Nueve personas alrededor de la mesa que, por su contenido, parecía más una propuesta gastronómica que una reunión política. Un diario progresista diría que la gente de derecha suele comer opíparamente. No era necesario ser progresista para confirmar el dato: salmones crudos y cocidos de entrada, luego lechón y cordero, vino de dos colores y una sola marca de alta gama. Obsequio del anfitrión, Luis Pico Estrada, titular de un elegante departamento en la calle San Martín, testigo y no protagonista: los estelares, de un lado, eran íntimos de Mauricio Macri (a quien no se sabe si lo notificaron, aunque sí se sabe que no lo invitaron) y, del otro, el ex ministro Roberto Lavagna y algún colaborador. La excusa del encuentro: buscar un entendimiento entre los dos sectores. Para otros, en cambio, imperó la suspicacia sobre pequeñas traiciones de esa actividad en la que se ganan la vida.
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Sin riesgo podría decirse que los tropiezos del gobierno aceleraron esta reservada cena, como los tiempos apremiaron al propio Lavagna para revisar su oposición a lanzarse antes de marzo a la presidencia (¿lo hará en noviembre o en diciembre?), también su falta de inquietud por recorrer las provincias: desde la semana próxima recorrerá seis distritos haciendo proselitismo. Pero eso no lo confesó el ex ministro, tampoco su asistente electoral en Buenos Aires, el economista Jorge Sarghini, quizás su más cercano en el grupo El General. Aunque los presuntamente macristas Santiago de Estrada, Diego Santilli, Eugenio Burzaco, Gabriela Michetti, Marcos Peña y Edgardo Schiavone (un enviado de Ramón Puerta al cónclave) hubieran entregado algo de sangre por esa información. Al menos, para contarle luego a Mauricio, quien sigue en duda sobre fecha, mes y año para postularse, por no hablar del territorio (Capital, provincia, Nación) a elegir para ese desafío.
Tampoco los comensales disponían de información propia, por ejemplo, sobre las primeras elecciones provinciales a compartir (en el caso de que se unieran) en Entre Ríos. Más: conjeturaban sobre candidatos de otros partidos a los que conocían sólo por apellido, ni reparaban en el que representará a Macri (Agustín Adi). Eso, por supuesto, era ignorada propiedad de los macristas; en cambio, están más nulos Lavagna y Sarghini: ni amigos disponen en esa provincia litoraleña. Se lucieron con intensidad en la charla al referirse, en su crítica al gobierno, con la conveniencia de coincidir en el reclamo para que los «supremos poderes» sean eliminados.
Gracioso
Que no haya súper para nadie, cuchicheaban, hagamos campaña en ese sentido como forma de dinamitar la hegemonía de Néstor Kirchner. En el delirio, tal vez imaginaron que la Corte Suprema se expedirá contra esa prerrogativa que determinó el Congreso de la Nación. ¿O acaso no es independiente?, se confiaban entre sí. Es gracioso escuchar esto y luego leer, en diarios progresistas, que los de derecha son vivos.
La calidad de la comida, el exceso inclusive -por no hablar del rocío vinario- hicieron más grata la tertulia al final, entre personas poco destacadas por la chispa. Ni por el incendio, claro. Tampoco ayudaban los temas, áridos hasta para ellos mismos.
Rivalizaban eso sí en apreciaciones sobre la situación actual -como se sabe, los políticos de hoy comentan, nunca proponen-, el desgaste del gobierno y, sobre todo, en torno a la ubicación de Macri en el futuro, quien no sólo desconoce lo que ellos le recomiendan, sino que tampoco acepta lo que le sugiere su cotizado (al menos para el ingeniero boquense) mentor ecuatoriano, Jaime Durán Barbas, quien le aconseja lanzar ya su candidatura como gobernador de Buenos Aires. Esa alternativa la agradecería Lavagna, no tanto sus ocasionales colegas de mesa, quienes insisten en que Macri vaya a luchar por la Capital Federal. Aunque pierda en la segunda vuelta, como aseguran ciertas encuestas. Para ellos, lo que importa es la primera vuelta: allí se colocan sus intereses, sus cargos, la conservación de lo que hasta ahora ya disponen.
Deseo puntual
Léase De Estrada, Santilli o Michetti, ya que Burzaco -por atribuirse un parentesco con Lavagna- hace tiempo que frecuenta al ex ministro (los otros tampoco han dejado de asistir a las oficinas de Diagonal Norte) y se imagina otro destino más esplendoroso. Todos, entonces, antes y después de la cena, ya sabían que sus deseos personales pasan por un solo punto: la no presentación de Macri como aspirante a la Presidencia de la Nación. Eran un solo sector cuando dicen representar grupos distintos. De ahí que tanto se hablara en los últimos días por ciertos medios periodísticosde la entente Lavagna-Macri, hasta avalada -se juraba- por Eduardo Duhalde, versiones basadas en mercadería que aportó Burzaco, con la devaluada candidatura del boquense al ejido porteño. Todos los asistentes a la comilona se prometieron que ese acuerdo garantiza una enorme fuerza electoral. Pero tal vez no sea ése el pensamiento de Macri, algo ajeno a esas transacciones, quien ya una vez por instrucción de su padre se perdió la Presidencia, un filial asesor que hoy repetiría el mismo consejo (finalmente, ha celebrado importantes negocios con el gobierno Kirchner). Debe preguntarse el ya Macri campeón con Boca (equipo que ya firmó contratos para jugar en el exterior antes de que termine la campaña local, como si descontara el desenlace) si el insistente adoctrinamiento de su familia y de algunos de los que se imputan amistad con él, cuando no obediencia dentro de su partido y que gustosos comieron con Lavagna, en rigor responden a otro lucro que no es exactamente al de él.
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