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3 de enero 2023 - 09:39

Los nuevos capangas del quebrachal

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Resulta a veces una historia antigua pensar en el dilema en los quebrachales en el Chaco argentino en la primera mitad del siglo XX. Pero a veces, la historia resulta circular y comprender un momento histórico nos permite razonar sobre el presente.

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Lo cierto es que, en esa época, aislados en territorios lejanos de los centros de poder, los hacheros y sus familias trabajaban por vales solo canjeables en los negocios propiedad de las compañías explotadoras del quebracho. Esa suerte de dinero sin valor, solo impreso a total discreción por la compañía, resultaba la moneda de cambio en un mundo real signado por la marginalidad y la injusticia impuesta por los dueños, que indiscriminadamente, se apropiaban del dinero real producto de la comercialización de los bienes generados por una sociedad esclavizada culturalmente.

Ni el instinto hacía reaccionar a aquellos dominados en semejante situación. Generaciones acostumbradas al oprobio como normalidad semejaban al cuento del elefante de circo que, de pequeño, amarrado a una estaca con una simple cadena, se cansaba de tratar de liberarse hasta que, vencida su voluntad, solo se acostumbraba. Ya adulto y fuerte, la estaca y la simple cadena solamente le recordaban la imposibilidad de liberarse conformándose con el cautiverio.

Dos películas argentinas de distintas épocas retrataron con eficiencia la situación en los quebrachales: “Las aguas bajan Turbias” y “Quebracho”. En esta última, resultaba peculiar la reacción de los espectadores aplaudiendo ante la imagen de la llegada a las compañías de los inspectores de la Secretaría de Trabajo y Previsión del Gobierno Nacional a cargo de Juan Perón, al solo efecto de terminar con un régimen de explotación.

Setenta años después la Argentina pareciera haberse convertido en un gran quebrachal. Políticas de aislamiento han ido transformando a un sector de nuestra población en virtuales hacheros sumidos en la miseria. Nuevos gerentes, administradores de planes y prebendas, han colonizado a generaciones convenciéndolos de la imposibilidad de cambiar su situación y, por ende, venciendo su capacidad de reacción ante la injusticia, semejándolos al elefante del circo.

Setenta años después una elite política se ha arrogado la facultad de imprimir indiscriminadamente papel moneda, cual vales de las compañías de otro tiempo, alejándonos rápidamente de los centros de poder económico reales y monopolizando el producido de nuestro esfuerzo colectivo, hoy representado por el dólar, para su uso discrecional y a veces corrupto.

Setenta años después resulta paradójico que, a nombre del peronismo que otrora defendiera a los oprimidos, se apliquen políticas totalmente opuestas a los intereses populares, rentando la pobreza en un afán de eternizarla. El ascenso social y el fortalecimiento de la clase media fueron los pilares doctrinarios en los que se sustentó el justicialismo y hoy una pandilla, en su nombre, genera todo lo contrario.

Estamos a tiempo de salir de este camino decadente. Debemos asumir que el cambio cultural resulta inevitable para que las generaciones futuras rompan la cadena y se liberen de la estaca que hoy los mantiene atados a sus propias frustraciones. Es posible si nos integramos al mundo, si comprendemos que solos no podemos. Se puede lograr si con coraje enfrentamos a los nuevos capangas del quebrachal.

Presidente del Partido de las Ciudades en Acción. Diputado de la Ciudad (m.c.)

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