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Hace algún tiempo -pero especialmente a partir de la última elección- que el presidente Néstor Kirchner ha advertido muy claramente dos cosas. La primera de ellas es que, en razón del crecimiento del peso relativo del Estado en la actividad económica y la ausencia absoluta de una oposición estructurada y homogénea que importe la conformación de una posible y próxima alternativa de poder -sumado ello al desmembramiento formal del Partido Justicialista- se encuentra en condiciones inmejorables -como ningún otro gobernante anterior salvo Perón- de poder intentar conformar y liderar un «Tercer Movimiento Histórico» con su nombre, ansiado antes por muchos y nunca, hasta ahora, conseguido. La segunda es que si el declamado «éxito económico» del crecimiento de los últimos dos años y la «recuperación de la crisis» no pueden mantenerse en el tiempo y la inflación vuelve al escenario nacional, sus sueños se esfumarán del mismo modo en que se les esfumaron a tantos otros. La inflación es un enemigo mortal para las aspiraciones de continuidad política.
Lo cierto es que la inflación ya ha asomado con intenciones de quedarse entre nosotros en niveles significativos no menores que dos dígitos anuales, al menos por este año y el que viene. No es menos cierto que el gobierno tiene que hacer algo urgente al respecto, aunque quizá todavía no tenga claro qué, y si lo tiene claro a lo mejor no está dispuesto a pagar aún el precio político que ocasionarían sus decisiones.
Por cualquiera de estas dos razones, el Presidente necesita tiempo para intentar resolver este dilema y buscar los caminos menos traumáticos para ello. Pero para poder actuar necesitaba una excusa que le permitiera justificar la creación de este tiempo de «cambio de aire»; y esa excusa la encontró -o la inventó- en oportunidad de la reunión de empresarios en el Coloquio de IDEA.
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