Hay diagnósticos que se repiten tanto que dejan de ser pensados. Se vuelven reflejos. La supuesta apatía política de los jóvenes es uno de ellos: cómodo, rápido, tranquilizador. El problema es que, como suele ocurrir con los slogans, explica menos de lo que oculta.
La falsa apatía: cuando la política cambió de lugar y nadie avisó
La idea de una juventud desinteresada por la política parte de una lectura limitada: confunde participación con militancia partidaria y no alcanza a registrar las nuevas formas de intervención pública.
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Jóvenes, redes y espacio público: las nuevas formas de participación ya no pasan solo por la militancia tradicional.
Estuve en la Cumbre Mundial de Comunicación Política en Montevideo y esa idea aparecía, de una u otra forma, en múltiples exposiciones. Lo interesante no era solo su recurrencia, sino su convivencia con análisis muy finos en otros planos. Se describían con precisión nuevas dinámicas de comunicación, transformaciones en la esfera pública, mutaciones en los liderazgos. Y, sin embargo, en algún punto del recorrido argumental, emergía ese diagnóstico como si nada de lo anterior obligara a revisarlo.
Conviene ponerlo en términos claros: aquello de la apatía política de los jóvenes es un slogan vacío. Y es vacío porque parte de una confusión conceptual que arrastra décadas: identificar lo político con lo partidario.
Esa equivalencia nunca fue del todo sólida. En Aristóteles, lo político remite a la vida en común, al espacio donde se deliberan los asuntos que afectan a todos. No hay ahí una referencia necesaria a estructuras organizativas. Más cerca en el tiempo, Hannah Arendt ubica lo político en el espacio de aparición, allí donde los individuos toman la palabra y se exponen ante otros. Tampoco hay partido en esa definición. Hay acción.
Una generación política por otros medios
Si uno toma en serio esa tradición, el cuadro cambia. La Generación Z no es menos política. Es, probablemente, la más política desde los años 80. Solo que su forma de intervenir no encaja en los dispositivos heredados.
No milita como antes porque no necesita hacerlo para incidir. Su territorio no es el comité sino una esfera pública expandida, descentrada, donde la palabra circula sin mediaciones fuertes. Allí se discuten derechos, se fijan estándares morales, se sancionan conductas. Allí se legitiman causas y se castigan desvíos. No es un espacio accesorio: es, en gran medida, el lugar donde hoy se define qué es aceptable.
Ese movimiento viene acompañado de un cambio de escala. La referencia ya no es únicamente nacional. Hay una sensibilidad que opera en clave global, una ética difusa pero eficaz que atraviesa fronteras. La igualdad de derechos, la crítica a la explotación, la preocupación ambiental dejan de ser agendas sectoriales para convertirse en condiciones de base. No se negocian en términos locales: se asumen como piso.
Eso configura algo cercano a una polis sin fronteras. No institucionalizada, no estable, pero real en sus efectos. Una comunidad de juicio que se activa frente a determinados temas y que ejerce presión concreta sobre actores públicos y privados.
Ahora bien, esta politización no adopta la forma ascética de otras épocas. No hay épica del sacrificio ni estética de la renuncia. Convive, de manera bastante natural, con una búsqueda de disfrute, de exposición, de construcción identitaria. Y es precisamente esa convivencia la que suele ser leída como inconsistencia.
Sin embargo, ahí también hay un error de lectura. Zygmunt Bauman ya había advertido el pasaje hacia formas más líquidas de pertenencia, donde el compromiso deja de ser total y permanente para volverse selectivo, intermitente, reversible. No es una degradación del vínculo político. Es una reconfiguración de sus condiciones.
En ese marco emergen las micro identidades. Ya no hay grandes bloques homogéneos que ordenen la acción colectiva. Hay configuraciones parciales, superpuestas, en permanente ajuste, donde cada individuo articula causas, estéticas y lenguajes propios. Eso fragmenta el escenario, pero también lo densifica: hay más puntos de conflicto, más temas en disputa, más actores con capacidad de incidencia. Lo que se diluye no es la política. Es la forma en que estábamos acostumbrados a reconocerla.
Y ahí aparece el núcleo del problema. Se sigue mirando a la Generación Z con categorías diseñadas para otro tipo de organización social. Se busca afiliación donde hay expresión, disciplina donde hay identidad, estructura donde hay flujo. El resultado es previsible: se diagnostica apatía donde en realidad hay mutación.
Tal vez el dato incómodo no sea que los jóvenes se hayan retirado de la política. Tal vez sea que la política, tal como la conocíamos, dejó de ser el único lugar donde ocurre.
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