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7 de noviembre 2006 - 00:00

El indigenismo, otro ausente en la cumbre

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En el Alto, el barrio más popular de los alrededores de La Paz, la capital de Bolivia, donde tiene el mayor apoyo el presidente Evo Morales, se está popularizando -como lamentablemente sucede en otros lugares del mundo- el espectáculo de la lucha libre sin reglas entre mujeres. La particularidad es que el público se conmueve y enfervoriza cuando el combate es entre luchadoras indígenas de la etnia aimara -a la que pertenece Morales- que pelean vestidas con el atuendo étnico y las que lo hacen «occidentalizadas». Las primeras, con marcado apoyo del público, suelen ser las triunfadoras en los últimos tiempos, generando sus victorias eufóricas expresiones por parte de la mayoría de los espectadores.

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Puede decirse que se trata de Bolivia, que tiene el mayor porcentaje de población indígena de América latina, que ha sido explotada y marginada durante siglos y donde el fenómeno político, social y cultural que representa la presidencia de Evo Morales ha intensificado las manifestaciones de pertenencia de la población indígena, mayoritaria en el país y mucho más en la zona del Alto.

En cambio, la Argentina es uno de los países con menor porcentaje de población indígena de América latina y donde ésta no tiene manifestación política alguna, aunque existan reclamos por el pasado, especialmente de la etnia mapuche.

Días atrás, la Suprema Corte de la provincia de Salta devolvió a los tribunales inferiores el caso de un indígena wichi, que había violado a su hijastra, una menor de 9 años, por lo cual fue condenado. La argumentación para esta decisión fue que la condena no había tenido en cuenta que fecundar una menor no es delito en la cultura wichi, sino que, por el contrario, es un acto bien visto e incluso promovido por las deidades religiosas de esta etnia, ya que mantener relaciones sexuales a partir de la primera menstruación es «una costumbre ancestral que forma parte de su forma de vida, creencias e idiosincrasia».

  • Explicación

  • Frente a las críticas que el fallo de la Corte generó en la opinión pública, ésta explicó que no había absuelto al violador, sino que había devuelto la causa al tribunal inferior, porque éste no había valorado adecuadamente el factor cultural y la creencia religiosa del violador y ésta debía ser tenida en cuenta.

    Cabe señalar que uno de los temas más complejos propuestos por Morales a la constituyente boliviana y que ha generado más críticas es la de incluir en la legislación penal el llamado «derecho colectivo indígena» por el cual la comunidad reunida en asamblea y por mayoría de votos puede imponer castigos físicos a los delincuentes que violen los preceptos de la etnia aimara.

    Podrá argumentarse que se trata de un fallo polémico que se da en una provincia del Norte, que justo tiene frontera con Bolivia y donde las minorías indígenas tienen cierta relevancia.

    Pero en la Ciudad de Buenos Aires -el distrito con menor presencia indígena del país- semanas atrás, una función del Teatro Colón fue interrumpida al lanzarse panfletos desde los pisos superiores, reclamando que se quite al teatro más prestigioso de América latina el «nombre de un asesino»: Colón.

    En este caso no se trató de minorías indígenas activas que reclaman por su pasado, sino de activistas de origen europeo, que desde una perspectiva más ideológica que cultural o étnica, reclaman contra la «occidentalización forzada» de la Argentina primitiva.

  • Debate antiguo

    Tanto en EE.UU. como en Europa, el debate sobre el multiculturalismo y la convivencia entre las diferentes creencias y culturas se viene planteando desde hace décadas, y ello se ha incrementado en tiempos recientes por la amenaza que implica el terrorismo fundamentalista y el hecho de que tanto los atentados de Madrid como el de Londres fueron realizados por personas de origen musulmán que vivían permanentemente en estos países. Las protestas violentas de los jóvenes de origen musulmán de la periferia de París que se acaban de reanudar es otra de las situaciones que impulsa este debate, así como también la discusión sobre el uso del velo islámico y la reacción musulmana frente a las caricaturas de Dinamarca a las citas del Papa.

    El sentimiento étnico e ideológico indigenista que se está gestando en América latina es fuertemente antinorteamericano en lo ideológico y antiespañol en lo histórico y cultural.

    Uno de los temas que deberían tratar de ahora en más las cumbres de jefes de Estado de Iberoamérica, como la reunida en Montevideo el fin de semana que pasó, son los efectos que puede tener para las relaciones entre España y América latina el surgimiento de este sentimiento indigenista.

    Ya la conmemoración de los quinientos años del descubrimiento de América por los españoles que se celebró en 1992 bajo el lema «Encuentro de culturas» mostró el cuestionamiento indigenista a la herencia europea, el que en mi opinión se ha incrementado en los catorce años siguientes hasta hoy.

    Sin que el problema indígena latinoamericano tenga la misma dimensión y significado que el musulmán, debe ser interpretado en el marco de un fenómeno mundial que es la revitalización de creencias y sentimientos religiosos, étnicos y nacionales como reacción a la hiperglobalización de la economía y las comunicaciones.

    Quizás la conmemoración del bicentenario de la independencia de los países hispanoamericanos (en 2010 cumplen doscientos años, entre otros, la Argentina, Chile, México y Colombia) pudiera ser una buena oportunidad para reflexionar acerca de las políticas y acciones tendientes a evitar que el surgimiento del indigenismo de inevitable cuño antiespañol se transforme en un obstáculo en las relaciones iberoamericanas.

    El presidente del Gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, promueve un «encuentro de civilizaciones» para mejorar las relaciones entre Europa y el islam, y quizás algo similar pueda plantearse para la cuestión indígena de América latina.
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