Pronto se difundirá el dato de noviembre sobre el importante déficit comercial con Brasil. En «criollo», eso quiere decir que le compramos más bienes de los que les vendemos. Por ende, muchos volverán a poner el grito en el cielo y empezarán a reclamar que se corrija este desequilibrio. Cuando se conocieron los números de octubre, nuestros funcionarios viajaron presurosos a Brasil para tratar de acordar con el gobierno brasileño la estrategia a seguir para solucionar este «problema».
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Supongo que el Estado volverá a gastar nuestros impuestos en otros tantos viajes de preocupados burócratas locales. Pero ¿hay realmente un problema? ¿o estamos gastando «pólvora en chimangos»?
Si tratamos de encontrar alguna relación entre el tipo de cambio real de la Argentina y lo que le vendemos a Brasil, veremos que no existe. De hecho, nosotros más que triplicamos nuestro tipo de cambio en 2002 y, en los últimos años, el real estuvo encareciéndose respecto del peso. Esto implica que los productos argentinos son más competitivos en el mercado brasileño y los de ellos menos en el local. Sin embargo, nos venden más de lo que les compramos.
Entonces, ¿de qué dependen las exportaciones argentinas a Brasil? Si nos fijamos, nuestras ventas a dicho país se incrementan cuando lo hace la tasa de crecimiento de su economía y decrece cuando esta última se desacelera. También, nuestras compras de productos brasileños dependen de la evolución de nuestro nivel de actividad y no tienen relación alguna con el tipo de cambio real.
Lo notable es que cuando los brasileños aumentan sus compras, lo que más se incrementa son nuestras exportaciones industriales. Si bien la dependencia de Brasil en nuestras ventas externas es mínima, sí tiene un impacto importante en las que hace la industria.
Entonces, ¿por qué les compramos más de lo que les vendemos? En primer lugar, porque nuestra economía está creciendo más rápido y el conjunto de nuestras importaciones también lo hace. Por otro lado, el Mercosur implica tener aranceles externos comunes y poder comerciar (casi) libremente entre los países socios. Por ende, me conviene más comprar un producto en Brasil, donde no pago impuestos a la importación, que en terceras naciones. Además, somos grandes demandantes de bienes industriales del exterior y ellos exportan mucho en ese rubro.
En tanto, el aumento de nuestras exportaciones en los últimos años ha sido mayormente en productos primarios y manufacturas de origen agropecuario, donde competimos con los brasileños. Esto implicó venderles más a otros países, como las rampantes naciones del Este de Asia, que son las que necesitan y están dispuestas a pagar más por lo que nosotros exportamos.
Esto nos lleva a otro tema, ¿qué maximiza el bienestar de los argentinos? Lo mejor para nosotros es venderles lo que podemos exportar a los que estén dispuestos a pagarlo más caro y, con esas divisas, comprarles aquello que necesitamos del exterior a los que nos lo puedan vender más barato. Sería mucha casualidad que nuestros compradores y vendedores ideales vivieran en el mismo país. Además, cada uno de nosotros no les compramos lo que necesitamos a los que les vendemos nuestro trabajo, servicios y productos en la misma proporción en la que nos adquieren lo que ofrecemos, porque no nos conviene. ¿Por qué sería conveniente para el conjunto del país?
Perjuicio
Por eso es muy tonto ponerle restricciones a las importaciones desde Brasil. Lo único que hacemos es obligar a traer esos productos de otros lugares en donde nos salen más caros y eso perjudica a los consumidores argentinos. En todo caso, a los únicos que beneficia es a los que producen esos bienes localmente que nos lo pueden vender a mayor precio y a los que los hacen en países de extrazona, que de otra forma no serían competitivos.
Tampoco tiene sentido subsidiar las exportaciones a Brasil. Eso implicaría abaratar los productos que vendemos al exterior utilizando recursos del Estado, que tendrían mejor uso en otras cosas, cuando hay residentes de otros países dispuestos a pagar más por esos bienes.
Entonces, ¿cómo promovemos las exportaciones? En realidad, lo primero que deberíamos preguntarnos es si conviene promover las exportaciones y la respuesta es no. No tiene sentido que los argentinos paguemos ( subsidiemos) a nuestros productores para que le puedan vender más barato a los consumidores de otras naciones. En todo caso, que nos los vendan más barato. No somos un país rico como para hacer caridad con el resto del mundo.
Por otro lado, ¿qué pasa si miramos una serie de 30 años comparando la evolución del tipo de cambio real argentino y nuestras exportaciones respecto del PBI (en términos constantes)? Vemos que las grandes devaluaciones argentinas lograron aumentar este ratio por un período muy breve y, una vez desaparecida la competitividad artificial generada por la caída del valor de la moneda, empezaba a disminuir de nuevo. Lo notable es que la participación de las exportaciones solamente creció fuerte desde 1993 hasta 2001, justo en el período de relativamente bajo tipo de cambio real, pero de gran estabilidad en el tiempo. No es casualidad; la estabilidad permite planificar y, por ende, invertir.
Si analizamos la relación entre las exportaciones y las inversiones realizadas entre dos y cuatro años antes, vemos que existe una gran dependencia positiva. Lo cual es lógico; ya que estas últimas generan aumento de la eficiencia y, por lo tanto, de la competitividad, permitiendo aumentar nuestras ventas externas. Las más beneficiadas son las colocaciones industriales, ya que es el sector menos competitivo de la Argentina y es donde la inversión genera las mayores ganancias en productividad.
Por lo tanto, si queremos beneficiar a los consumidores argentinos, tenemos que dejarnos de tratar de regular el comercio exterior.
Establecer reglas de juego de largo plazo claras y restablecer la seguridad jurídica. Es decir, que desde el Estado se respeten los derechos e instituciones preservados en la Constitución nacional y recuperar los principios republicanos de gobierno. Que cada poder (Legislativo, Judicial, Ejecutivo) cumpla con sus obligaciones y no las delegue irresponsablemente, ejerciendo (además) el control sobre los otros poderes. A partir de allí, la Argentina será un país elegible para invertir. De esta forma, incrementaremos el empleo, la producción y la eficiencia de nuestra economía. Podremos exportar más a los que estén dispuestos a pagarnos mejor y, con esos recursos, comprar afuera lo que necesitamos en donde se lo produce mejor y más barato. Así, maximizaremos la cantidad de bienes y servicios disponibles para todos los argentinos y, con ello, su bienestar económico; lo cual nos pondrá camino al desarrollo.
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