Alberto Fernández seguirá esta semana cumpliendo con una relajada agenda gastronómica que ha entregado a las distintas porciones de adherentes que conserva el gobierno nacional en la Ciudad de Buenos Aires, sobre las cuales ha perdido -con su renuncia- el monopolio de las decisiones.
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En esas tolderías, hablan ya de era «poskirchnerista» o «neokirchnerista», en una discusión de términos, que ha aparecido como efecto secundario de la crisis que provocó la dimisión del ex jefe de Gabinete.
Es que Alberto F. le ha dicho en una de esas comidas a un núcleo de animadores e interesados en su destino que seguirá siendo súbdito de Néstor Kirchner y continuará comandando la política del distrito (a pesar de todos sus fracasos). Hasta creen que está convencido de seguir siendo el dueño de la lapicera para las legislativas 2009. Pero esas 50 personas que reunió en un mesa no terminan de entender su nueva sintonía con el matrimonio presidencial que tiene dos tiempos.
Uno será, si cumple lo que ha prometido, ejercer la presidencia del PJ porteño, un cargo al que no le ha prestado atención hasta ahora. Desde allí, cree que podrá aglutinar a los peronistas porteños que suman al oficialismo, pero deberá ajustarse a la nueva etapa. Es que la mesa chica que conduce ese sello deslucido en el distrito porteño y que integran el legislador Juan Manuel Olmos, el sindicalista Andrés Rodríguez, el titular del gremio de porteros, Víctor Santa María, Alberto Iribarne y el amigo de Fernández, Julio Vitobello (actualmente titular de la SIGEN) ya se lo ha advertido antes de que renunciara: «Acá es cuestión de que te pongas al hombro el PJ y ninguna intención de hacer un antro del progresismo donde caigan los Ibarra». Muestra del encono del ala porteril con Aníbal y Vilma ya es una condición que le imponen a Fernández, sobre quien aseguran que «preside el PJ porque era el hombre de la Capital con más poder, que ahora no tiene. Lo aceptamos igual, pero tendrá que soportar algunas cuestiones que tal vez no le agraden».
Así lo explicaron a este diario miembros de esa mesa ejecutiva que piensan que desempolvar viejas ideas con un Alberto ido del gobierno: Roberto Lavagna, Jorge Telerman, creen que no será del agrado del funcionario. Otros que contemplan también con cargos de grilla en el PJ porteño creen que la convivencia no será un paraíso, a menos que Kirchner lo bendiga nuevamente como delegado de los oficialistas «capitalinos», como llama el ex presidente a los porteños.
La otra tropa es la no peronista, a la que ha repartido por diversos despachos gubernamentales desde donde lo consultaban por sus respectivas renuncias. El titular de la Superintendencia de Salud, por ejemplo, a quien le frenó la retirada con un: «esperá que lo decida Cristina, lo mío ha sido un gesto, no lo tienen que repetir todos».
Esta semana el bloque de la Legislatura porteña, que preside Diego Kravetz, espera poder reunirse en otro almuerzo con el ex funcionario, a menos que el receso invernal no los encuentre a todos dispuestos para una escala en Puerto Madero. El más interesado quizá en esa cita es el propio Kravetz, un no peronista que es titular del sello Partido de la Victoria en el distrito y que mantendrá el cargo de titular de la bancada por una decisión acordada entre el bloque, ya que no le reconocen que lo haga por ser delegado del jefe de Gabinete, que ha renunciado a su puesto.
Como Kravetz, en el bloque y en el distrito, conviven campamentos no pejotistas de diversas tendencias, incluidos radicales K, también hoy al borde del abismo.
Le preguntarán entonces en carácter de qué y desde dónde Alberto Fernández, sin despacho en la Casa Rosada, les marcará su lugar en las boletas electorales o en algún despacho oficial.
Piensan en un relanzamiento de la Fundación El Calafate, producto del grupo de ese nombre que inventó a un Kirchner luego presidente y también en una movida de lanzamiento de un Fernández que podría aspirar a tener una candidatura el año que viene si no termina divorciado del gobierno.
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