ver más

Ya superaste el límite de notas leídas.

Registrate gratis para seguir leyendo

12 de febrero 2008 - 00:00

Tren bala frenará en Washington

ver más
Al poco tiempo de la caída de Perón, Pedro Eugenio-Aramburu designó como subsecretario de Finanzas y vicepresidente del Banco Central a Roberto Verrier, representante de Peugeot, con instrucciones de renegociar la deuda por unos u$s 440 millones que la Argentina (que estaba ingresando al FMI) mantenía con once países. Unos de los caracteres comunes de Aramburu y Verrier eran su austeridad y su palabra de honor.

El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.

Cuando el azimut del sistema financiero internacional era todavía Londres, Verrier utilizó como estrategia acudir a Jean Sadrin, con quien había estudiado treinta años atrás en la Escuela Superior de Comercio de París y era entonces director de Finanzas Internacionales de la Tesorería de Francia. El gobierno británico de Anthony Eden no quería irritar a Francia liderando la reunión, y éstas fueron llevadas a cabo en París, donde los demás países europeos delegaron en Sadrin la presidencia de las negociaciones.

Cuando concluyeron y se formalizó un acta de entendimiento, Sadrin envió al delegado argentino el texto del acta, con una tarjeta personal donde había manuscrito «con los atentos saludos del Club de París», frase que fue capturada por la prensa y transformada en ícono. Desde entonces, las negociaciones bilaterales entre gobiernos se llevan a cabo con un protocolo informal, en el cual se ha respetado siempre el concepto de nación más favorecida, de manera que (salvo acuerdo de partes) ningún acreedor resulte mejor tratado que los otros.

El Club de París no es un organismo burocrático.

Cuenta sólo con un secretario y unos 15 funcionarios pagados por el gobierno francés, como servicio público para gobiernos deudores: carece de estatutos, que han sido reemplazados por costumbres, que generaron su propia jurisprudencia. Si un país necesita reprogramar sus deudas con organismos gubernamentales, pide al Ministerio de Finanzas de Francia la convocatoria de los acreedores, individualizando montos y fechas de cierre de las deudas objeto de negociación, incluyendo deudas privadas con garantía estatal y obligaciones con COFACE, el Hermes, el Eximbank y otras entidades públicas de seguro de crédito. Hasta que un deudor no culmina las negociaciones en el Club de París, los gobiernos no otorgan nuevas garantías a préstamos para la exportación de bienes de capital de sus empresas residentes a ese país.

La Argentina renegoció en ocho convocatorias de acreedores unos u$s 12.600 millones, y debería renegociar ahora casi 6 mil millones en la novena, si pretende que COFACE otorgue seguro de crédito a la exportación para que los franceses construyan un tren bala. Pero esta vez llega al Club de París con dos problemas insalvables.

El primero, que el mecanismo involucra al Grupo de los Siete (EE.UU., Gran Bretaña, Canadá, Alemania, Italia, Francia y Japón), donde Italia ha debido responder por el default argentino de los bonos adquiridos por sus fondos de pensión (y por ello incrementar su gasto público con cargo al presupuesto) cuando la Argentina repudió su deuda pública. Al gobierno anterior se le ocurrió que los jubilados italianos eran unos usureros medio degenerados que se aprovechaban de la tasa de interés de los bonos argentinos, olvidando que los fondos sólo negocian en función de las tasas de interés ofrecidas por bonos con calificación de riesgo similar. Antes de esta reunión, la Argentina nunca había repudiado su deuda pública.

  • Exclusión

    El segundo problema es que el Fondo Monetario Internacional es asesor del Club de París en la sustentabilidad del acuerdo ofrecido. Las últimas proyecciones del FMI de noviembre de 2007 excluyen a la Argentina, por carecer de información. Al evaluar el comportamiento de la región y aplicar el «filtro de Hodrick y Prescott», que descompone las series de tiempo macroeconómicas en un componente tendencial no estacionario y un residuo cíclico estacionario, los informes del FMI dejan la sustentabilidad económica argentina en un interrogante, que citan varias veces. Los estudios posteriores de Edward Prescott sobre la Argentina le significaron compartir el Premio Nobel con Fynn Kydland en 2003, observando el impacto negativo de las regulaciones sobre la inversión, y es probable que si llegara una misión del FMI a Buenos Aires para estudiar la sustentabilidad de un acuerdo en el marco del Club de París, las carcajadas de los enviados se escucharían desde el Louvre sólo al observar los índices de inflación de Moreno.

    Tampoco contará con el Fondo Monetario, y el gobierno se encuentra ante una megaobra ya anunciada, pero sin financiamiento. Es difícil que el actual gobierno pueda formalizar un acuerdo en el marco del Club de París sin antes desandar sus pasos, ya que no existiría el consenso entre los acreedores: la Argentina no podrá decidir la destrucción de las estructuras de las sociedades exitosas de Occidente «para regenerarlas a su manera mediante un ejército de pobres, a quienes reclutaban mostrándoles como cebo los despojos de los ricos», como escribía desde París Edmund Burke a William Smith en 1795.

    Por supuesto que tiene otro recurso: llamar a los acreedores y pagarles al contado, en un gran acto público similar al que ensayara cuando canceló su deuda con el Fondo Monetario: en la teoría de Gary Becker, eligió licuar las reservas contra un pagaré del Tesoro para sacarse a los auditores de encima, como los gangsters que pagan al contado por carecer de crédito. Esto le ha permitido mantener ocultas las cuentas públicas al escrutinio occidental, pero también le ha impedido reinsertarse en el mundo que produjo la tecnología del Tren Bala. Habrá que recordar, por el camino duro, el viejísimo adagio chino: «No es posible desear la miel y repudiar a las abejas».
  • Últimas noticias

    Dejá tu comentario

    Te puede interesar

    Otras noticias