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Aristóteles señala que las personas generalmente se equivocan al buscar sólo su propio bien, pensando que esto es lo que debe hacerse y sostiene que no es posible asegurar uno su propio bien sin interesarse en el bien de la República, ya que las conductas deben obedecer tanto a la prudencia como a la virtud moral, porque la virtud propone el fin recto de la actuación y la prudencia los medios para alcanzarlo. En el concepto aristotélico el bien más importante que debe perseguir toda comunidad política es el bien común.
Los argentinos estamos asistiendo atónitos a un espectáculo en el cual dos matrimonios enfrentados han paralizado a la Nación y han prácticamente llevado a la inactividad al Poder Legislativo mientras se están disputando en privado -con el auxilio de negociadores y mediadores- el poder sobre cuarenta millones de argentinos como si fueran los dueños exclusivos y excluyentes de este país. Para ello no escatiman esfuerzos ni la utilización de armas y medios -públicos y privados- tendientes a seducir, alinear, conquistar o reclutar adeptos, simpatizantes o aliados, llegando incluso a comprometer en su conflicto a la Justicia y a fomentar entre las filas del adversario la amenaza, la deslealtad y la traición, conductas incompatibles éstas -en forma absoluta- con la virtud moral y también con la prudencia.
El resultado final de esta disputa será absolutamente anecdótico; cualquiera sea el desenlace, la República y la democracia habrán sido derrotadas.
En efecto, si el enfrentamiento termina por la vía de un armisticio o acuerdo concertado entre ambas partes, se habrá efectuado el reparto territorial y seccional del poder y éste se convertirá en absoluto, habiéndose consagrado un nuevo antecedente trágico según el cual los destinos de la República y su gobierno pueden ser decididos en un cuarto cerrado entre dos matrimonios al margen de las normas constitucionales y del pueblo de la Nación; si termina con derivar la cuestión a una « aparente» división partidaria, habrá muerto el pluripartidismo y las próximas elecciones nacionales quedarán convertidas en una mera elección «interna» del partido gobernante sin lugar alguno para la conformación de una oposición.
¿Es el bien supremo de la Nación y el bien común para el país que alguien determinado -y no otro- gane las elecciones? ¿El objetivo personal de ganar, justifica la utilización de cualquier medio para ello? ¿Dónde está el respeto hacia los votantes? ¿Dónde ha quedado la responsabilidad de gobernar y ejercer los cargos electivos? ¿Queda algún resabio de ética y de prudencia en nuestros principales dirigentes políticos?
Unos pocos ejemplos podrían dar algunos indicios. El presidente de la República intenta confundir elecciones generales de diputados y senadores nacionales con un plebiscito de su acción de gobierno; porque hoy se necesita ganar. La esposa del Presidente, que es senadora por Santa Cruz y que hace más de treinta años que no vive en la provincia de Buenos Aires, será candidata a senadora por dicha provincia; porque hoy se necesita ganar. La actual ministra de Desarrollo Social y hermana del Presidente, será candidata a senadora por la provincia de Santa Cruz pero anuncia que cuando gane y sea elegida, renunciará a su banca para continuar siendo ministra de Desarrollo Social; y ello es porque hoy se necesita ganar. El canciller, a pesar de estar cumpliendo una buena gestión, abandonará su cargo sin cumplir con el período gubernamental y será candidato a diputado nacional encabezando la lista en la Capital Federal; porque hoy se necesita ganar. Otro ministro que iba a ser candidato a diputado por una provincia y una vicegobernadora han decidido no serlo, pero no porque consideren que deben seguir cumpliendo con sus funciones, sino porque las encuestas dieron mal; y hoy se necesita «ganar».
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