ver más

Ya superaste el límite de notas leídas.

Registrate gratis para seguir leyendo

26 de diciembre 2021 - 00:00

¿Con qué recursos recibiremos al nuevo año?

Quienes trabajamos en el ámbito "psi" observamos las manifestaciones de las huellas de los eventos que conmovieron -y aún conmueven- profundamente la esfera emocional de las personas.

ver más

Los últimos tiempos han traído aparejadas experiencias inéditas que sin dudas continúan produciendo profundas transformaciones a nivel individual, familiar y social. La pandemia puso en evidencia los excesos de una sociedad acelerada, signada por la necesidad de satisfacción inmediata, el consumismo exagerado y el maltrato al Planeta, a la vez que generó una importante conmoción en la industria y la economía.

El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.

¿Cómo nos encontramos esta vez para despedir el año? ¿Con qué nuevos recursos recibiremos al año que comienza?

Se continúa hablando de la “resiliencia” y del “reinventarse”, términos que aluden a capacidades para convertir vivencias traumáticas en fuerza impulsora y creativa. Las familias del mundo transitaron momentos de encierro y convivencia obligada. Padres e hijos se encontraron de pronto sin el sostén que habitualmente brindan tíos, abuelos, niñeras e instituciones como las escuelas o los clubes. Se puso a prueba la capacidad de las familias de “estar a solas”, adaptándose forzadamente al home-office y al home-schooling, con sus pros y sus contras. La presencia de los otros con nosotros se hizo fundamental para preservar y mantener los ritmos, en circunstancias en las que corrimos el riesgo de sentir que el tiempo transcurría todo igual.

Sociedad-homeOffice.jpg

En algunos casos se logró un aprendizaje fundamental: el de estar con uno mismo (aún viviendo con otros). Porque sabemos que la capacidad de soportar la buena soledad, es una condición para poder amar y estar disponibles para los demás. Se observó la diferencia que existe entre estar “a solas” y sentirse solo, aislado o desamparado. Se puso de manifiesto la importancia de tener un mundo interior y hallar algo placentero en él: leer, estudiar, escuchar música, meditar, escribir, etc. Se inauguraron horas de juego familiares, casi como rituales, creándose climas lúdicos que nos permitieron -aunque sea de a ratos- evadirnos de la realidad que tanto nos preocupaba.

Podríamos decir entonces que hubieron familias que disfrutaron de estar juntos, cuyos miembros pudieron “conocerse” mejor y otras para las que la convivencia permanente se hizo muy difícil y hasta traumática.

El extrañar -con la tristeza que suele aparejar- dejó de interpretarse como un indicador alarmante o una enfermedad. Se entendió que servía también para revalorizar un vínculo, para tomar conciencia de su importancia y aprender a cuidarlo. También representó el ejercicio de crear en nuestra mente la imagen de alguien significativo y de llevarla con nosotros para hacer un “buen uso” de ella cuando la necesitábamos, sin que esta imagen se diluyera a la distancia.

Hubo quienes pusieron el tiempo en pausa y experimentaron la frustrante sensación de un año y medio perdido. Aparecieron muchos miedos: a la enfermedad, a la muerte, a la incertidumbre laboral y económica, a la inseguridad, a la pérdida de seres queridos. También a futuras catástrofes y a que vuelva la forma de vida anterior con sus aspectos destructivos. Se habló del “hambre de abrazos” y del temor a no poder volver a abrazar. Apareció con fuerza la necesidad de un “buen apego”: el tipo de lazo incondicional con otros que nos permite sentirnos acompañados y contenidos, para reducir la angustia. Sobre todo si éstos funcionan como calmantes y no como amplificadores.

No sabemos aún si podemos hablar de “post pandemia”, ya que el virus sigue mutando, a la par que se continúa con los planes de vacunación, que los avances de la ciencia han permitido implementar en tiempo récord. Quienes trabajamos en el ámbito “psi” observamos las manifestaciones de las huellas de los eventos que conmovieron -y aún conmueven- profundamente la esfera emocional de las personas. Podemos decir sin dudas que la sociedad está en duelo y no podemos saber con certeza cuánto tiempo llevará el procesamiento de las vivencias de estos últimos tiempos. No se trata sólo de procesos individuales. Sabemos que existe una memoria que almacena los recuerdos del clima vivido, el afecto transmitido y compartido con otros, no necesariamente a través de la vía verbal y que contiene los episodios de la interacción del individuo con su entorno. Los grupos humanos recuerdan, entonces, no solo los traumas, sino también los mecanismos que usaron para hacerles frente.

Estres Navidad Fin de Año.jpg

Nos hemos enfrentado a la paradoja de un intenso movimiento que ha conmovido los basamentos de lo humano: por un lado ha generado destrucción y por otro, ha promovido aspectos resilientes y creativos en las personas. Y ha producido cambios en los paradigmas imperantes.

¿Cómo será el año entrante? En un mundo en acelerada transformación la incertidumbre parece haberse elevado a la categoría de principio regulador: “es previsible que suceda lo imprevisible”, diría Janine Puget. Si sabemos entenderlo y “administrar” sus efectos, tomaremos conciencia de que no somos meros observadores pasivos de la realidad que nos circunda. También la creamos. Y la creación activa que hacemos de nuestro “universo” coincide con nuestra emergencia simultánea como sujetos, en el mejor de los casos, con mayores recursos para afrontar lo que esté por venir.

Psicoanalista. Miembro de la Asociación Psicoanalítica Argentina. Asesora del Depto. de pareja y familia de A.P.A. Especialista en clínica psicoanalítica de familias, parejas y grupos.

Últimas noticias

Dejá tu comentario

Te puede interesar

Otras noticias