10 de junio 2026 - 07:00

Ormuz, a 100 días del cierre: el shock energético que golpeó al mundo y deja un saldo incierto para Argentina

El bloqueo del estrecho alteró el flujo de petróleo y gas, elevó los costos del comercio y obligó a empresas y gobiernos a rediseñar rutas y proveedores. Para la Argentina, el escenario combina presiones sobre costos con una oportunidad para las exportaciones energéticas.

El cierre de Ormuz encareció la energía, alteró rutas comerciales y elevó el costo del riesgo global. Para Argentina, el impacto dejó un escenario de doble filo, con más presión sobre precios y logística, pero también mayor valor estratégico para Vaca Muerta.

El cierre de Ormuz encareció la energía, alteró rutas comerciales y elevó el costo del riesgo global. Para Argentina, el impacto dejó un escenario de doble filo, con más presión sobre precios y logística, pero también mayor valor estratégico para Vaca Muerta.

A 100 días del cierre del Estrecho de Ormuz, el principal corredor energético del mundo pasó de ser un foco de tensión geopolítica a funcionar como un test de estrés para la economía global. La crisis, desatada tras la escalada militar entre Estados Unidos, Israel e Irán, interrumpió una de las rutas más sensibles para el comercio de petróleo y gas, y encareció crudo, GNL, fletes, seguros, fertilizantes y alimentos.

Aun así, el shock no derivó todavía en una crisis global abierta, aunque sí provocó episodios de estrés energético, problemas de abastecimiento y fuertes subas de costos en varios países importadores.

El principal riesgo, en este caso, es que una disrupción inicialmente concentrada en el mercado energético se transforme, si se prolonga, en una inflación más persistente, menor crecimiento, un comercio más frágil y financiamiento más caro para los mercados emergentes.

Para Argentina, el balance final aún sigue abierto. Mientras Vaca Muerta gana valor estratégico como fuente de divisas, la economía local también enfrenta mayores costos internos, presión sobre los precios, más demanda de cobertura y un escenario externo más adverso para conseguir financiamiento.

Una ruta clave para el abastecimiento global

Ormuz volvió a quedar en el centro de la economía mundial porque concentra una parte decisiva del comercio energético. Antes de la guerra, el tránsito por esa vía promediaba entre 125 y 140 pasajes diarios de buques. Desde el inicio del conflicto, ese flujo quedó severamente restringido y afectó una ruta por la que pasa cerca de una quinta parte del suministro mundial de petróleo y GNL.

La normalización, por ahora, es parcial. El secretario de Energía de Estados Unidos, Chris Wright, señaló en este sentido que el tráfico marítimo y las exportaciones de petróleo por el Golfo estaban aumentando “de manera muy significativa”, aunque advirtió que, incluso con un acuerdo de paz, los flujos normales de energía y materiales críticos, como azufre, helio y lubricantes, podrían tardar meses en recuperarse.

Esa recuperación incompleta mantiene bajo presión a una ruta clave para el abastecimiento mundial. Según estimaciones de la Agencia Internacional de Energía, cerca del 80% del petróleo y los derivados que pasaron por Ormuz en 2025 tuvieron como destino Asia, la región más expuesta por su dependencia energética.

Sin embargo, el problema excede a los grandes compradores asiáticos: de acuerdo con el Banco Mundial, el estrecho concentra alrededor del 35% del comercio marítimo mundial de crudo y también es una vía central para el GNL, el azufre y el amoníaco, insumos críticos para la producción de fertilizantes.

En esta línea, Marcelo Elizondo, especialista en economía internacional, sostuvo que el cambio más visible en el comercio global fue “básicamente el precio de los commodities”, acompañado por una menor oferta de petróleo y gas.

Según explicó, hasta ahora los países lograron evitar una crisis mayor mediante proveedores sustitutos, rediseño de cadenas y uso de reservas estratégicas. Sin embargo, advirtió que “estamos ante un shock transitorio solo en la medida en que el conflicto termine pronto”.

Si la interrupción se prolonga, el problema dejará de ser solo un ajuste de precios y empezará a afectar el abastecimiento, la producción y el comercio.

El cierre generó un shock en los costos de energía, fertilizantes y alimentos

El primer impacto se sintió en el petróleo, pero no quedó contenido en ese mercado. Según estimaciones del Banco Mundial, las disrupciones vinculadas a Ormuz provocaron una reducción inicial de la oferta global de alrededor de 10 millones de barriles diarios y llevaron al Brent, a mediados de abril, a ubicarse más de un 50% por encima del nivel de comienzos de año.

Aunque después moderó parte de esa suba, el precio siguió condicionado por la incertidumbre sobre la reapertura plena del estrecho y por el riesgo de nuevas interrupciones en el abastecimiento.

Esa presión energética empezó a trasladarse luego a otros precios sensibles para la economía global. En este sentido, el Banco Mundial proyectó que el índice de precios de fertilizantes subiría más de un 30% en 2026, con una suba cercana al 60% para la urea, un insumo clave para la producción agrícola.

La FAO, a su vez, ya registró en marzo un aumento mensual del 2,4% en su índice de precios de alimentos: los cereales subieron 1,5%, el trigo avanzó 4,3%, los aceites vegetales aumentaron 5,1% y el azúcar trepó 7,2%. El riesgo, por lo tanto, es que el cierre de Ormuz deje de ser solo un shock de costos y termine afectando la actividad. De esta forma, el FMI recortó en abril su previsión de crecimiento global para 2026 al 3,1%, desde el 3,3% que estimaba en enero, bajo el supuesto de un conflicto limitado. Sin embargo, advirtió que un escenario más adverso podría llevar la expansión hacia la zona del 2,5%.

La OCDE planteó un escenario todavía más exigente: si la guerra se prolonga y las disrupciones energéticas persisten, el crecimiento global podría caer al 2,1% en 2026 y al 1,8% en 2027.

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Argentina: mejores exportaciones, pero más presión de costos

Para Argentina, el cierre de Ormuz abrió un balance todavía incierto. Si bien la suba de los precios internacionales mejora la valuación de las exportaciones de energía, alimentos y algunos metales, ese mismo movimiento encarece combustibles, GNL, fertilizantes, fletes, seguros e insumos importados.

Por eso, el resultado no depende solo del nivel del Brent, sino también de la duración del bloqueo y de la capacidad del país para transformar mejores precios en más ventas externas.

Tomás Cuenin, economista de Abeceb, resume esta tensión y explica que “el saldo de corto plazo para Argentina es mixto, con sesgo comercial positivo si el shock es transitorio”. La advertencia aparece cuando ese escenario deja de ser pasajero. Esto significa que, si el bloqueo se prolonga, “el balance macroeconómico se vuelve más costoso por inflación, energía importada, insumos, logística, financiamiento y expectativas”.

La presión externa empezó a sentirse primero en los precios internos, especialmente en combustibles y lubricantes, donde el impacto se trasladó al transporte, la logística y los costos de distribución.

En ese contexto, y para amortiguar parte de la suba internacional del petróleo, el Gobierno adecuó en marzo la norma de calidad de las naftas mediante la Resolución 79/2026, que permitió a las refinadoras incorporar voluntariamente hasta un 15% de bioetanol en las mezclas. Además, la estrategia de YPF de aplicar ajustes graduales en los surtidores funcionó como un amortiguador ("buffer") frente a la volatilidad internacional del petróleo, limitando el traslado inmediato del shock externo a los precios locales.

Al mismo tiempo, el shock también tuvo un efecto positivo sobre el frente exportador. En los primeros cuatro meses de 2026, las ventas externas argentinas de combustibles y energía representaron el 14,3% de las exportaciones totales de bienes, mientras que los aceites crudos de petróleo fueron el segundo producto exportado del país, con el 8,4% del total, según el INDEC.

En abril, esa dinámica se profundizó: las exportaciones del capítulo de combustibles minerales aumentaron un 85,9% interanual, impulsadas principalmente por una suba de u$s529 millones en las ventas de crudo.

La mejora no solo elevó el peso de la energía dentro de las exportaciones, sino que también reforzó el saldo comercial del sector. El capítulo 27 (asociado a exportaciones de energía) registró en abril un superávit de u$s1.248 millones, frente a u$s482 millones en igual mes del año anterior.

En el acumulado de enero a abril, el saldo positivo llegó a u$s3.281 millones, con exportaciones por u$s3.773 millones, una mejora interanual del 20,4%, e importaciones por u$s492 millones, un 43,5% menos que en el mismo período de 2025.

Ese salto exportador fortalece la posición de Vaca Muerta como generadora de divisas, aunque todavía no alcanza para convertir el shock externo en una oportunidad plena. Para transformar mejores precios en más ventas sostenidas hacen falta infraestructura, contratos de largo plazo, financiamiento y proyectos como VMOS, Southern Energy FLNG y Argentina LNG.

Si el bloqueo se prolonga, parte del beneficio puede quedar compensado por importaciones estacionales de GNL más caras, subas en fertilizantes y gasoil, mayores costos de fletes y seguros, y más demanda de cobertura cambiaria. En ese escenario, Cuenin advirtió que el mayor ingreso exportador no garantiza acumulación de reservas.

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Los mercados mostraron resiliencia inicial, pero persiste el riesgo latente

En los mercados financieros, el balance de los primeros cien días fue menos dramático de lo previsto. Si bien hubo una disrupción inicial, con ventas en activos de riesgo y búsqueda de cobertura, Wall Street logró recomponerse y volvió a tocar máximos históricos durante mayo y comienzos de junio.

Desde el cierre previo al inicio de la guerra, el 27 de febrero, hasta el 8 de junio, el S&P 500 avanzó alrededor de 7,7%, el Nasdaq subió cerca de 14,4% y el Dow Jones ganó aproximadamente 3,7%.

Alberto Bernal, economista jefe de Estrategia Global en XP Investments, consideró que la respuesta de los activos fue más resiliente de lo previsto. “A pesar del cierre del estrecho, los mercados se comportaron extremadamente bien”, sostuvo.

Bernal también destacó que el petróleo no mostró una reacción tan disruptiva como la que hubiera anticipado para un evento de esta magnitud, algo que atribuyó a la capacidad de ajuste de la economía mundial y al uso de inventarios. El riesgo, advirtió, es que una interrupción más prolongada derive en tensiones más severas sobre el abastecimiento, el transporte, la actividad y las valuaciones bursátiles.

En ese caso, el golpe dejaría de ser solo inflacionario y pasaría a ser también real: menor crecimiento, márgenes corporativos más comprimidos y bancos centrales con menos margen para bajar tasas.

En Argentina, el S&P Merval en dólares cayó con fuerza en la primera etapa del shock, pero luego recuperó terreno. De esta forma, el índice medido en dólares cerró el 27 de febrero en u$s1.773 y el 8 de junio se ubicó en torno a u$s2.038, lo que implica una mejora cercana al 15% desde el inicio del bloqueo.

Bernal vinculó esa recuperación con una rotación global desde tecnología hacia sectores más tradicionales y mercados emergentes más baratos. En ese movimiento, Argentina, Brasil, Perú y Colombia aparecieron como apuestas de valor relativo frente a Wall Street.

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La oportunidad depende de la duración del shock

A 100 días del cierre, Ormuz volvió a demostrar hasta qué punto la energía sigue condicionando los precios, el comercio, la inflación y el crecimiento. La economía global logró amortiguar el impacto inicial, aunque recurrió a mecanismos de emergencia cuya efectividad podría agotarse si la crisis se prolonga.

Para Argentina, la ventana para beneficiarse del shock energético existe, pero no alcanza con que suba el precio internacional. Vaca Muerta puede ganar peso estratégico en un mundo que busca proveedores confiables de petróleo y, a mediano plazo, de GNL.

Sin embargo, aprovechar esa oportunidad requiere infraestructura, financiamiento, estabilidad regulatoria y capacidad macroeconómica para evitar que el shock externo se traduzca en más inflación, presión cambiaria y mayores costos productivos.

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