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Lo que importa fue observar que, producido el hecho y tras informaciones inconexas, el presidente Bush reúne a no menos de 20 personas, quizá más, donde estaban el jefe de la CIA; el del FBI; el entonces secretario de Estado, Colin Powell; jefes de asociaciones socorristas civiles; el vicepresidente Richard (Dick) Cheney; jefes de seguridad; los comandantes en jefe de las fuerzas armadas. Muchos más.
Se mostraban los diálogos y la adopción de las primeras decisiones, básicamente que cada uno indagara a fondo, para una posterior reunión, la información precisa de su área. En la segunda reunión, multitudinaria también, el presidente y todos los presentes escuchan informaciones detalladas de cada uno. Todos opinan. Se muestra cómo Condoleezza Rice -hoy secretaria de Estado en lugar del alejado general Powell- va tomando resúmenes que luego conversará con Bush, aparte de lo que éste haya escuchado.
Hay más reuniones en ese alto nivel. En una siguiente, el presidente anuncia qué resuelve hacer y qué debe cumplir cada uno en base a lo oído y las opiniones vertidas por los entendidos en cada área. Allí les dice que ahora le informará a la plenitud del gabinete ministerial ampliado con los titulares de las cámaras legislativas, la de Representantes y el Senado.
Se hace esta reunión, ya sin los expertos de áreas, pero sí con las máximas figuras de conducción del país. Se dispone allí en forma minuciosa un plan, inclu
Posteriormente Bush se presta a una conferencia de prensa -algo lógico en un país democrático- y finalmente informa a ambas cámaras del Congreso en su famoso discurso posgemelas.
Quienes observaron en la Argentina este semidocumental no pudieron dejar de pensar en el total aislamiento y con la enorme precariedad con que se toman hoy las decisiones del gobierno en la Argentina. Una obsesión del presidente Kirchner porque «trasciendan» (sobre todo a la prensa) análisis de medidas en gestión, más una peligrosa autoestima personal a niveles exagerados en cualquier mandatario con responsabilidades, hace que Néstor Kirchner resuelva todo con un entorno de no más de cuatro funcionarios y su esposa, sospechándose que ninguno -incluida ella misma- es capaz de oponerles argumentos de razonabilidad a los suyos.
Ministros, parlamentarios, expertos, periodistas, opinión pública se enteran después con los hechos ya consumados desde la Casa Rosada. Cada día se considera más delirante la forma como se está conduciendo al país.
Así nos va. Un juez estadounidense acaba de embargar cautelarmente u$s 7.000 millones en bonos aceptados por el país para salir del default, jaqueando así el mandatario una operación de canje elaborada durante tres largos años, durante los cuales el país resignó u$s 15.000 millones en favor de otros países latinoamericanos (hoy las inversiones externas las encabezan la normalidad y la seriedad de Chile, que nos entregó el cuarto lugar para ser hoy primero con un gobierno de centroizquierda... pero en serio).
Una evidente «gaffe» del vicario castrense, que con tiempo debía irse por tan torpe falta, nos pone por un apresuramiento al borde de la ruptura con el Vaticano por ese negro y pueril decreto que rompe un concordato de validez internacional con la Santa Sede que rige desde 1957.
¿Habría visto la luz ese deplorable decreto si nuestro gobierno actuara cercanamente al norteamericano, escuchando las opiniones de todos los expertos, los ministros, la misma Iglesia? ¿A nadie se le hubiera ocurrido cómo podría actuar el juez norteamericano Griesa si el tema se hubiera tratado fuera del «minientorno» presidencial o el otro grupo aislado y mínimo de funcionarios del ministro Roberto Lavagna?
Gobernar un país de 37 millones de habitantes como se pudo gobernar Santa Cruz durante 12 años -y aun allí estuvo mal, porque se lo trató como un coto privado, casi un feudo- es un error grande, de consecuencias hoy en el país.
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