La lectura que hará la historia sobre este primer año de Alberto Fernández no podrá estar exenta de dos visiones que ya están instaladas en el análisis político y que será imposible unir: cuánto de los problemas de esta gestión fueron alimentados por la pandemia y la herencia recibida (máximo activo político, lamentablemente, de casi todos los gobiernos de la era democrática) y cuánto se debe a la impericia en su manejo de las crisis varias que azotan este país. No podrá estar exento nunca el Presidente de estos dos colores con los que se mirará su gestión, aunque las sentencias que se emitan dependerán de lo que suceda en los tres años que le restan.
La administración Fernández, además de sus problemas de gabinete, tiene encima un dato obvio de la realidad con el que debe lidiar: su estructura arquitectónica de poder bifronte, que ni fue buscado, ni es producto de debilidades adquiridas, es simplemente porque así armó Cristina de Kirchner la alianza que ganó las elecciones.
Desde allí comienzan los análisis. Muchos aseguran que aferrarse a los números, exentos de escenario, fríos pero contundentes para hacer un balance de un año de gestión, no parece acertado en un mundo con pandemia. Para Alberto Fernández sería quizá injusto evaluar su debut en la Presidencia de la Nación sobre la base de los guarismos más crueles que reporta hoy la Argentina, desde lo económico hasta lo sanitario. Pero no se puede prescindir de considerar los esfuerzos monetarios ni descartar que el coronavirus también mortifica hoy a países de Europa que fueron exitosos en un primer tramo de la invasión desconocida para el mundo como es el covid.
Los desafíos que deja plantados el propio Gobierno para el año que se inicia, de mandato y de calendario, aparecen entonces como una meta plantada en 2020. Son pendientes de una realidad que no puede imaginarse sin partir de cómo comenzó a administrarse el país con nuevas autoridades y el impacto de la crisis sanitaria.
Frente a esa postura aparecen los cuestionamientos a la ausencia de pasión para reeditar la confianza económica de inversores, alimentado en muchos casos por los mensajes contradictorios que vienen desde adentro mismo del kirchnerismo. Ese ejercicio que obligó a Alberto F. a replicarse a sí mismo y a sus medidas en varias ocasiones no ayudó mucho hasta ahora.
De ahí vale la pena repasar algunas escalas con temas esenciales:
+ Federalismo. Lo planteó como la vara alta de Alberto Fernández para su gestión. Ayer mismo dijo que “el objetivo que me propuse cuando llegué al Gobierno de hacer una Argentina más federal es algo que definitivamente estamos decididos a cumplir y es un objetivo del que no podemos claudicar porque necesitamos una Argentina que crezca de manera pareja”. En ese juego está cruzado con Horacio Rodríguez Larreta, hasta hace poco su aliado esencial en las decisiones de la cuarentena.
+ Justicia. La carta de Cristina de Kirchner de ayer sobre la situación de la Justicia que apunta directamente a la Corte Suprema y el informe final del Consejo Consultivo para el Fortalecimiento del Poder Judicial y del Ministerio Público, con sus recomendaciones para mejorar el funcionamiento de la Justicia que el Presidente recibirá hoy, muestran un panorama claro de los caminos que transita el Gobierno en ese territorio. Ese Consejo se pronunció en favor de la “temporalidad de los mandatos” del procurador y del defensor general de la Nación, como también de que la designación por parte del Poder Ejecutivo sea “con acuerdo de la mayoría absoluta de la totalidad de los miembros del Senado” y no por mayoría agravada. Es la medida de la pelea con la oposición.
+ Economía y jubilados. Para el FMI y el mundo de las finanzas ambos temas son casi lo mismo. El Gobierno logró un impacto importante con la renegociación de deuda con bonistas y Martín Guzmán pudo asentarse más tranquilo en el cargo tras ese logro. Desde atrás lo sigue acosando al Gobierno un nivel de gasto y por lo tanto de déficit que es hoy el centro de la negociación con el FMI que continuó esta semana en Washington. Los plazos de ese posible acuerdo no pueden ser tan laxos como se planteó hace un mes desde el propio Ministerio de Economía. La realidad de caja del Banco Central frente a las reservas no deja demasiado tiempo y, como adelantó Ámbito esta semana, la intención de reducir el flujo de asistencia del BCRA al Tesoro para cubrir gasto parece haber encontrado un límite en la realidad de los problemas financieros del Estado. Los jubilados, cuya nueva fórmula de ajuste se debate en estos días en el Congreso, son una parte esencial de ese mismo problema, aunque políticamente haya resistencia a plantearlo en esa forma. El Alberto Fernández que hablaba recién asumido reconocía que la fórmula de movilidad del macrismo era impagable por su alto componente inflacionario. El mercado siempre creyó lo mismo y de ahí la necesidad de un cambio. A un año de esas certezas, hoy el debate se apartó un rato de lo técnico en el Congreso (con los cambios introducidos al proyecto por el propio oficialismo) alimentando de nuevo el temor por un 2021 que aún sigue sin pronósticos claros. Por ahora ayuda a Alberto F. la calma cambiaria, que no es poco.