fue porque las compras netas del resto del mundo cubrieron la diferencia (otro 1,7% del PBI). Si a fines de la década de los 90, Alan Greenspan pudo decir que los EE.UU. eran un oasis de prosperidad en un mundo asolado por las turbulencias en Asia, Europa y América latina, hoy, felizmente, la frase es un anacronismo. Sin embargo, es difícil pensar -a menos que el petróleo se derrumbe estrepitosamente y deprima las importaciones- que el sector externo pueda sostener un rol de tanto protagonismo.
Por fortuna, un análisis más cuidadoso de la demanda interna revela un patrón de recuperación sostenida cuando se distingue entre ventas finales que sí crecen e inventarios que se liquidan. La secuencia trimestral de las ventas finales es, de lejos, la ficha más sólida de todo el informe de cuentas nacionales: 1,6%, 2%, 2,4%. Aun así presenta un obvio talón de Aquiles: la inversión fija cayó por tercer trimestre consecutivo y ya no sólo por la crisis de la vivienda. La inversión no residencial mostró señales de contagio y cerró en rojo por primera vez desde principios de 2003.
Sostén
Todo el avance de las ventas finales está apoyado sobre las espaldas del consumidor. Como ya ocurriera en ocasión de la recesión de 2001 (y perdurase hasta 2003). El consumo creció 4,4% en el cuarto trimestre de 2006 (y por sí solo contribuyó con 3 puntos al crecimiento del PBI). Las ventas de bienes durables, por ejemplo, que ya habían aumentado 6,4% en el tercer trimestre anotaron otro avance de 6% en el cuarto. El consumo de bienes no durables escaló 6,9%.
¿Qué economía esquizofrénica es ésta que teme una recesión y, a la par, vende televisores de plasma como pan caliente? Una economía de precios muy flexibles. No basta con mirar cantidades para formarse una opinión. Menos en una coyuntura en la que empresas tan diversas como Ford y General Motors; Home Depot y Gap, por citar unas pocas, enfrentan problemas para satisfacer sus objetivos de ventas y deben apelar a grandes rebajas para alcanzarlos. Tómese el caso de Wal-Mart, que con cuatro mil tiendas en los EE.UU. es el minorista número uno. Sus ventas no llegaron a aumentar 1% en octubre (comparando con las del año anterior), disminuyeron en noviembre y repuntaron apenas 1,6% en diciembre. Las ganancias del último trimestre fueron inferiores a las de igual período de 2006.
Debilidad
En este árido contexto comercial, el deflactor del gasto de consumo cayó 0,8%. No fue sólo la nafta. O los bienes de consumo no durable (-8%). Los precios de los bienes durables también cayeron (-2.8%). ¿Cuánta solidez de base trasunta este patrón? No hay que engañarse: opera sobre un trasfondo de debilidad. Después de todo, los descuentos de precios no sólo alientan la demanda, también la trasladan en el tiempo.
Habrá que dejar que transcurra para verificar si la fortaleza presente no deja un vacío de ventas en los próximos meses. En principio, volviendo a Wal-Mart, sus proyecciones para enero apuntan sólo a una moderada mejoría: 2,2%. Queda como balance provisorio, entonces, un saldo positivo. Pero sin euforias. A saber, un consumidor que no se asusta, sensible a las oportunidades de precio (y por ende una recuperación del gasto con tendencia a autorregular las presiones de inflación minorista); una economía resistente, capaz de digerir la crisis inmobiliaria, que ha perdido el empuje de la inversión aunque ha conseguido potencia sustituta de un motor inesperado: el sector externo. No serán las condiciones ideales para la navegación pero resultan suficientes para un aterrizaje decente. No conviene olvidarse que la Fed, en última instancia, pondrá la política monetaria al servicio de dicho cometido. La carta más poderosa todavía no se ha jugado.
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